Autoridad para servir

Homilia

En el Evangelio de San Marcos, Jesús, en tres ocasiones, anuncia su pasión y muerte de cruz. Indefectiblemente, después de estos anuncios los apóstoles se acercan a Jesús para pedirle primeros puestos en su Reino. En el Evangelio de hoy (Mc 10, 35-45) es la tercera vez que Jesús anuncia su pasión. Y son los apóstoles Santiago y Juan los que se apresuran a pedir los primeros puestos. Jesús les responde, puede que sorprendido y algo indignado, con un “no sabéis lo que pedís”. Claro que sabían lo que pedían. Pedían puestos de mando en el nuevo reino mesiánico que supuestamente Jesús iba a instaurar y no podía ser de otra manera que al estilo de Moisés o de David. Un reino asentado en el dominio y en el poder al estilo humano como lo ejercían todos los reinos de mundo que por tales se tenían. Un poder al estilo del imperio romano o del imperio egipcio, o de cualquier otro imperio o monarquía al uso en aquellos tiempos.

Jesús les ofrece “el cáliz que ha de beber” haciendo alusión a su pasión y muerte. Jesús no quiere ni puede ofrecerles primeros puestos en el reino quimérico que ellos se habían montado y en el Reino que él anuncia es el Padre el que maneja los puestos o cargos. Y el primer enviado por el Padre es el mismo Jesús que recibe toda la autoridad del Padre, pero una autoridad que es reflejo de la del Padre que no se parece ni en broma a las autoridades que funcionaban por las sociedades de entre los hombres.

Las autoridades entre los hombres (reyes, emperadores, sacerdotes) se habían sacralizado, divinizado, endiosado. Su autoridad era inapelable y la ejercían como suponían que era la forma de actuar de Dios: un tanto caprichosa, despótica y plenipotenciaria. De ahí, para abajo, los adláteres de la autoridad funcionaban en sus diversas escalas del mismo modo. Jesús dice de estas autoridades que a sus súbditos los tiranizan y los oprimen.

“Vosotros, nada de eso”. Les dice Jesús. Es un mandato, que viene después de una invitación, de un “¿estáis dispuestos?”. Si fuera solo un mandato, aunque tuviera una buena finalidad, no dejaría de ser algo impuesto que por sí mismo desvirtúa el fin bueno que se quiere crear. El mandato de Jesús nace en primer lugar de su permanente estilo de vida. Él ha venido a servir. No puede ejercer su misión de otra manera. Es el enviado del Padre y desde siempre el trabajo de toda la Trinidad con referencia al mundo creado ha sido el de la entrega, el servicio y el anonadamiento. Ha sido entregar la vida para que tengamos vida. Ha sido decrecer para que nosotros podamos ser y crecer. Jesús viene a servir y a dar la vida por nosotros. Jesús se despoja de toda la potestad de su rango (Potestad que ya he definido como de servicio desde el amor primero) y se hace esclavo o siervo como uno de tantos. Se hace uno de nosotros igualándonos por debajo para que todos lleguemos a ser iguales, hermanos e hijos del mismo Padre.

Su mandato se hace invitación: El que quiera ser el primero entre vosotros que sea esclavo de todos.

El mandato-deseo de Jesús es que nos amemos unos a otros como él nos ha amado. El mandato-deseo de Jesús es que nos lavemos los pies unos a otros como él lo hizo en la última cena, sacramento de toda su vida que culmina con la muerte en cruz.

La primera lectura (Isaías 53,10-11) sirve para enmarcar lo que Jesús piensa sobre su misión. Jesús bebe de Isaías para aclarar su opción de vida. El Siervo de Yahvé será la falsilla por la que reescribe su vocación y vida.

La segunda lectura (Hebreos 4, 14-16) nos presenta a Jesús como Sumo Sacerdote que ha sido probado en todo y que ha soportado todas nuestras debilidades. Por eso adquiere o tiene un corazón capaz de compadecerse. Jesús se ha puesto a nuestro lado como el gran hermano solidario y compañero de viaje y de equipaje.

Hemos dicho al principio que Jesús tuvo que explicar estas cosas a los suyos en tres ocasiones. El número “tres” indica que fueron muchas las veces que Jesús tuvo que incidir en este tema y es que era por una parte tan claro y por otra tan duro de aceptar que sus discípulos tardaron mucho en comprenderlo. Solo desde el triunfo de la resurrección pudieron terminar por entender que la entrega de la vida en la cruz no era una causa perdida. Pudieron entender que en la entrega de la vida desde la gratuidad, desde el amor, desde el servicio, podía ser fuente de vida y de salvación. De hecho era el único camino para poder instaurar el Reino de Dios.

Nos tenemos que preguntar si realmente y en cuantas ocasiones, los discípulos de Jesús que a lo largo de los siglos han vivido y vivimos como Iglesia, hemos aprendido la lección.

Siendo sinceros tendremos que decir que no hemos aprendido la lección.  Tantas veces hemos asistido al carrerismo en los cargos de la iglesia; tantas veces se ha vivido más la autoridad como “imperio” que como servicio a la comunidad y al bien común. Tantas veces se ha querido imponer la verdad de la cruz con la espada. Tantas veces se ha olvidado que la persona era el primer valor a salvar y no determinados dogmas o credos. Con todo y eso tenemos que admitir también que ha existido una pléyade de buena gente que ha sabido encarnar el seguimiento de Jesús como servicio. Y eso incluso desde altos cargos de responsabilidad. El domingo pasado fueron canonizados 7 nuevos santos.

Recordamos a Pablo VI, que desde la más alta “dignidad” eclesial supo ponerla al servicio de toda la iglesia pero principalmente de los desposeídos. Su magisterio fue una respuesta valiente a tantos problemas sociales y políticos del momento. Fue el que consiguió llevar a buen puerto el Vaticano II y la renovación de la iglesia poniéndola en “salida” y al servicio de todos los hombres. Sobre todo fue una persona creyente, humilde y responsable en su ministerio. Potenció la sinodalidad en la iglesia e hizo del papado un servicio eclesial despojándolo de muchas avenencias históricas. Otro santo que se puso “a la orden” del pueblo perseguido y martirizado fue el arzobispo Oscar Romero. Supo salir de la sacristía y hacerse “voz de los que no tenían voz”.  Junto a ellos también se canonizó a un joven de 19 años, Nuncio Sulprizio,  huérfano y enfermo de tuberculosis ósea que supo vivir su vida pegándola a la cruz de Cristo.

La lista de gente que ha sabido vivir el Evangelio desde el servicio y la entrega de su vida en favor de sus hermanos en Cristo, es innumerable. Demos gracias a Dios porque se ha hecho fuerte en los débiles y los ha ensalzado hasta la Vida Eterna.

A nosotros se nos invita hoy a seguir el camino del servicio desde cualquier tipo de autoridad que tengamos. Ejercer la maternidad-paternidad como un servicio de entrega amorosa es un buen ejercicio de autoridad. Y lo mismo en la responsabilidad entre marido y mujer.

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