Amaos unos a otros como yo os he amado

Imagen de Iglesia del Sto. Sepulcro en Jerusalén
Imagen de Iglesia del Sto. Sepulcro en Jerusalén

Puesto que los dos próximos domingos de Pascua serán la Ascensión y la Pentecostés –que tienen unas características muy propias- parece que la Palabra de Dios elegida para este domingo fuera como el colofón de la revelación de Jesús: el Misterio del AMOR.

Entre la segunda lectura (1 Juan 4, 7-10) y el Evangelio (Juan 15, 9-17) entretejen afirmaciones que brotan del grande amor que Jesús siente por Dios (Abba) y por nosotros los hombres sus hermanos.

Impresiona la cantidad de veces que Jesús apunta a la fuente y origen del Amor que es el Padre. Jesús recalca una y otra vez la gratuidad, la primacía de este Amor. Primacía y gratuidad que se muestran en la iniciativa permanente del Padre de “llamar” y salir al encuentro del Hijo y de los hijos.

El amor de Dios se manifiesta en que envió a su Hijo al mundo para que tengamos vida. El amor de Dios se manifiesta en que Él nos amó primero y no en que nosotros hayamos amado a Dios. El amor de Dios se manifiesta en que nos envía al Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

He sido profesor de “Gracia” durante 10 años. Hacer ver que la “Gracia” no es “algo” sino “Alguien”; hacer ver que la gracia de Dios es mas bien el Dios de la Gracia ha sido mi tarea principal. Insistir en que Dios es el que ama primero (amor primero), es el que sale al encuentro, el que se abaja, el que entrega y se entrega, el que da a fondo perdido, el que se fía una y mil veces, el que quiere que tengamos vida abundante, el que no busca su beneficio ni “gloria” , el que no tiene ningún interés “interesado” sino tan solo el interés de que nos vaya bien en la vida, ha sido insistencia permanente en todas las clases. Para mí, personalmente haber descubierto eso significó una liberación. Liberación de una “religión” donde imperaban demasiado las pesas y medidas, la justicia casi vindicativa y donde el mérito era importantísimo. A Dios había que conquistarlo; el cielo había que escalarlo con esfuerzo, renuncia y tenacidad a veces heroica. Al descubrir que Dios era “gratuito”; que Él se me adelantaba en el amor; al ver que me amaba no porque era bueno, sino incluso aunque fuera pecador; al descubrir que era el mismo amor de Dios el que me hacía amable y bueno y no mis méritos previos; todo esto me hacía entrar en serenidad, calma y confianza. Pero además me mostraba la raíz y el fundamento del por qué de mi amor a Dios y a los demás.

Este “excursus” es para decir que en las cuatro líneas de negrilla que lo anteceden se encuentra el núcleo de nuestra fe, el resumen de todo un curso de “Gracia” y lo que es más las entretelas que tejen la experiencia de fe de Jesús de Nazaret. Es justamente lo que se desglosa en el Evangelio de hoy.

Jesús crea una perfecta simbiosis entre la trilogía formada por el Padre-el Hijo-Nosotros.

El Padre ama al Hijo; el Hijo nos ama igual que el Padre a Él (y en Él a nosotros). Nos invita: Permaneced en mi amor. Permaneced en este amor. Amar en la misma dirección: salid de vosotros y amaos unos a otros como os he amado yo. Este es el mandamiento nuevo.

Dos observaciones. Parece que la correa de transmisión no tiene reversa. Sorprende ver que no se nos dice “amemos al Padre” sino que se nos dice que nos amemos unos a otros. Debe ser que amar al prójimo, al hermano, al enemigo… es amar al Padre y al Hijo. Está aquí presente aquel dicho de Jesús…”lo que a ellos hicisteis a mí me lo hicisteis”. Está claro que Dios se identifica con el prójimo y amar al prójimo en la dirección del amor de Dios es amar a Dios.

Esto no es óbice para reconocer que el primer mandamiento es amar a Dios con todo el corazón; pero si en boca de Jesús se da el mandamiento nuevo, puede ser que en este se resuman los 10 del Sinaí. Además entrados en la dinámica del Amor indicado por Jesús entramos en la dinámica de la misma Vida de Dios y por lo tanto empezaremos como los hijos a reconocer la bondad y el amor del Padre.

Hay en el evangelio unos condicionales -“Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor”, “si hacéis lo que yo os mando”- que parecen desdecir lo hasta ahora afirmado. Parece que no existe la gratuidad puesto que el amor del Hijo se dará si cumplimos unos requisitos. Si esto fuera así, me desapunto. No son la condición sino la consecuencia. Hemos de entrar en el entendimiento de la obediencia cristiana. Si la obediencia nace de una imposición de alguien que es más fuerte o potente estamos ante una esclavitud, ante una humillación. No tiene nada de salvación ni sirve para nada. Una religión así es de abandonar. Si la obediencia nace del amor experimentado como gratuito, potenciador y liberador, entonces es una obediencia que significa entrar en la misma dinámica del amor descubierto; es una obediencia gratuita, agradecida, potenciadora y liberadora.

Es eso lo que le sucede a Jesús: Obedece al Padre porque se sabe amado por el Padre de una forma absoluta y total, y por lo tanto la voluntad del Padre no va nunca en contra del Hijo. Es a favor del Hijo. Incluso cuando esta voluntad pasa por la cruz o por hacerle “propiciación por nuestros pecados”. Jesús es capaz de “bendecir” y “agradecer” al Padre esta misión de “dar la vida por los hermanos”.

Es eso lo que nos sucede a nosotros cuando entramos en obediencia al Padre o al Hijo. Hacer lo que Él nos manda no es otra cosa que “dar la vida por los hermanos” como Él la ha dado. Y esto también puede ser hecho y vivido como acción de gracias (eucaristía).

Me hubiera encantado poder comentar la primera lectura (Hechos 10, 25-48), pero ya va largo el texto. Es una lectura aleccionadora en todo momento. Tiene un espíritu universalista y sin fronteras que ya lo quisiera yo como actitud permanente mía, de mi iglesia y de mi mundo. Un abrazo y buena Pascua.

 

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