Buen Pastor. Buen discípulo. Vocación

buen pastor

A partir de este domingo, la liturgia deja de presentar las apariciones del Resucitado para introducirnos en el corazón del Resucitado. ¿Quién es Jesús resucitado?

El Apocalipsis nos dice: “El que se sienta en el trono acampará entre ellos. Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno. Porque el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos”. Ciertamente habla de la vida “futura”, la vida del cielo. En esa vida, el Cordero degollado, pero vivo, será el Pastor que las conduzca a fuentes de aguas vivas. El evangelio de Juan tiene la virtud de poner en presente ese futuro y decirnos que Jesús es el Buen Pastor. Nuestro “Buen Pastor” que para serlo ha necesitado antes pasar por ser “Cordero” o “Siervo” degollado o entregado. . El Buen Pastor conoce el camino que lleva a la vida de forma experiencial y no puede enseñarnos algo distinto a ese camino.

Nos vamos a fijar en las palabras centrales del Evangelio de hoy: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

Para ser de las ovejas de Jesús es necesario “escuchar y seguirlo”. El pastor debe “conocer y darlas la vida eterna, protegerlas y también hacer oír su voz: llamar”.

Hacer oír su voz. Todos sabemos la importancia de la voz a la hora de identificar a una persona y a la hora de conocer a una persona. Una voz extraña no nos dice nada, en principio. Una voz amiga nos dice todo. Esa voz viene impregnada de muchos quilates de vida entregada. A veces es susurro, declaración de amor, saludo, ánimo, compañía, fuerza. Puede ser voz de mando o voz que invita o induce. La voz identifica a la persona y es el vehículo normal por el que la persona se vacía en el otro o se abre al otro. Jesús es ese amigo que no cesa en sus propuestas y cuitas. Tantas veces su voz se convierte en invitación y en llamada: VEN Y SÍGUEME.

Pero además, o también, o primeramente, Jesús ha escuchado. Ciertamente ha escuchado y obedecido al Padre; pero también ha escuchado a cada uno de nosotros. Nos conoce. Conoce a Pedro, a Santiago, a Juan, porque se ha acercado, ha hablado y comido con ellos. Ha tenido relación vital de amistad con ellos y ha habido trasvase  de experiencias y de conocimientos. Jesús sabe mirar al corazón y llega a descubrir las entretelas de las opciones fundamentales. Jesús, en principio, no hace selección y llama incluso al que iba a ser el traidor.

El Buen Pastor da la vida por sus ovejas. Jesús entrega su vida por sus ovejas para sacarlas del entramado asfixiante de la Ley judía y les ofrece y da la Vida para siempre, la Vida de Dios. Y en ello pone toda su fuerza. Nadie puede arrebatarlas de su mano, porque su mano y la de Dios Padre están unidas o son una misma mano. Mano fuerte, mano creadora, mano protectora, mano que agarra y no suelta.

Las cualidades del discípulo son “escuchar” y “seguirle”.

Escuchar que es mucho más que oír. Pero no significa escuchar al primer cantamañanas. Es escuchar a aquel que nos ha amado antes y primero. Por delante van sus Obras. Las Obras que ha hecho de la mano del Padre. Y la “Obra” mayor ha sido entregar su vida en favor nuestro. Y nadie ama más que aquel que da la vida por sus amigos. La propuesta que Jesús nos hace es clara y nos invita a acogerla porque no hay otra que encierre salvación y vida eterna. Es la única posibilidad de que nuestra historia salga airosa en este mundo donde hay muchas propuestas de caminos de liberación.

Seguir a Jesús es nuestra opción fundamental que hemos de hacer desde nuestra libertad más absoluta. Yo quiero seguirte, porque Tú, para mí eres el Camino y la Verdad que llevan a la Vida.

En este día del “Buen Pastor”, la Iglesia quiere que recemos por las vocaciones sacerdotales.

La lectura de los Hechos nos habla de la misión que Pablo siente sobre él de parte de Dios:

“Yo te haré luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra”. Es una vocación hecha en un momento concreto a una persona concreta. Y vemos con qué fuerza y decisión asumió Pablo esa misión.

Todos somos consciente de la sequía vocacional que encontramos en Europa y otras partes del mundo, y quizás por eso nos urgen a rezar ahora por las vocaciones. ¿Será cuestión de rezar? A mí, me da que muchas veces con lo de rezar le pasamos “la pelota” a Dios y nos quedamos nosotros tan frescos.

Quizás la oración por las vocaciones deba convertirse en diálogo sincero con el Señor y dejarnos interrogar por Él. Hemos de asumir nuestras responsabilidades  en el hecho del “desierto vocacional” de hoy. Un reflejo de la situación lo veo en el hecho del “calentamiento global”. Todos alarmados pero seguimos abusando del planeta como si tal cosa. Pues en la Iglesia hablamos de falta de vocaciones y seguimos sin hacer “seguimiento a Jesús”. Nuestro cristianismo es muchas veces cristianía.

No entramos en el meollo de la cuestión y seguimos para adelante como si tal cosa. Un buen amigo mío, sacerdote, decía hace mucho tiempo que “donde no hay mata no hay patata”.  Pues la cuestión está en “la mata”. La cuestión está en la comunidad iglesia. Solo habrá vocaciones, de distinto pelo, si realmente asumimos nuestra vida cristiana desde una fuerte vida comunitaria. Una vida comunitaria que reivindique los valores del Reino de Dios y que viva esos valores.

Seguir a Jesús es estar dispuesto a dar la vida por los hermanos. Ser sacerdote es, desde una determinada dimensión, dar o entregar su vida en favor de sus hermanos de comunidad-iglesia. Una determinación determinada que solo se puede fundamentar en la llamada-experiencia del encuentro con el Resucitado que te lleva a vivir la vida, ligero de equipaje y dispuesto a no echar muchas raíces en ningún sitio porque lo prioritario es servir donde la comunidad te envíe para ejercer tu ministerio de servicio.

No ha habido tiempos mejores o peores. No fueron buenos tiempos o mejores los que le tocó vivir a Pablo, o a Agustín, o a Tomás, o a Pablo VI. El HOY de Dios es el que es y nos toca a nosotros asumirlo con responsabilidad, decisión y esperanza. La mano de Dios sigue siendo fuerte hoy como ayer y nadie le arrebatará de su mano a sus hijos. Pongamos nuestra mano acompasando la de Dios con nosotros.

Pidamos al Dueño de la mies, que envíe obreros a su mies; pero no cerremos nuestro corazón a ser “llamados” para esa misión.

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