Experiencias de vida consagrada

El día de la Presentación de Jesús, de la “Candelaria” o de la Purificación de Ntra. Señora, es también el día de la Vida Consagrada.

Iglesia S. Miguel de Caracas (Venezuela)
Iglesia S. Miguel de Caracas (Venezuela)

Jesús, el primogénito de José y de María es presentado en el templo para significar que Yhaweh Dios es el Señor de la Vida, y que a Él le pertenecen en propiedad todos los nacidos de mujer, porque Él es la fuente de la Vida y por lo tanto esta nuestra vida es Don suyo. Bien sabía María que aquel niño era obra y gracia del Espíritu Santo. Lo sabían ella y José. Y los dos presentan al Niño en el Templo. Sin duda que irán con un corazón gozoso y disponible para poner en manos de Dios, lo que de Él han recibido. ¡Qué mejores manos para dejar “comisionado” al Niño! Al entrar en el Templo oyen lo que dicen aquellos dos ancianos, Simeón y Ana, de aquel niño. Palabras de bendición y de gozo; palabras que anuncian gran novedad en la vida del Niño, que será LUZ de las naciones y GLORIA de Israel. Pero esas palabras van unidas a alguna otra oscura o amenazadora, que deja entrever que no todo va a ser “miel sobre hojuelas”.

El gesto de la “presentación” es sin duda una “consagración” a Dios. Es decirle a Dios que Él tome esa vida en sus manos y que haga con ella lo que quiera. (Evidente que no hará tonterías. Las manos de Dios son manos “amorosas”, manos de padre, manos de creador de vida). Es decirle a Dios que sea lo que sea de esa vida, le vamos a dar gracias, porque sin duda va a ser con mucho lo mejor para el “consagrado”.

María y José habían aceptado con un SI la vocación a la que habían sido llamados. Consagraron su vida totalmente a Dios en los momentos cruciales de sus esponsales. Se fiaron de Dios y dejaron que Él condujera su vida. Ahora, en este momento de la “presentación”, son ellos los que quieren que su Hijo viva la vida en esta opción o dirección: que sea totalmente un fiel servidor de Dios. Durante los días de vida oculta en Nazaret, Jesús aprendió este indicativo primero viéndolo realizar a sus padres en su vida ordinaria de matrimonio vivido en el pueblo de Nazaret, y después con los consejos y palabras con las que educaron a su Hijo es ese valor fundamental: Amar a Dios sobre todas las cosas y hacer su voluntad en todo momento. Cuando Jesús llegue a “mayor” hará gala de este aprendizaje y su respuesta personal a la vocación de Dios será un “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

Desde hace unos años Juan Pablo II quiso que en este día se celebrara “el día de la Vida Consagrada”. Está claro que la “consagración” mayor de todos nosotros es la de nuestro bautismo. Esta “consagración” para algunos cristaliza en la vocación y sacramento matrimonial; otros la vivirán haciéndose “célibes” por el Reino de los Cielos. Es a estos últimos a los que se dedica la jornada y de ellos voy a hacer mención.

La vida consagrada es una “gracia” o un “don” para la Iglesia. Lo es en primer lugar, para los agraciados o llamados a vivir esta opción de vida. Gracia que no es nunca indicativo de privilegio sino que lo es siempre en función de los demás. Las “gracias” de Dios siempre alcanzan en “uno” a todos. Podríamos decir que Dios piensa en “todos” y elige a “uno” como señal de esa realidad total.

La vida consagrada nace de un “enamoramiento” o “apasionamiento” por la vida de Jesús, tal cual la vivió en su tiempo mortal. Jesús fue “el hombre para los demás” en toda la dimensión de esas palabras. Vivió su vida como donación y entrega a Dios y a los hombres sus hermanos. Y para ello optó por una vida célibe, (puede que Él la llamara “eunuco por el Reino”) en un mundo donde no se entendía que un hombre no fundara una familia. Y lo hizo por obediencia al Padre que le pidió un “corazón indiviso” para que pudiera fraternizar con todos y crear una nueva familia en el Espíritu. Jesús también vivió pobremente; permanentemente ligero de equipaje, para poder llevar la buena noticia a toda aquella gente de su tierra, haciéndoles ver que solo Dios basta.

Son muchos los hombres y mujeres que a lo largo de la historia de la Iglesia han intentado seguir los pasos de Jesús en diversas familias de vida religiosa. También hoy siguen o seguimos siendo muchos los que intentamos este seguimiento de Jesús con este estilo de vida consagrada haciendo votos de pobreza, castidad y obediencia.

Ciertamente soy consciente que muchos de nosotros no llegamos, ni de lejos, a reflejar en nuestra vida lo que significa vivir nuestra vocación. Tantas veces con nuestras actitudes y estilo de vida hemos velado más que revelado el misterio de Salvación manifestado en Cristo Jesús. Pero, a pesar de eso, desde mi propia experiencia vivida (llevo 50 años de vida consagrada) puedo decir que hay mucha gente con muy buena voluntad que intenta en sinceridad vivir según los parámetros del evangelio y del seguimiento a Jesús en el espíritu de las bienaventuranzas.

Uno habla de lo que siente, sabe y ha vivido. Durante los tiempos en que yo he vivido en Venezuela en nuestra congregación de SCJ he podido constatar esta entrega y disponibilidad por los valores del Reino en muchos de nuestros religiosos mayores. Yo he sido hermano “mayor” en la animación de aquellas comunidades scj en Venezuela y he podido ver y palpar la ilusión y la dedicación que los “misioneros” que habían ido allá desde hacía años, trabajaban con ardor y pasión en la tarea evangelizadora y a ella entregaban las “fuerzas” que tenían. Quiero recordar y honrar en este día al P. Ortigosa, al P. Juan, al P. Vicente, al Hno. Aizpún, al P. Ferla, al P. Antonio, quienes han pasado ya a la casa del Padre, y también al P. Joaquín Imaz, que aunque vivo está ya muy gastado en la enfermedad. También al P. Angel que sigue en activo ahora en España. Todos ellos han resistido con tesón y fuerza los peligros y cansancios de la evangelización y han dado lo mejor de ellos con ilusión e infatigablemente. Creo que ellos (o debido a ellos) han sido los sembradores del carisma dehoniano en Venezuela. Ellos y otros que aún con los tiempos que corren y con edad avanzada siguen allí, en primera línea, gastando su vida para que otros la tengan abundante. Vuelvo a decir, que han sido los fundadores de ese carisma y que por haber sido testigos vitales de ese carisma, han sido muchos los jóvenes venezolanos que se han visto llamados a vivir como consagrados en los SCJ. Y creo que también estos jóvenes, en lo que yo conozco, han aprendido que la vida consagrada o se vive en plenitud y sin reservas o no merece la pena ser vivida. No tiene sentido “vegetar” en la vida consagrada.

Entre nosotros los dehonianos el “Aquí estoy para hacer tu Voluntad” de Jesús y el “He aquí la esclava del Señor” de María, encierran toda nuestra vocación y nuestra actitud permanente no puede ser que la de estar disponible y entregar nuestra vida “para servicio de los demás”.

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