Amor-Perdón o Perdón-Amor

mujer pecadoa

En las lecturas de hoy sale el tema del “pecado”, del “amor” y de la “fe y las obras”. Reconozco que me da un cierto repelús hablar del “pecado” porque parece un tema “pasado de moda”.

Si en un tiempo parecía que todo era pecado y había que ir por la vida despejando tentaciones y caídas, ahora nos encontramos que no hay conciencia de pecado.

Vivimos el pecado como una trasgresión a una ley. Y tratándose de leyes, siempre cabe el recurso de pensar que podrían cambiarse o mejorarse y que por lo tanto no tienen valor absoluto ni mucho menos. La ley se acata pero no se cumple.

Pero el pecado es antes que nada una ruptura de un diálogo o de un encuentro entre amigos. Pecado es decirle a Dios no me interesas; no creo en ti; no me fío de ti. Vivo independiente de ti y a mi aire. Pecado es decirle NO a Dios.

La transgresión recorre el camino de una moral leguleya, taxativa y castigadora o premiadora. La ruptura del encuentro recorre el camino del amor o des-amor.

Muchas veces, los creyentes, hemos elegido el camino de la transgresión. La Biblia está llena de estas notas y sabemos que el fariseísmo es el ápice al que lleva este camino.

El Evangelio de Jesús, rompe con esa línea y entra de lleno en el camino del amor.

En la primera lectura de hoy (2ª Samuel 12, 7-13) vemos en un retazo la historia del gran David. Una historia de desastres y desencuentros. Un pecador de tomo y lomo. Se aprovecha descaradamente de sus atribuciones recibidas de Dios, pero con el que no cuenta. Hay una frase al final, que destaco y dice: “El Señor ha perdonado ya tu pecado”. ¿Qué es antes, el perdón o el arrepentimiento? Antes es el perdón. Está ya concedido de antemano. El “perdón” está retenido por el NO del pecado, como la diga o presa retiene el agua del pantano. Hace falta quitar la compuerta del NO para que la gracia del perdón nos inunde, purifique, riegue, sane y recree en una nueva creatura. El Amor-misericordia de Dios precede toda otra acción. David, abre la espita con su arrepentimiento, porque descubre ese inmenso caudal que es el amor de Dios que le ha rodeado toda su vida y que le ha sido favorable siempre.

En la segunda lectura (Gal 2, 16-21) se nos habla de la justificación por la fe y no por las obras. Vamos a entender justificación como santificación o invasión de la Vida de Dios en nosotros. Pues bien, Israel parece que creía que la justificación le venía por sus méritos, por sus obras, por el cumplimiento de la Ley. Y Pablo dice que la justificación nos viene por Gracia en Jesucristo que nos AMA aun siendo pecadores. No nos justifica porque nos convirtamos o pidamos perdón, sino que nos justifica antes de todo eso. El Amor del Padre se manifiesta en Jesucristo como Amor primero, como amor que precede, como amor que espera ser correspondido. Será la fe, la que abra la espita de ese amor retenido y así nos inunda y llena de la misma vida de Dios que es la que nos justifica o santifica. Primero el amor, después la fe, que surge movida por ese mismo amor que precede y la suscita y provoca en nosotros, y después viene la justificación. Más tarde, las obras que nacen de esa nueva vida, que dará frutos de vida eterna.

En el evangelio tenemos claramente marcadas las líneas de la transgresión y la línea del Amor. Simón y la pecadora son personajes que están en el círculo de allegados a Jesús o de amigos. Lo conocen por lo que dice y hace, y sin duda les atrae su mensaje.

Simón parece estar convencido de que Jesús no dice nada nuevo. Trata de convencerse que el Nazareno es uno de los suyos. Un fiel fariseo. Pero está con la mosca detrás de la oreja. ¿Será un profeta? ¿Está en favor de las sanas costumbres? La entrada en escena de la pecadora pública le sirve en bandeja la ocasión para descubrir que Jesús no es del todo “trigo limpio”, que no es tan exquisito en el cumplimiento de la Ley. Que no es un profeta. Se deja tocar por aquella pecadora y de qué modo. Cae en impureza y acepta los gestos de amor que aquella mujer hace con él. Decididamente Jesús no es fariseo; no es de “los suyos”.

Jesús no se aparta ni de la mujer ni de Simón. Y le hace ver que en sus gestos se condena él mismo. Resulta que es él el que no es “trigo limpio” porque no ha descubierto el amor como motor de la Ley y se queda en el cumplimiento. Simón ha amado poco porque no ha descubierto el camino del amor; no ha descubierto que Dios es Amor antes que Ley, y que la Ley nace de ese Amor y vivirla será la muestra de ese amor dialogal entre Dios y Simón.

La mujer, en Jesús, ha descubierto el Amor-Misericordia de Dios. Jesús no la ha excluido nunca. Se ha dejado hasta tocar por ella. La mujer se ha sentido amada, respetada, valorada, aceptada tal cual es. La mujer ha percibido el amor de Dios, que busca, llama y cuando se le abre entra e inunda. La mujer ha abierto su propia espita y se ha dejado invadir por el amor. Y porque ha amado mucho, se le ha perdonado mucho. Es automático. El amor borra el pecado. El amor te pone a valer y te predispone a vivir tú mismo desde el amor. “Tu fe te ha salvado”. Otra vez la fe. Mucho más que perdón. Te ha SALVADO. La vida de Dios te penetra, su Espíritu dentro de ti. Eres creatura nueva. Puedes vivir ahora desde el amor. Puedes amar gratis a tu prójimo porque te sabes amada gratis por Dios.

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