Ascensión del Señor

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Del “jueves” de la Ascensión hemos pasado al “Domingo de la Ascensión”. Todo un cambio que no es acomodaticio sino que tiene un profundo sentido teológico. La Ascensión sigue siendo la Pascua del Señor. La Pascua que celebramos en todos y cada uno de los días de “la pentecostés”, pero lógicamente con más intensidad en los días domingo de este tiempo que singularizan cada uno de ellos el memorial pascual.

Es cierto que la lectura de los Hechos de los Apóstoles 1, 1-11 nos narra en secuencia histórica lo acontecido el día 40 de “la pentecostés”. San Lucas tiene una intencionalidad eclesiológica y narra así el misterio pascual desplegado a lo largo de 50 días donde el Señor “inicia” a los suyos en una andadura de iglesia donde ellos van a ser los gestores principales del acontecimiento evangelizador, puesto que el Señor se ha “ausentado” subiendo al cielo desde donde nos envía el Espíritu Santo.

Pero esta intención no debe opacar la realidad intrínseca de la misma “Ascensión del Señor”. Es la culminación de la Pascua del Señor. Cristo “pasa” de este mundo al Padre. Entra de lleno en el mundo de la esfera de Dios siendo “hombre verdadero”. Igual que la “encarnación” afecta a toda la humanidad, la ascensión afecta a la divinidad y por extensión también a toda la humanidad. San Agustín tiene una reflexión al respecto muy luminosa: “En su encarnación, Cristo descendió él solo, pero ya no subió al cielo él solo. No es que pretendamos confundir la dignidad de la cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de la cabeza”.

La obra creadora sin duda afecta a Dios que ya determina su libertad al quedarse comprometido con esa obra a la que ama, de forma particular al hombre, creatura capaz de amar y de responder al amor. La Encarnación todavía le afecta mucho más. Es la persona del Hijo la que se implica hasta el tuétano en la obra creadora. En la Ascensión (resurrección) la obra creada llega a la plenitud en el Nuevo Adán que es sentado a la derecha del Padre. El Nuevo Adán se incrusta de lleno en la casa del Padre. Para siempre Dios afectado de humanidad. Y está claro que en el Hijo estamos injertados todos. Ese era el Plan de Dios al crear y ese Plan se empieza a cumplir con Jesucristo que, repito, arrastra con él a toda la humanidad.

La Ascensión es la gran fiesta de Jesús, pero es también la gran fiesta de toda la humanidad. Todos estamos finalizados en Cristo. Esto hace que esta historia nuestra no quede achatada nunca ni se amortice en ningún momento. Nuestra historia y nuestro tiempo caminan inexorablemente hacia una plenitud que está fuera de nuestras posibilidades pero que Dios las garantiza porque Él de siempre lo ha querido así. La andadura de su Hijo, su resurrección y ascensión son la garantía de esta sobreabundancia de Vida que añade vida a nuestra vida. Tantas veces podemos pensar que la vida es chata y que se cierra en un apagón. Pues NO. Todos y cada uno de los días de nuestra vida tienen sentido y son de agradecer. Cristo ha vencido a la muerte y nos ha sentado con él En la casa del Padre para una Vida eterna. Una vida según los parámetros de la vida de Dios mismo que se fragua en el Amor oblativo.

Según el evangelio de Lucas, Jesús, momentos antes de subir al cielo, a los suyos les hace una promesa y les da una misión. Les envía a ser TESTIGOS y anunciar que el “Mesías” ha venido para anunciar la conversión y el perdón de los pecados. En esas palabras resume Jesús toda su misión. No es momento para descifrar todo el contenido de esas palabras pero es bueno no pasarlas por alto. La conversión del corazón es fundamental. Tener un corazón de hijos de Dios y de hermanos en Jesús, es fundamental en cada uno de los discípulos de Jesús. Esta actitud borra el pecado porque es entrar en la esfera de la obediencia a Dios por amor a Él. Aquí está la vida.

La promesa que les hace es el DON del Espíritu Santo. ES el gran legado de Jesús que hará realidad todas las cosas de las que él ha hablado y vivido. El próximo domingo celebraremos esta fiesta.

Esta realidad futura ya ha empezado. Decimos que el misterio pascual aconteció plenamente en Cristo y con Él ya ha empezado la nueva creación y la nueva humanidad.

Por eso, este tiempo nuestro está regado por el Don del Espíritu y florece la nueva creación.

Los discípulos volvieron a Jerusalén llenos de alegría y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios.

Una nota del discípulo de Jesús es la alegría. Algo contrario a la tristeza y a la desesperanza. Vivir esperanzado porque vivimos fiándonos de Dios y poniendo en sus manos nuestra vida, nuestro espíritu. Y eso en toda circunstancia de nuestra vida. No creo sea necesario decir hoy que esto no es “opio del alma” sino que es asumir en peso toda nuestra historia y la de nuestros hermanos y tratar de buscar caminos de esperanza para todos rompiendo todas las ataduras del pecado y de la muerte.

Los discípulos también oraban en el templo. Cierto que estaban en el entretiempo de la espera del Don del Espíritu. Pero creo que no es extrapolar el texto si afirmo que es bien importante la oración de la comunidad iglesia y en la comunidad iglesia. Reconocer las maravillas de Dios en nuestra historia y hacer memoria de la PASCUA del Señor es importante para caminar y mantener la fe, la esperanza y la caridad.

La eucaristía siempre termina en “misión”; y la oración de la iglesia debe terminar en “misión” en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Y la misión es hacer “Reino de Dios”, o construir cielo en nuestra tierra; quizás mejor afirmar que queremos adelantar el cielo a la tierra, sabiendo que siempre el cielo es Don de Dios pero que es el mismo Dios el que nos envía a esta tarea.

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