¡Anda y haz tú lo mismo!

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DOMINGO 15º – C

El Evangelio de hoy (Lucas 10, 25-37) nos narra una de las más hermosas parábolas de Jesús, que nos sabemos de memoria pero que quizás esté todavía “inédita” en el corazón. Es una parábola “rompedora” y muchos seguimos sin romper nuestros esquemas, manteniéndonos en la perspectiva legalista del “maestro de la Ley” que pone a prueba a Jesús.

Yendo por partes, el Deuteronomio 30, 10-14 nos recuerda el “shemá” o el “escucha Israel” insistiendo que en el cumplimiento de la Ley hay que poner alma, corazón y vida. Y es así como la Ley (la Torà) es vida y se hace vida para el que la cumple. Deuteronomio marca el primer mandamiento.

Colosenses 1, 15-20 es un himno a la excelencia de Jesucristo “el primero en todo”. En Jesucristo se cumple la Ley y los Profetas; Él vive la Ley a tope y Él se hace Ley nueva. Él es la cabeza, es el principio y el primogénito entre los muertos. Él es la Vida y la Salvación.

Pero este Jesucristo así exaltado, lo es por haber sido antes el “Buen Samaritano” por antonomasia. Y vamos a ver que nos dice el buen samaritano.

Jesús es maestro de la mayéutica, es decir: quiere que el interlocutor busque por sí mismo la respuesta a lo que pregunta. Nosotros diríamos que es “gallego”, pero lo cierto es que consigue hacer pensar y hacer gestar y parir la verdad en la interioridad del interlocutor.

Y este es el caso. El maestro y el Maestro se ponen de acuerdo en cuál es el mandamiento principal de la Ley. “Amor a Dios con todo el corazón y amor al prójimo como a uno mismo”. Digamos que en la teoría están de acuerdo. Pero hay que verificar la teoría, y es aquí donde el Maestro (Jesús) siguiendo el mismo método deductivo va a tratar de romper esquemas funcionales del maestro y de los que siguen la ley mosaica (y otras leyes).

La pregunta del “maestro en leyes”: ¿Quién es mi prójimo?, presupone que hay prójimos y no prójimos. Unos sí (familia, raza, pueblo, nación, religión) y otros no, por ejemplo los samaritanos, los enemigos, los de otra casta o religión o nación…)

Jesús responde con una parábola que descuadra nuestro esquema mental.

-Rompe el esquema legal de lo puro y de lo impuro. El sacerdote y el levita, muy probablemente por imperativo legal, no se acercan al “medio muerto en la vera del camino”. Pasan de largo. Piensan que antes es la ley que la vida del hermano. La ley que es “vida” se vuelve “muerte” para el caminante asaltado por bandidos. No puede ser. Algo no funciona. Dios y el hombre no pueden ser opuestos.

-Rompe el esquema del “prójimo”. Cambia la pregunta. ¿De quién te haces tú prójimo?. Eres tú, soy yo el que se tiene que hacer próximo, arrimarse al otro.

-Y ese “otro” no tiene fronteras ni de sangre, ni de religión, ni de raza. Cualquier persona que esté al borde del camino y necesita auxilio.

– Y puede hacerse “prójimo” un excomulgado, un enemigo. El samaritano era todo eso. Se rompen todas las fronteras tanto del que se hace prójimo como del necesitado de que alguien se le aproxime.

-Y finalmente, las respuestas del maestro y del Maestro, en que parecen de nuevo ponerse de acuerdo. Se hizo prójimo “el que practicó la misericordia con él”. Ahí está la medida del amor al prójimo y la verificación del amor a Dios. Practicar la misericordia con el necesitado.  En otra ocasión Jesús dijo: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es Misericordioso”. Ahí está encerrada la Ley y los Profetas. Sed misericordiosos como lo es Dios con nosotros y con todos; y la mejor forma de imitar a Dios es ser misericordiosos.

ANDA Y HAZ TÚ LO MISMO. Es la respuesta final de Jesús. No es cuestión de retórica o de ideologías. Es cuestión de práctica. Lo importante es la buena práctica (orto-praxis) sabiendo que hay que empezar no por los más afines, sino por los más necesitados.

¿Quiénes son hoy los asaltados y caídos a la vera de nuestros caminos?

Parados, hambrientos, inmigrantes, refugiados, ancianos solos o enfermos. Es bueno repasar las obras de misericordia, las corporales y las espirituales y ahí encontraremos aquellos a los que deberíamos hacer nuestros prójimos, a los que nos deberíamos arrimar. No esperar que vengan y seleccionar y/o responder con paños calientes sino dejarnos importunar y tratar de encontrar salidas a las situaciones que se nos presenten. Podemos apoyarnos en instituciones pero no descargar sobre ellas toda la responsabilidad. Cada uno de nosotros podemos aplicar primeros auxilios y acompañar al lugar debido para encauzar su recuperación e integración.

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