Bautismo de Jesús – Este es mi Hijo amado

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El ciclo de la navidad se cierra con este domingo en el que recordamos el bautismo de Jesús. El Niño de Belén, se nos presenta hoy como adulto que empieza una nueva etapa en su vida; una etapa orientada desde el acontecimiento de su bautismo en el río Jordán por Juan el Bautista. Es un domingo “epifánico” y por lo tanto manifestativo del “quién es ese Niño de Belén convertido en Jesús de Nazaret”.

La primera lectura (Isaías 40, 1-12) parece retrotraernos al tiempo de Adviento, el tiempo de la espera. Es una lectura preciosa en la que el Profeta parece tocar ya los tiempos mesiánicos. “Consolad, consolad a mi Pueblo”. Un imperativo que ya te hace entrar en el consuelo, porque lo que anuncia es realmente maravilloso. Dios nos habla al corazón. Su gloria se manifestará. Dios está aquí. Y llega con poder. Restablece la justicia y el derecho. Su paga va por adelantado. Su paga es gratuita y no conquista nuestra. Es el Buen Pastor que apacienta y cuida a su rebaño con mimo y amor desinteresado. Nos toma en sus brazos y nos hace descansar. La imagen es idílica. Hay que ver si es frustrante por demasiado utópica o es real en la vida de cada uno de nosotros. Veremos.

Las comunidades cristianas de siempre han visto cumplidas estas palabras en Jesucristo, y de Él habla hoy el evangelio en un momento clave y decisivo en su vida. Podríamos decir que es el momento vocacional de Jesús, o el momento en que se clarifica su opción de vida. De hoy en adelante, Jesús decide u opta por anunciar el Reino de Dios de forma total y definitiva consagrando a ello toda su vida.

San Lucas 3, 15-16 nos cuenta el acontecimiento del bautismo de Jesús en dos secuencias sucesivas. Primero nos habla de Juan Bautista y su testimonio y después de Jesús y su bautismo.

De Juan hemos hablado ya en el Adviento. Aquí recordamos que es sincero y honesto. Que no quiere aprovecharse del tirón de su fama y reconoce abiertamente que no es el Mesías. Éste, viene detrás de él y bautizará con Espíritu Santo y fuego.

El protagonista de hoy es Jesús que entrando en la fila de bautizados por Juan en el río Jordán, sale del río y entrando en oración ocurre una transfiguración en la interioridad de Jesús. Digamos que es una experiencia fundante decisiva para el transcurrir de su futura vida.

“Se abre el cielo”. Se abre la muralla de la bóveda celeste. Ya no hay fronteras entre cielo y tierra. Y lo que hay en el cielo cae sobre la tierra. Lo que cae es la lluvia de gracia y bendición que se encarnan en el Hijo de María. El cielo llueve al Justo y al Salvador. Ya nada impide que el hombre, toda la creación puedan ser envueltos en “cielo”, en vida divina, en humanidad rescatada y asumida por Dios en el Hijo, Jesucristo.

“Baja el Espíritu Santo en forma de paloma”. La paloma, para Israel, es el símbolo de la paz y de la alianza. Aparece la paloma después del diluvio. La paloma es la que domina el viento y viaja donde quiere. Este sobrevolar de la paloma también es símbolo de la acción del Espíritu Santo. Sobrevuela sobre las aguas primordiales y reconduce el caos al cosmos; pone orden y crea el mundo de forma ordenada y con un fin propio. El Espíritu desciende en el Sinaí, también sobre los jueces, mueve a Zacarías, a Débora, Sansón, Ezequiel, Jeremías, Eliseo, Elías, Ezequías, Isaías, David. También sobre Moisés y sobre Abraham. Tan solo sobre David, se nos dice que bajó el Espíritu y se quedó en él. No se retiró. Esto mismo acontece sobre Jesús. Desciende el Espíritu sobre Él y ya no se retirará nunca. Jesús es el “nuevo David”. El Espíritu será quien guíe los pasos de Jesús a lo largo de su vida. Jesús será el Ungido del y por el Espíritu. Jesús es el Mesías de Dios.

“Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.

Con las palabras constitutivas sobre Jesús. Palabra de Dios sobre Jesús, que lo convoca para la misión. Está claro que Jesús es constitutivamente el Verbo Encarnado. Pero hay etapas en el crecimiento de Jesús, que lo hace en estatura, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres. Hoy llega al culmen en eso que podríamos llamar “crecimiento de la gracia”. Ese “Tú eres mi Hijo”, resuena en su alma con novedad fecunda y asombrosa. Jesús se sabe o reconoce como el Hijo de Dios por antonomasia. Jesús es el “amado de Dios, el predilecto”. Jesús es el “Amado”. Esa realidad es la que le constituye como segunda persona de la Trinidad. Es el que recibe todo del Padre. Todo él lo es desde el Padre que le dona todo lo que tiene y posee. Es el reflejo del Padre. Es el revelador del Padre, porque el que le ve a él, ve al Padre.

Esta es la manifestación profunda de quién es Jesús para nosotros.

Las consecuencias de esta realidad para nosotros las describe hermosamente la carta del apóstol Pablo a Tito 2, 11-14; 3,4-7).

Afirma la gratuidad de la Salvación. La salvación es un Don. La salvación es una persona: Jesucristo. Este don no es mérito nuestro, sino que es Gracia divina. En el bautismo de cada uno de nosotros hemos sido renovados por el Espíritu Santo derramado copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo. El bautismo de Jesús nos llega a todos nosotros que somos proclamados y en verdad lo somos: Hijos amados del Padre y hermanos o coherederos con Jesucristo.

Después de afirmar el Don, no deja de afirmar lo que es tarea nuestra. Si somos “hijos”, lo lógico es que vivamos como tales. Y por eso habla de que nos dediquemos a las buenas obras, con una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.

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