Amor a Dios y al prójimo

domigo

Con este domingo entramos en los últimos compases de la catequesis del evangelista San Marcos. Y los quiere aprovechar para darnos la síntesis del Evangelio de Jesús. En Mc 12, 28-34 nos cuenta la entrevista habida entre un escriba y Jesús. Una entrevista sincera y sin intenciones aviesas por ninguna parte. El escriba busca y pregunta con claridad. Jesús responde con claridad y utiliza el lenguaje apropiado para que le entendiera el escriba. Utiliza el Deuteronomio. Ambos quedan satisfechos del encuentro y se alaban mutuamente con palabras que les salen del corazón.

Jesús aprovecha la ocasión para unir inseparablemente los mandamientos del Amor a Dios y del Amor al prójimo, haciéndolos un solo mandamiento en la práctica. No se puede dar el uno sin el otro.

El Evangelio de Jesús se encierra en la palabra AMOR. Y es que Dios es AMOR; pero no un amor cualquiera sino un amor radicalmente altruista, comunicativo y expansivo. Evidente que el amor de Dios es libre porque la libertad brota del amor, si bien en Dios son la misma cosa.

La primera obra de Dios-Amor hacia fuera de él, es la creación. Para que la creación del universo se dé, es necesario un adelgazamiento de Dios, para que quepa dentro del ser de Dios una realidad ajena a él. Dios (Trinidad) tiene que encogerse para hacer hueco a alguien distinto de sí y fuera de sí, al que ama desde sí mismo con todas sus fuerzas. La obra creadora de Dios, desde el principio hasta el día de hoy es obra de ese amor de Dios que se abaja para hacer posible esta realidad creada que ha llegado a ser consciente y capaz de amar en el ser humano.

El abajamiento de Dios, el adelgazamiento de Dios se hace manifiesto en la Encarnación del Hijo, que se hace uno como nosotros abrazando toda la realidad creada siendo él mismo partícipe de esta realidad. El gesto mayor del amor de Dios por la creatura mundo-hombre es la Encarnación del Hijo.

El fundamento de todas las cosas es el Amor de Dios. Ese es el AMOR PRIMERO que hemos de tener siempre en cuenta. Ese amor primero es el que me convoca a mí y a mis semejantes a ser, a ser hijos y a ser hijos amados y predilectos. Descubierto esto no hay más que decir para afirmar que la primera respuesta consciente de mi corazón, de mi alma, de mí ser, es amar a aquel que me ha regalado todas esas cosas. Soy desde Dios. Le debo a él mi amor, mi entrega, mi servicio, mi todo. La respuesta de Jesús como Hijo y de todos nosotros es: Padre, te amo con todo el corazón. Aquí estoy para hacer tu voluntad. Es un gesto que nace de una actitud filial descubierta desde esa experiencia del amor primero. No se trata de deuda u obligación, o condición sine qua non, sino que es puro amor en devolución del amor recibido. Es reflejar ese amor y volver a la fuente. Es un abrazo irrompible de retorno al amor que se me ha dado antes. Repito, es amor de hijo.

¿Y el amor al prójimo? Es la consecuencia de lo anterior. El amor fontal es Dios y el amor al prójimo nace de este mismo amor y fuente.

Podríamos decir que Dios ama a todo el creado y ama a todos y cada uno de los hombres y mujeres que habitamos y somos creaturas suyas. Si yo amo a Dios, también amo lo que Dios ama y en los mismos términos que él los ama. No es un amor subsidiario ni un amor sustitutivo. Es el mismo amor. Entramos en el amor de Dios y desde él amamos a los hermanos con el mismo amor que Dios los ama. Nos amamos unos a otros en el fuego del Espíritu, que es el amor de Dios.

Una religión que afirma que lo nuclear en ella es el AMOR tiene que ser una religión de la alabanza, de la alegría, de la bendición y de la esperanza. No puede ser la religión del NO. Es la religión más positiva, la religión del SI, la que apuesta por todo el creado en general y por el hombre en particular afirmando su positividad y su bondad. Afirmando la capacidad del mundo y del hombre de evolucionar cada vez más hacia cotas de mayor humanidad, de mayor plenitud.

Afirmamos que Jesús es el modelo del hombre en el que ha llegado a la máxima expresión lo que significa amar a Dios y a los hermanos. Y afirmamos que Jesús siempre se ha mostrado en favor de las personas, poniéndose tantas veces al margen de la ley y de la sociedad para rescatar a esas personas de la enfermedad y de la muerte a la que estaban sometidas en vida. Jesús amó sin límites a Dios y a sus hermanos, y por nosotros entregó su vida. Ese es el modelo a seguir.

Jesús afirma que Dios es amigo de la vida, que quiere la vida y que no ha creado la muerte. Dios vence a la muerte. Dios es Dios de vivos. Nosotros, al lado de Jesús afirmamos y cuidamos la vida como don en todos los momentos en que esta vida lo es, y cuidamos del desarrollo de esta vida a lo largo de la historia vital de cada uno. Jesús afirma la realidad de un amor libre y estable, de un amor fiel. Afirma que el amor fiel es el amor de Dios y el querido por Dios para todos nosotros. El amor fiel no es yugo pesado, sino que es carga ligera llevada desde el mismo amor de Dios, o desde el amor manifestado en el Corazón de Jesús. Hablar de fidelidad en el amor no es retrógrado sino que es apoyar la mejor cualidad del amor. El amor de Dios es fiel hasta después de la muerte.

Los cristianos no somos agoreros del mal ni podemos poner fardos que no se puedan llevar. Justamente Jesús viene para anunciar liberación y la libertad de los hijos de Dios. Los obispos de la iglesia han querido buscar en el Sínodo último un modo de sintonizar con el mundo de hoy o el mundo de los jóvenes. Algunos esperan rebajas morales en algunos comportamientos humanos. El Papa, en el discurso final o carta que envía a los jóvenes habla precisamente del amor esponsal y del noviazgo. Les habla, no de rebajas, sino que vuelve a reiterar la hermosura del amor fiel que se va fraguando en la tarea de cada día, en una vida de entrega y servicio hacia la persona amada. Afirmar eso no es ser retrógrado o tradicional o conservador; es decir aquello que es verdad y verdad gozosa. Verdad que hace libres y que construye humanidad. Lo contrario entretiene y a la larga destruye.

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