Amad a vuestros enemigos

Homilía

El sermón de las bienaventuranzas en San Lucas, se alarga hoy para decirnos cómo ser mansos y humildes de corazón. Las palabras que pronuncia Jesús son realmente sublimes pero nos parecen del todo inalcanzables. Parecen dichas para otra especie humana y no la nuestra en la que parece que tenemos metido hasta el tuétano el “ojo por ojo” de la ley del talión.

Leído todo el Evangelio de hoy, uno queda como muy alejado del ideal evangélico sobre el amor al enemigo. Amad a vuestros enemigos, dice Jesús. Y se queda tan ancho. A lo mejor no veo enemigos en derredor mío; pero sí que puedo ver gente que me cae antipática, o que parece tengo con ella incompatibilidad de carácter, o practico la rivalidad con alguien. Puede que encuentre a algún grosero o altanero entre mis compañías, o quizás yo mismo ejerzo esa altanería o grosería. Peor todavía si entre nuestras relaciones se da la doblez o doble cara. Mucho peor si encuentro verdadera hostilidad y odio hacia alguna persona. Ante esa realidad posible que está dentro de nuestros corazones, Jesús quiere desactivar toda su capacidad destructiva y por eso nos invita a amar al enemigo, hacer el bien a los que nos odian, bendecir a los que nos maldicen y a rezar por los que nos injurian.

Uno puede seguir pensando que esos mandatos son imposibles e incluso contraproducentes porque darían origen a un orden social deshumanizador porque es dar cancha libre a los pendencieros.

A mí no me cabe la menor duda de que si solo dependiera de mí, el cumplir ese precepto, tendría que decir que no sería capaz de hacerlo. Tengo muchas pruebas para decir que muchas veces domina en mí el juicio, la condena, la rabia y el odio, en vez de funcionar la fibra del corazón que llama a la misericordia y a la gratuidad en nuestra relación con el prójimo.

Resulta fácil apelar a la segunda lectura de hoy (1 Cor.15, 45-49) para hablar del hombre Adán, el hombre terreno y del último Adán, Cristo que es el hombre del cielo o el hombre movido por el Espíritu de Dios. Solo si el hombre vive desde Dios, movido por el Espíritu de Dios es posible vivir las bienaventuranzas o el amor al enemigo. Esto no es pedir peras al olmo. El Espíritu de Dios planea sobre toda la creación desde el principio. El Espíritu de Dios ha sido derramado sobre toda carne.

Todos hemos sido constituidos hijos de Dios por su Gracia que se nos ha dado en su Hijo Jesucristo. Todos tenemos el marchamo de eternidad y de vida espiritual sellada por el Espíritu de Dios desde el día de nuestro bautismo. Esto es verdad. Pero hoy quisiera resaltar sobre todo al hombre que en su vida ha sido el reflejo de lo que aquí se proclama. Las bienaventuranzas se pueden entender vitalmente desde la experiencia vivida por el mismo Jesús en su andadura por Palestina.

Jesús realiza su mesianismo al estilo del Siervo de Dios marcado por el profeta Isaías. Jesús rechaza de plano una concepción del Reino, del hombre, de la religión que esté apoyada en el éxito, en el poder y en la riqueza y opta por un único apoyo en su vida que es Dios a quien reconoce como Padre. Recorre un camino arduo y difícil. Se abaja y desciende a los abismos más profundos de la humanidad y padece sus consecuencias más mezquinas como el odio, la persecución y la muerte.

El norte de Jesús es el Padre del que sabe que ha hecho sus preferidos a los pobres. De su amor y obediencia al Padre nace su amor solidario con los pobres y necesitados. El amor al Padre no le enajena de las circunstancias de la vida sino que le meten de lleno en el barro de la historia al lado de toda persona como imagen e hija de Dios. Ese amor, vivido en radicalidad, es el que libera desde dentro y solo desde ese amor se puede vivir la andadura de Jesús y su seguimiento.

El Evangelio de hoy nos recuerda que la motivación por la que hemos de vivir el amor al enemigo es justamente para imitar al Dios que es Padre y compasivo; al Dios que es bueno con todos, que hace salir el sol sobre buenos y malos.

Jesús vive un amor que cree sin límites y se fía sin límites. No solo de cara al Padre, que también, sino de cara a los hermanos. Un amor de este calibre, que ama sin límites, puede llegar al perdón sin límites, al perdón al enemigo.

Hay dos momentos al final de la vida de Jesús que marcan el amor al enemigo.

Uno es cuando el servidor del sumo sacerdote le da una bofetada. Jesús no se calla ni pone la otra mejilla. Jesús reclama justicia. Reclama el porqué de esa actuación. El amor al enemigo no es un amor bobalicón. Sabe y reconoce la verdad de la persona que tiene enfrente. A uno le llamó “zorro” y a otros hipócritas. Quiere decir que desenmascarar al malvado no está reñido con el perdón, o con la actitud del perdón. En muchas ocasiones desenmascarar es oportunidad para cambiar de actitud.

El otro momento es en la cruz, cuando se dirige al Padre pidiendo “perdón, porque no saben lo que hacen”. No justifica el pecado, pero su amor llega a conceder el perdón a aquellos que le han maltratado y asesinado.

La última parte del Evangelio de hoy (sed compasivos, no juzguéis, no condenéis, perdonad, dad) parece que van dirigidos particularmente a sus seguidores y a aquellos que viven en las comunidades eclesiales una vez proclamado el evangelio por los primeros predicadores. El Evangelio no es una terapia personal ni un método de autocomplacencia o superación ética. El Evangelio cambia el corazón y tiende a contagiar y a ser vivido en comunidad de seguidores de Jesús. Seguidores que experimentan el amor misericordioso de Dios que se manifiesta en Jesús. Esa experiencia, cambia su vida y hace que se decidan por poner en práctica el mismo camino seguido por Jesús que es el camino del siervo. Vivido en comunidad se ejerce la comunión fraterna y en ella se posibilita el vivir las bienaventuranzas. Cambiado el corazón, cambia la realidad, y entonces se empieza a constatar que el Señor empieza a exaltar a los humildes y a abajar de su trono a los poderosos.

El Evangelio de hoy es bendición solo si se vive con nuestro corazón anclado en el corazón de Dios o de Jesús. Desde nuestra realidad de “hombre viejo, terreno o carnal” no podremos hacer nada.

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