Domingo de Ramos: entrada de Jesús en Jerusalén

Pietà di Montefiore
Pietà di Montefiore

DOMINGO DE RAMOS –A

Con este domingo entramos en las celebraciones de la SEMANA SANTA. Una entrada “solemne” que no por casualidad, es también ENTRADA de Jesús en Jerusalén. Los Evangelios sinópticos nos hablan de la vida pública de Jesús como una “subida a Jerusalén”. Mateo 21, 1-11 narra el acontecimiento de la llegada de Jesús a Sión, Jerusalén, la Ciudad de David. Va a ser la culminación de la vida terrena de Jesús. Una vida que empieza con un “gran sobresalto del rey Herodes y de toda Jerusalén con él” al enterarse por los Magos del nacimiento del Rey de los judíos. Un “sobresalto” que vuelve a repetirse ahora, al final de la vida de Jesús, con su entrada en Jerusalén.

Estamos ante un SIGNO buscado y preparado por Jesús que busca provocar para espabilar y hacer caer a aquella gente que andaban algo despistados en sus expectativas mesiánicas. Que la realeza y el sacerdocio del Mesías no era igual al de Aarón, Moisés o David. Jesús, que escruta las Escrituras y ha orado mucho durante toda su vida, descubre que los caminos de Dios no son nuestros caminos y que su Mesías iba por derroteros distintos a aquellos que significaban poder y gloria.

El signo de la entrada en Jerusalén, al que sigue su entrada en el Templo y la expulsión de los mercaderes, hay que leerlo a la luz del Antiguo Testamento, y en concreto a la luz de los siguientes párrafos:

Zacarías 9,9: ¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna. Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén. Romperá el arco guerrero y proclamará la paz a los pueblos. Su dominio irá de mar a mar, desde el Río hasta los extremos del país.

Isaías 62, 10-12: Pasad, pasad por los portales, despejad el camino del pueblo, allanad la calzada. El Señor hace oír esto hasta el confín de la tierra; “Decid a la Hija de Sión: Mira a tu Salvador, que llega, el premio de su victoria lo acompaña, la recompensa lo precede”. Los llamarán “Pueblo santo”, “Redimidos del Señor”, y a ti te llamarán “Buscada”, “Ciudad no abandonada”.

San Mateo tiene presente y cita a estos profetas como telón de fondo de lo que Jesús va a hacer. Jesús se dispone a entrar en Jerusalén y lo quiere hacer en un borrico. Nos fijamos en las palabras de Jesús: “Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguno os dice algo, contestadle que EL SEÑOR los necesita y los devolverá pronto”. Jesús montará sobre un pollino. Muy distinto a un caballo de las caballerizas reales. El pollino es un animal inexperto que malamente puede con la carga de un hombre. Pocas conquistas se pueden hacer con él. Y es que Jesús quiere entrar en Jerusalén como el Mesías que trae la paz desde la no violencia, desde el amor-servicio-entrega a los demás, desde el dar la vida y el amor al enemigo. Solo la fuerza del amor.

Es la primera vez que Jesús se atribuye directamente el título de EL SEÑOR. ADONAI. Título solo referido y reservado al Dios altísimo. Estamos ante un momento revelatorio de máxima intensidad por parte de Jesús, que a su vez es también provocativo. Ciertamente causa “turbación” o, mejor, confrontación con uno mismo. Es necesario tomar opción por Jesús o contra Jesús. No es indiferente.

La reacción de la gente que le sigue, que es un verdadero tumulto de gente en la que la hay de todo tipo y con diversas expectativas mesiánicas, es traer ramos de olivo, aclamarlo con Hosannas y echar sus mantos sobre el asno o el suelo.

Ciertamente el olivo es señal de abundancia, de salud y de la paz. La paloma, con el ramo de olivo en el pico, indica el final del diluvio y una nueva alianza de Dios con la humanidad. Jesús es el Rey de Paz. Jerusalén es la ciudad de la Paz. Hoy entra su verdadero Príncipe y Rey.

Le aclaman con “Hosannas”: que significa “Sálvanos, por favor” y/o “Dios Salva”. Es una aclamación mesiánica que reconoce a Jesús como el “enviado” de Dios, como el Ungido, como el Mesías. Pero a la vez, alguien bien cercano a Dios. Hijo de Dios.

Le ponen sus mantos sobre el suelo. Es un acto de sumisión o de adoración. El manto significaba dignidad y poder, según los casos. Deponer el manto es despojarse de su realengo. Recuerden que Jesús se lo quitará también en la última cena. Pues bien, con este gesto, los que acompañan a Jesús, le están diciendo que se reconocen sus seguidores, sus discípulos. Que él es “mayor” que ellos y que le admiten como guía de sus vidas y que por él están dispuestos a darlo todo.

La ciudad se sobresaltó preguntando ¿Quién es este? Este sobresalto es de temor. La ciudad vive bien arropada en el judaísmo oficial. Jesús inquieta porque hace temblar los fundamentos –valores- sobre los que se apoya esa ciudad, y llegará hasta el Templo donde realizará otro signo: “La expulsión de los mercaderes”. Será la guinda que colma el vaso de los que buscan librarse de este peligroso profeta que es Jesús. Lo condenarán a muerte.

El evangelio posterior en la eucaristía de hoy, será el relato de la pasión de Jesús. Un contraste fortísimo que es donde llega el Jesús que hoy entra en Jerusalén: subirá hasta el trono de la cruz que es donde resplandece su realeza y donde se realiza la salvación del mundo. En la cruz, Jesús responde al “Hosanna” de la entrada en Jerusalén.

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