Domund

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El elogio hecho a Jesús en el evangelio por los que son sus enemigos, es impresionante. Puede que le quisieran dorar la píldora para hacerle picar, pero dan de Él un testimonio difícil de refutar: “Eres sincero; enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias”. Sincero, verdadero, sin doblez, desinteresado y justo con todos. En pocas palabras no se puede decir más de la bondad de una persona. Un hombre así ya merece respeto y honra. Un hombre así puede atraer y seducir. Un hombre así puede ser escuchado y aceptado como maestro. También puede sugerir que un hombre tan cabal no lo puede ser si no está en Él “el dedo de Dios”.

Las palabras de Jesús: “Dad al cesar lo del Cesar y a Dios lo que es de Dios” han sido usadas de tan distintas formas que es conveniente el clarificarse algo al respecto. En muchas ocasiones, parece entenderse que Jesús afirma la existencia de dos mundos o esferas distintas que no tienen que ver una con la otra. A la hora de combinar las esferas o los círculos no se encuentra la forma de “cuadrarlos”  y por eso lo normal es que nos andemos a esferazos  unos con otros.

Unos afirman la supremacía de lo espiritual sobre lo material y se nos vienen encima las teocracias de diversas especies

Otros afirman que lo que vale es lo que se ve y lo espiritual es cuento; y nos llegan totalitarismos de diversas especies.

Otros dicen que son mundos distintos sin nada de relación entre ellos y lo mejor es en la esfera de lo social arreglarse como uno puede y en la esfera de los religiosos cumplir los mandamientos (prácticas religiosas). Y tenemos a mucha gente que enciende una vela a Dios y otra al diablo. O que vive la vida diaria como si Dios no existiera  y los domingos va a misa y hasta comulga más tranquilo que el bomba.

¿Y entonces, cuál es la solución? Jesús, en su respuesta debe incluir su praxis vital. Los Saduceos y herodianos que eran los colaboracionistas con el poder romano –y usaban los denarios- estaban bastante lejos de las opciones de Jesús. No comulgaba con ellos para nada.

Los fariseos eran observantes de la Ley hasta la última letra o ápice. Eran legalistas y tampoco Jesús estaba con ellos. Su práctica era pagar los impuestos a regañadientes.

Los zelotas no pagaban y usaban la fuerza para sacudirse el yugo romano. Jesús no fue zelota, aunque alguno de ellos creyó ver en Él al revolucionario que esperaban. Jesús no era violento.

Tampoco Jesús fue de los Esenios, que se salían de la civilización y habitaban en el desierto haciendo su comunidad viviendo sus reglas. Tampoco fue seguidor de Juan Bautista que esperaba la intervención de Dios, a última hora, para cambiar todo esto en algo nuevo.

Jesús tenía como primacía el Reino de Dios y por eso Dios y su causa era la causa de Jesús. Vivió obediencialmente de cara a su Padre para hacer en todo tiempo su voluntad. Dios era el primero, el anterior, el fundamento de todas las cosas. Nada se escapa a su soberanía. Tampoco el Cesar se escapa a la soberanía de Dios. Solo que la soberanía de Dios no se parece en nada a la del Cesar. Su soberanía es la del amor y la de la entrega o la de la misericordia.

Pero la causa de Dios no hace que Jesús se aleje al desierto, sino que se ocupa y preocupa por la causa del hombre. Son los hombres y sus circunstancias la verdadera imagen de Dios. Y esa es la imagen que le importa. No la del denario que es para devolvérsela al Cesar.  Jesús, porque su causa es la de Dios, se la juega también por la causa del hombre. El hombre es alguien valioso porque Dios lo hace valer. Sin Dios, el hombre sería polvo, nada. No hay oposición entre Dios y el hombre. El hombre subsiste y es gracias a Dios que crea y es Padre. Por eso Jesús estará allí donde la imagen de Dios es pisoteada o despreciada. Reclamará la atención sobre muchas de las causas donde el hombre es “lobo” para el hombre.

Podría seguir hablando del cómo hacernos presentes, como creyentes, en nuestra civilización. Pero hoy prefiero tocar algo del mundo de los misioneros, porque es el DOMUND. Y os cuento lo que un misionero laico, que está desde hace 33 años en país de misión, dice de sí mismo.

1. El misionero no llueve del cielo. Nace de un pueblo y de una familia. Él, es deudor de una familia normal de la España de los años 50. En la familia ha bebido los valores humanos y cristianos que impregnaban las vivencias de sus padres, abuelos, tíos, hermanos y vecinos. Una fe que después él ha asumido como adulto.

2. El misionero es enviado a una tierra desconocida, donde la vida, los valores y la fe ya han prendido o están vigentes en esa realidad. No se puede llegar allá y entrar como un elefante en una cacharrería. Sino que se ha de estar, como Moisés ante la “zarza ardiente”. El lugar nuevo que pisa es lugar sagrado y debe ser respetado y no “hoyado” o destrozado. Ese nuevo mundo tiene unos valores que he de aprender y aprehender. He de descubrir. Ciertamente el Espíritu de Dios ya nos han precedido desde hace mucho y han trabajado allí desde el hondón de esos corazones y de esas sociedades.

3. El misionero es “enviado” desde una comunidad – iglesia- para la misión de evangelizar en otras tierras y entre otras gentes. El misionero está siempre referido a su comunidad de origen y refrendado por esa comunidad de origen. Si esa comunidad de origen no puede ser referencia vital y ejemplar para los que escuchan o ven al misionero, poco vale su testimonio o su palabra. Por eso es importante la subsistencia en la vida de fe eclesial de esa comunidad de origen. Es importante la vida de oración de esa comunidad y la vida de testimonio cristiano de esa comunidad. También lo es por su aporte económico para el sustento del misionero y de las obras que se puedan hacer para facilitar el anuncio del evangelio.

4. El misionero es “testigo” del evangelio y es “profeta” del evangelio. Y por eso en muchas ocasiones deberá actuar como Jesús en el evangelio de hoy, que denuncia y desenmascara. Jesús hoy, por lo que dice, firma su sentencia de muerte. Así es que no ha sido nada banal ni una respuesta para retorcer argumentos. Da una respuesta clara. Dice que Dios no es el Cesar. Y que si se sirve a Dios, no se puede servir al Cesar y sus idolitos. Hay que desenmascarar todos aquellos que se quieren ir haciendo pasar por “dioses” y que someten al hombre. Desenmascarar al poderoso de este mundo, supone las más de las veces persecución. Por eso la vida del misionero no está ausente de este peligro de persecución y de peligro de muerte.

5. El misionero debe llevar y vivir la alegría del Evangelio. El misionero es valiente, porque su “roca” es el Señor. Nada ni nadie lo puede separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

Apoyemos la misión de la iglesia y sus misioneros desde nuestra comunidad eclesial.

 

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