Adviento

homilia

Este domingo precede inmediatamente a la solemnidad de la Navidad que ya inunda con sus luces y villancicos nuestro ambiente exterior. No nos resulta fácil esperar y en cuanto podemos atajamos esa espera y dejamos a parte la preparación secuencial del Adviento. No obstante, hemos de intentar vivir el contenido de este domingo porque nos abre al misterio de la encarnación desde su inicio inmediato. Está claro que el nacimiento de una persona acontece 9 meses después de su concepción. En este domingo precisamente se nos hace pensar en ese momento inicial de la concepción del Niño Jesús que es justamente el momento inicial de la Encarnación del Hijo de Dios.

Las lecturas de hoy nos presenta a “tres” protagonistas en este momento crucial de la Historia de la Salvación.

El profeta Miqueas (5,2-5) nos muestra el lugar donde saldrá el jefe de Israel. Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá. Dios no elige ni Roma ni Jerusalén para empezar la historia de su Hijo en este mundo. Desde siempre se ha fijado en los pequeños (recordemos que David era un pastor) y los humildes. También los lugares de su elección eran adecuados a su criterio de humildad. El Mesías iba a nacer en Belén, tierra de su antepasado David, pero que no figuraba en las expectativas de la gente biempensante. Cuando los Magos preguntan a Herodes por el lugar de nacimiento del Mesías es cuando los sabios desempolvan esta profecía de Miqueas. El que va a nacer será como el buen pastor que hará que los habitantes de Israel habiten tranquilos y en paz.

La segunda lectura de la carta a los Hebreos nos muestra al segundo protagonista de esta historia. El que iba a nacer de María ya existía antes de su concepción en el seno materno. Es la primera vez que a alguien se le pide permiso para nacer. El Hijo de Dios es la segunda persona de la Santísima Trinidad y el Padre tiene que contar con la venia de su Hijo para iniciar el proceso de la Encarnación. Si el Hijo rechazara la propuesta del Padre –que no era tan atractiva, que digamos- no hubiera habido Historia. Pero cómo va a ser eso. El Hijo es el reflejo del Padre, y el Hijo está pegado al Padre para obedecerle en todo. Por eso cuando Cristo entró en el mundo dijo: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”. Dios no quiere sacrificios ni holocaustos externos; Dios quiere respuestas de amor gratuito a imagen del Amor que Él tiene por su Hijo y por sus hijos. Estas palabras de Jesús (que en latín suenan “ecce venio” y que son tan queridas por nuestro Fundador el P. Dehon) son las que abren las puertas del Cielo para que descienda el Justo y pueda venir a justificarnos a todos haciéndose pequeño en el útero de la Virgen María. El omnipotente se hace vulnerable en la pequeñez del vientre de María, una joven de Nazaret, que eran una donnadie.

El Evangelio (Lucas 1, 39-45) nos presenta a la tercera protagonista de esta historia que es María. María es el último eslabón en la cadena de generaciones que antecede a Jesús. San Mateo en sus genealogías del principio de su evangelio dice: “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo”.

El Evangelio de hoy nos recuerda el acontecimiento de la Visitación de María a Isabel. Acontecimiento que sucede a la visitación del Arcángel Gabriel a María. Ese Evangelio que es el natural para este domingo se lee en el Ciclo B. Por eso en el “Aleluya” de hoy se recuerdan las palabras principales de María que acoge la invitación de Gabriel: “Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”. Son las palabras que hacen eco a lo dicho por el Verbo antes de su Encarnación. María reconoce su pequeñez y se declara la humilde sierva del Señor. Ella se pone en sintonía con la Voluntad de Dios obedeciendo y aceptando. Este es el SI que necesitaba el Padre para iniciar la historia de la Encarnación de su Hijo.

El anuncio del Arcángel no hace que María se ensalce y se crea la favorita de Dios y por tanto liberada de todo quehacer servil. María, de inmediato, se pone en movimiento para ir a socorrer a su prima Isabel que estaba en avanzado estado de gestación. María se pone en camino para ir a ayudar a Isabel. Ese camino que hará también más tarde a la hora de ir a empadronarse a Belén, ya cumplidos los días de su embarazo.

El saludo de María en la casa de Isabel parece llevar el Espíritu con ella. Isabel se llena del Espíritu y el niño Juan salta en el vientre de su Madre. Isabel también se proclama pequeña e indigna de que la madre del Señor entre en su casa. Ella es también otra protagonista que hoy profetiza desde su humildad. Lanza sobre María una hermosa bendición: ¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor, se cumplirá.

María es un testimonio enorme de como una mujer de pueblo acoge y prepara el nacimiento de su Hijo. María es la mujer creyente que no duda de Dios y pone todas sus fuerzas para hacer en todo momento la voluntad del Señor. Voluntad que pasa por el servicio y la entrega a los demás.

Como Dehoniano quiero recordar en este momento la frase de nuestro padre fundador, Padre Dehon, que nos decía: “En estas palabras: Ecce venio (Aquí estoy) y Ecce ancilla (He aquí la esclava) se encierra toda nuestra vocación, nuestro fin, nuestro deber, nuestras promesas”. (R.V. nº 6). Nuestra ofrenda o disponibilidad ante el Padre pasa por la aceptación en nuestra vida de los planes que Dios tenga para cada uno de nosotros».

Culminamos el Adviento del año 2018. Sigamos preparando el camino al Señor que nació hace 2018 años, nace hoy y nacerá cada vez que una persona se pone al servicio de los demás en calidad de hermano y servidor humilde. Culminemos el Adviento imitando a María la creyente y la gran figura del Adviento.

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