Aprovechar el ejemplo de Edimburgo, Fernando Rodríguez Garrapucho scj

(Fernando Rodríguez Garrapucho- Centro de Estudios Orientales y Ecuménicos Juan XXIII, Universidad Pontificia de Salamanca) La gran expansión de las Iglesias protestantes, y también de la Iglesia católica comenzada en el siglo XVIII e intensificada en el siglo XIX, proyectó sobre el campo misionero toda la gravedad de las divisiones cristianas. Ello provocó entre las Iglesias de la Reforma la idea de convocar conferencias misioneras internacionales que ayudasen a resolver problemas comunes. En este ámbito, y facilitado por los nuevos medios de comunicación, nació la Conferencia misionera de Edimburgo (15-23 de junio de 1910), en la cual se dieron cita protestantes y anglicanos.

En Edimburgo se puso de manifiesto una cuestión clave: el escándalo continuo que provocan las divisiones de la Iglesia en las tierras de nueva misión se vio como el mayor obstáculo para la evangelización. Partiendo de ello, en la Conferencia se puso en marcha una nueva era que pasaba de la confrontación a la cooperación entre cristianos y se tomó conciencia de que esto necesitaba de una acción y organización a escala mundial. Nacía el ecumenismo moderno.

 

Alguna de las frases de un no europeo que asistió a la Conferencia quedó para la historia. Mozoomdar decía: “Nos habéis enviado misioneros que nos han hecho conocer a Jesucristo, y os damos las gracias. Pero nos habéis traído vuestras divisiones y vuestras diferencias. Unos predican el metodismo, otros el luteranismo, el congregacionalismo o el episcopalismo. Os pedimos que prediquéis a Jesucristo y que dejéis al mismo Jesucristo suscitar del seno de los pueblos, por la acción de su Santo Espíritu, la Iglesia conforme al genio de nuestra raza, que será la Iglesia de Cristo en Japón, la Iglesia de Cristo en China, la Iglesia de Cristo en la India, libre de todos los ismos con que vosotros cargáis la predicación del Evangelio entre nosotros”.

Un primer aspecto interesante de esta Conferencia fue el clima de oración en que se desarrolló. Fue una plegaria constante que impresionó a todos los participantes. Ello nos llama a una primera tarea en este centenario: intensificar nuestra oración por la unidad de los cristianos como el mejor medio para que el Espíritu actúe en nuestras personas y nuestras Iglesias por las sendas de la unidad que él quiera llevarnos. Caminos llenos de sorpresas, que nosotros no programamos, caminos de conversión que nos llaman a una docilidad que sólo se aprende en la oración mediante el ecumenismo espiritual.

En segundo lugar, en el mensaje que la Conferencia entregó al término de sus trabajos se lee: “Tenemos urgente necesidad de un sentido más profundo de nuestra responsabilidad ante Dios todopoderoso por la gran tarea que nos ha confiado en la evangelización del mundo”. Hace cien años, los cristianos participantes en esta Conferencia tenían lúcida conciencia de lo que significó la oración suprema de Jesús antes de su muerte: “Como tú vives en mí, vivo yo en ellos para que alcancen la unión perfecta y así el mundo reconozca que tú me has enviado y que los amas a ellos como me amas a mí” (Jn 17, 23). En la unidad de los cristianos se juega la fidelidad al proyecto de Jesús sobre sus discípulos y la fecundidad de la misión de la Iglesia. El Evangelio de Jesús no puede ser hoy proclamado de modo creíble por Iglesias divididas. No caben ya excusas o “políticas” de mayorías sociológicas para desatender o menospreciar la práctica del ecumenismo como algo secundario en la evangelización.

Ignorancia culpable

En España, se han dado pasos importantes después del Concilio Vaticano II. Pero no podemos seguir en la ignorancia culpable en la teoría y en la práctica. Las Iglesias de Europa respiran otros aires, y su compromiso ecuménico está dando muchos frutos llenos de creatividad y sentido de responsabilidad ante uno de los “signos de los tiempos” más claramente señalados por el último Concilio. Es la respuesta que está dando el cristianismo europeo a una acción ecuménica tan valiente y claramente alentada por Juan Pablo II a lo largo de su fecundo ministerio como Obispo de Roma.

El recuerdo centenario de Edimburgo nos convoca a un nuevo impulso misionero y ecuménico de carácter estimulante, creador y, en cierto modo, profético para las mismas Iglesias. Para ello, nuestro cristianismo español, y en gran medida también protestante y ortodoxo, es convocado a hacer caer muchos miedos y complejos; tienen que purificarse de una vez por todas recuerdos dolorosos del pasado; tienen que cuidarse más las manifestaciones públicas en los medios de comunicación; debe instaurarse una actitud de más confianza mutua y volver a un diálogo fluido y permanente en todos los niveles. Una oportunidad que no deberíamos desaprovechar.

En el nº 2.691 de Vida Nueva.

 

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