¿A quién escucha Dios?

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DOMINGO 30º – C

El domingo pasado se nos invitaba a “orar siempre con confianza”. El evangelio de hoy (Lc. 18, 9-14) nos habla de la actitud de los orantes o de dos formas extremas de rezar. Viene introducido por la lectura del Eclesiástico 35, 12-19, que nos habla del “oído de Dios”: ¿A quién escucha Dios? Alguno pensará que la pregunta es retórica porque Dios escucha a todos. No lo voy a discutir; pero a lo mejor es que hay impedimentos que hacen que no lleguen a Dios nuestros lamentos o peticiones y ahí está el problema.

En principio, la primera lectura nos dice que a Dios no hay posibilidad de comprarlo o de sobornarlo, y mucho menos cuando la causa es en favor de la viuda, del pobre o del marginado. Dios se pone de su parte porque sufren la injusticia de la sociedad igual que la madre o el padre que se ponen al lado del hijo caído, enfermo o marginado. Dios ensalza a los humildes. Dios escucha el clamor de su pueblo que está siendo esclavizado por los egipcios, baja y se pone de su lado para llevarlos a la liberación de la esclavitud. Esta es una constante a lo largo del Antiguo Testamento.

En el Evangelio Jesús se dirige a “algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás”. Es un tema delicado porque a lo mejor nos pilla de lleno a alguno de nosotros, incluido quien escribe esto. Es la actitud farisaica que podía ser común en los fariseos del tiempo de Jesús –cumplidores rigurosos de la Ley- y que sigue siendo bastante común –creo yo- entre los que nos decimos seguidores de Jesús. No sé si hemos oído hablar de Pelagio y los Pelagianos, pero es una herejía que perdura a lo largo de los siglos. El pecado de los fariseos (algunos) y de los pelagianos es “confiar en sí mismos por considerarse justos”. Y así creen que la salvación es obra suya y que el cielo se puede conquistar y les es debido. No es Don sino que es conquista.

Veamos la oración del fariseo. ¿Es oración? Empieza muy bien pero descarrila desde la segunda palabra. Él es el centro. “No soy como los demás”. Soy extremadamente bueno. No me beso porque no puedo. El fariseo no pide nada. No abre el corazón. No entra en dialogo alguno. No necesita de Dios. Es Dios el que tiene que descubrirse ante él y estarle agradecido. Es Dios el que debe pagarle por ser tan buen chico.

El fariseo no sale de sí mismo. Su oración es monólogo. Es pura referencialidad a sí mismo. Dios es un invitado de piedra. No hay diálogo. No puede ser escuchado porque no ha hablado con Dios. No solo tiene paraguas para que no le moje la gracia, sino que tiene impermeable que no le deja salir ningún efluvio hacia los demás y hacia Dios. Es impermeable a la Gracia. Dios no puede entrar en su vida. No puede ser “justificado”.

Veamos la oración del Publicano. ¿Es oración? Todo él es oración. No se pone delante sino que se considera indigno de presentarse ante Dios. Pero sabe que está ante Dios. Y se abre y dirige a Dios con confianza y humildad. No merece nada. Pide misericordia y compasión. Pide el perdón de sus pecados.

No hay caparazón ni impermeable. Hay apertura total a un Tú del que espera misericordia. Esa apertura es la rendija por la que Dios penetra en el corazón del publicano, le invade, le transforma, le justifica, le sana y le devuelve transformado a la vida social. Volvió a su casa justificado, santificado, agraciado, sanado. Volvió “lleno de la Vida de Dios”, su Gracia.

Hasta aquí la parábola que pinta dos extremos para “escandalizar” o llamar la atención y hacernos ver lo esencial.

¿Por dónde andamos nosotros?

Sin buscar componendas, he dicho al principio que tenemos muchos un corazón parecido al del fariseo y tenemos actitudes pelagianas. Reconocerlo puede ser inicio de sanación. Inicio de un entrar en humildad y reconocer que la fuente de la salvación, de la Vida, radica en Dios y no en nuestras fuerzas. Con esta actitud nos acercamos a la del Publicano.

Pero también es cierto que todos llevamos ya un largo proceso de camino en la vida cristiana y no es lo mismo al principio que ahora que al final. Hay una maduración y debe darse una tendencia a estar abiertos a la gracia, a dejarnos invadir por Dios y dejar que él conduzca nuestro “carrito”.

El apóstol Pablo, en su carta a Timoteo vemos como habla, al final de su vida, de combate, de conservar la fe, y de la “corona” que el Justo Juez le dará al final de sus días. ¿Será que Pablo se ha vuelto pelagiano y habla de méritos? Pablo habla de Gracia como Don y a la vez habla de tarea del hombre, que responde a ese Don fajándose en el anuncio del Evangelio, que no deja de ser un trabajo arduo y difícil. Pablo habla de Don y tarea. Y al hablar de “corona” habla de fidelidad a la Gracia de Dios, y con San Agustín diremos que Dios ha querido que sus dones sean a la vez méritos nuestros. Esto solo se entiende desde el diálogo de amor entre Dios y el hombre; cuando la oración es en verdad tratar de amistad con Aquel que sabemos que nos ama: Dios.

No hemos de pasar por alto que este domingo coincide con la Jornada Mundial de las Misiones, DOMUND, con el lema “Sal de tu tierra”. La iglesia nos propone el ejemplo de los misioneros  que lo han dejado todo para salir de su tierra e ir hacia los que no conocen a Cristo o a reforzar los procesos de evangelización de determinadas iglesias locales. Todos y cada uno de nosotros estamos llamados a salir de nosotros mismos, a ser lo que el Papa Francisco llama “Iglesia en salida”. También se nos solicita ayuda económica para ayudar a la tarea misionera.

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