80 aniversario de la muerte del Beato Juan María de la Cruz

1

Hoy, 23 de agosto de 2016, celebramos el 80 aniversario de la muerte de nuestro Beato, el p. Juan María de la Cruz. En el siguiente texto reproducimos la narración que hace de las últimas semanas de vida del p. Juan en el libro Un santo al azar, de uno de los anteriores postuladores de la causa de canonización, el p. Evaristo Martínez de Alegría, SCJ.

Celda 476, cuarta galería… casi el título de una película. Una película con poco blanco y mucho de negro, rodada en ritmo rápido, con un tiempo de verano agobiante valenciano, en el hacinamiento de acontecimientos y personas que el odio de una guerra y de un embrutecimiento fratricida va a llenar celdas, galerías y patios. Cada atardecer, un aviso prostituido de ¡Libertad!, iba dejando puestos vacíos que todos sabían iban a ocuparse en las muchas moradas de la eternidad.

El P. Juan, o el P. Chaquetón, no iba a pasar desapercibido. Los testimonios directos “nos dan una idea bien precisa de la fidelidad del Siervo de Dios, durante su detención, a su sacerdocio y a las mismas prácticas de la vida religiosa que él quiso prolongar en los días dolorosos de su prisión”.

Tenemos un testimonio silencio, pero de un significado extraordinario, una preciosa herencia: la pequeña agenda que se encontró en un bolsillo de los pantalones el día de la exhumación de sus restos.

Agujereada por las balas y manchada de la sangre del p. Juan, conserva anotado el horario que había escrito, y como programa diario de vida: el “horario que seguía en la cárcel y en el que aparecen todos los actos prescritos por nuestra Regla” (comenzaba a las cinco de la mañana y acababa a las nueve de la noche). Recorriéndolo sorprende y destaca la fidelidad de la cárcel y la trágica previsión de una muerte vecina, cada vez más cercana al hacerse normal, por la tarde, un oscuro ritual de prisioneros a los que se hace salir de sus celdas sin volver nunca más.

Se le ocurrió trazar un “Vía crucis” sobre los muros de la celda. Estuvo a punto de costarle la celda de castigo. Este hecho nos habla, por un parte, de su fidelidad a los pequeños detalles y costumbres de su Congregación religiosa, y por otra de una meditación compartida con la cruz a cuestas en la oblación reparadora al Padre, en las largas horas de soledad e incertidumbre compartidas con el Cristo crucificado para dar Vida y vencer a la Muerte.

Sabemos que no hizo absolutamente nada por ocultar su identidad de sacerdote. Tenía clara conciencia de que no estaba en la cárcel por sus ideas políticas, sino por ser sacerdote y sabía que si iba a ser fusilado era por esta causa. Así, en el poco tiempo de su prisión comenzó a manifestar, sencilla, llana y valientemente, entre sus compañeros de cárcel su ser Religioso y Sacerdote. Para ellos se la estaba jugando.

Y así podemos verlo en el patio de la cárcel dirigiendo en voz alta el Rosario (…)

Se podía pensar que esto era una especie de desafío, de insolencia, pero como dice otro compañero sacerdote, también preso: “No tengo ninguna noticia que intentara ninguna práctica para recuperar su libertad y estoy convencido con relación a esta suposición que nunca habría hecho nada incompatible con su estado sacerdotal. En su permanencia en la prisión no hubo nada de insolente que pudiera justificar su muerte”. (…)

Cuando fundó la Congregación, el P. Dehon la había llamado en principio “Oblatos del Sagrado Corazón”. El p. Juan María de la Cruz celebraría su vocación encontrada de Oblato en la entrega de su vida el 23 de Agosto de 1936. Su vida, como religioso reparador, tuvo mucho de semejante con aquella vía crucis escondida y serena que un tal Jesús recorrió dos mil años atrás.

Estamos, por tanto, en la noche del 23 de agosto de 1936. Dios Padre iba a aceptar la oblación total del P. Juan en los campos de Silla. En una finca llamada El Sario, en el lugar conocido como La Coma. Se parecía a aquel huerto de Getsemaní, lleno de olivos, que Jesús conoció. Testigos de lo que iba a suceder fueron las estrellas de una noche de verano, los otros nueve compañeros asesinados, los faros de las camionetas que iluminan la acequia y el muro a lo largo del cual, ritual repetido centenares de veces y clásico, fueron colocadas las víctimas en fila. Y fusiladas. Y antes maltratos. Así lo denuncian los testimonios médicos sobres sus restos, reconocidos, exhumados y trasladados en 1940 a Puente la Reina, para que estuviese entre aquellos seminaristas a los que había dedicado una gran parte de su vida, de servicio y ministerio apostólicos

Cuadro de la Beatificacion Valencia
Cuadro de la Beatificacion del p. Juan María de la Cruz

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *