Amor-Obediencia-Alegría

homilia

Las dos lecturas de Juan, hoy no hablan de otra cosa que de AMOR. Jesús nos habla primero de todo del amor del Padre, sabiéndose él amado del Padre. Esta es su experiencia fundante. De aquí manará todo lo demás. De aquí resultará engendrado el mismo Hijo como segunda persona de la Santísima Trinidad. El amor del Padre es la fuente de todas las cosas. Con ese mismo amor Jesús ama a los suyos. Es un amor total y a la vez un amor transferido y constitutivo. Juan dirá que “Dios es Amor”.  Jesús es el reflejo de ese amor del Padre, es el exégeta del Padre, es el que nos dice cómo es el Padre. Y el amor en Jesús es difusivo. No es egoísta sino que es un amor que se entrega; es un amor de servicio y s du vez es un “amor primero”. Jesús nos hace amigos y nos revela todo lo que el Padre le ha revelado a él. Él nos lo ha dado a conocer. Un conocimiento que es un “saber” que tiene “sabor”. Es una experiencia gratificante desde el encuentro personal, desde el encuentro de los corazones. Y también nos hace saber que es él, el que nos ha amado primero, el que nos ha llamado a seguirle. El amor es siempre gratuito y nunca merecido. El amor se hace el encontradizo y trata de suscitar más amor, porque ese es el mayor regalo en sí mismo. Saberte amado, querido, fundamentado en Dios y además como hijo en el corazón del Hijo, es con mucho lo mejor.

OBEDIENCIA. En Juan el amor va unido estrechamente a la obediencia. Hablar de obediencia puede darnos sarpullido en nuestro ego personal. Pero lo cierto es que el Evangelio habla de esto y como algo fundamental. Jesús se muestra como el primer obediente. Ciertamente sabemos que la historia de la salvación empieza con un acto de obediencia; un “Aquí estoy, Padre, para hacer tu Voluntad”. ¿Esta actitud obediencial degrada el valor del Hijo y de los hijos? ¿Ser obediente, es ser siempre un sometido y nunca llegar a la plena libertad? Yo diría por la vía rápida que si la libertad es el valor absoluto y primero habría que responder afirmativamente. Pero si el valor absoluto es el amor –y Dios es Amor- entonces la libertad es un corolario de ese amor. Es el amor el que nos hace libres y no viceversa. El amor del Padre es el que posibilita el amor-libertad del Hijo. Y el Hijo, que se sabe y reconoce amado totalmente por el Padre, responde al amor con amor que es obediencia. Hacer lo que el Padre quiere no es el capricho del  Padre sino que es el mejor camino o indicativo para llegar a la plenitud del ser. El amor con el que Jesús nos ama es un amor que nace totalmente de la libertad para amar del Hijo; y ese mismo amor es el que a nosotros nos lleva a permanecer y a obedecer al Hijo. Tan solo es un intercambio de amor en el encuentro de personas libres.

ALEGRÍA. El tiempo pascual se hace notar en la oración litúrgica de la iglesia, con la aparición de la palabra “aleluya” por doquier. La resurrección de Jesús ha inundado el mundo de alegría. ¿Qué alegría es esta? El Papa Francisco, en su primera carta encíclica “La alegría del Evangelio” la iniciaba diciendo: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Con Jesús siempre nace y renace la alegría”. Es el encuentro con Jesús resucitado el que provoca la inmensa alegría en el corazón del creyente. Una alegría que empezó a rondar en la historia de forma plena desde la encarnación y nacimiento del Hijo en Belén y llega a su culminación con la Pascua de Jesús. La alegría no es un adorno superfluo sino que es exigencia y fundamento de la vida humana y cristiana.  Jesús se muestra en el evangelio de hoy como un hombre plenificado y lleno de alegría en su corazón. Y la alegría le nace de la obediencia que ha tenido al Padre. Ha cumplido sus mandamientos; y por eso, lleno de alegría, nos la entrega a nosotros para que nuestra alegría llegue a plenitud. Es decir, la alegría nace de la obediencia, que a su vez nace del amor. La alegría nos inunda porque el encuentro personal con el amigo nos garantiza todas las bendiciones de Dios. Nos garantiza la misma vida de Dios. Mejor todavía, en el mismo encuentro salta la vida y la alegría, el gozo inmenso de sabernos amados de Dios y convocados por Él a la vida de Dios, a ser familia de Dios y con Dios. Un Dios que no es entelequia o idea abstracta o conclusión lógica, sino que es un Dios familia, un Dios amor que se abre a la creatura y la hace partícipe de su misma vida. Un Dios que se revela Trinidad por lo que puede abrirse, tocarnos el corazón y movernos interiormente hacia él.

Esta alegría es contagiosa. Ilumina todo nuestro ser y nuestro testimonio debe ser proclamar la alegría del Evangelio. Ese Evangelio se anuncia y se vive cumpliendo el mandamiento nuevo: “Esto os mando, que os améis unos a otros”.

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