A Jerusalén siempre se sube, Pedro Iglesias scj

Lo dice la topografía: sea desde la costa, desde Galilea o desde el desierto, la carretera va siempre hacia arriba. Pero, sobre todo lo repite constantemente la Escritura, desde los salmos a los evangelios: a Jerusalén no se va; a Jerusalén se sube.

La experiencia de una subida evoca ante todo, el esfuerzo, la dificultad, el cansancio. Viajar a Tierra Santa, o mejor, peregrinar a Tierra Santa no es una experiencia dulce y facilona. No tanto por las dificultades que entraña todo país distinto al propio, ni tampoco por el clima o el calor. Es más bien que en Tierra Santa se acaban todas las poesías, las imágenes del Belén de cartón piedra, frente a una tierra sin grandes maravillas naturales, donde el Jordán no pasa de ser un regato y el desierto no es de las películas sino la aridez más anodina. ¿Qué es de aquella tierra “que mana leche y miel”? ¿Cómo Dios pudo escogerse una tierra tan anónima, tan ordinaria?

Pero, más allá del dato físico, a Jerusalén se sube con esfuerzo por esa situación de conflicto constante que siempre se respira, por ese miedo, por esa desconfianza mutua que no es sino el primer fruto de aquel pecado del principio. Y peor aún, por lo incomprensible que resulta que aquellos que llevamos en nuestro nombre el nombre de Jesucristo acabemos a veces (las menos) a escobazos y otras (las más) con tanta desconfianza mutua, precisamente en la ciudad donde su muerte y resurrección “abatió el muro de la división”. Y no sólo por parte de quien vive allí, sino también de quien se acerca, tantas veces, con la incomprensión a flor de piel. Por eso a Jerusalén se sube como quien escala, tropezando a menudo con tantas aristas, con tantas piedras que nos recuerdan la ambigüedad de esta tierra.

Pero la subida evoca también y sobre todo, siguiendo la tradición bíblica, el encuentro con Dios. Nos encaminamos, como se denomina ahora más comúnmente, no a la Tierra Santa, sino a la Tierra del Santo. Como Moisés en el Sinaí nos toca descalzarnos antes de acercarnos, como Elías en el Horeb hace falta cubrirse el rostro ante este Dios que pasa en el sonido del silencio. A Jerusalén se sube, no como turista o como arqueólogo, sino como peregrino, como quien va al encuentro de Alguien, al encuentro de Dios hecho carne, sangre y tierra. Es aquí donde Dios ha plantado su tienda. Es aquí donde se comprende que la encarnación, que la redención, no fueron efectos especiales. Es aquí donde se experimenta la grandeza de un Dios que nos ha elegido también a nosotros, como a su tierra, como a su pueblo, no por nuestra importancia o por nuestros méritos, sino por su enorme misericordia, que asume no sólo nuestros deseos de seguirle, sino también nuestras propias ambigüedades.

Por eso subir a Jerusalén es la metáfora más evocadora de este encuentro que constantemente estamos llamados a hacer en nuestro peregrinar, aquel de los próximos días y el de toda la vida: el encuentro con Jesucristo, el Dios encarnado, aquel que sube a Jerusalén para dar vida dando su vida. No creemos en piedras, por muy santas que puedan ser, sino en Él.

El salterio conserva una serie de salmos llamados explícitamente “De la subida”. Eran aquellos que cantaban los judíos cuando peregrinaban a Jerusalén, al templo, que estaba precisamente en la parte más alta de la ciudad. El más conocido de estos salmos es sin duda el que comienza: “¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén”. Este es nuestro mismo camino y esa la actitud que debería mover nuestro corazón: la de quien se sabe cerca de casa, de la nuestra que es la suya, la de Dios, esa presencia en una tierra que es toda la tierra.
 

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