Cazar pokémons

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¿Habrase visto tarea más fatua? Ahí tenemos toda una multitud de personas cazando viento. Todo es vanidad y caza de viento. Es el lamento con el que empieza el Libro del Eclesiastés (Qohelet) que hoy se proclama en la primera lectura. Lástima que solo se lean unos pocos versículos y nos deja desorientados. Hay que leer los dos primeros capítulos para enterarse de lo que Qohelet quiere decir, y terminará sorprendiéndonos de verdad. El sabio Qohelet se dedicó a cazar algo más que pokémons. Quiso vivir a tope su vida, aprovechar la vida hasta la última gota de lo aprovechable. Él mismo dice:

Yo me dije a mí mismo: “Ven, te haré experimentar el placer; goza del bienestar”. Pero también esto es vanidad. De la risa, dije: “No es más que locura”, y de la alegría: “¿Para qué sirve?”. Decidí estimular mi carne con el vino, manteniendo la mente lúcida, y dejarme llevar de la insensatez, hasta ver qué les conviene hacer a los hombres bajo el cielo, en los contados días de su vida. Emprendí grandes obras: me construí mansiones y planté viñedos; me hice jardines y parques, y planté allí toda clase de árboles frutales; me fabriqué cisternas, para regar el bosque donde crecían los árboles; compré esclavos y esclavas, y algunos me nacieron en casa; poseí también ganado en abundancia, más que todos mis predecesores en Jerusalén. Amontoné además plata y oro, y tesoros dignos de reyes y  me conseguí cantores y cantoras, y muchas mujeres hermosas, que son la delicia de los hombres. Llegué a ser tan grande. No negué a mis ojos nada de lo que pedían, ni privé a mi corazón de ningún placer; mi corazón se alegraba de todo mi trabajo, y este era el premio de todo mi esfuerzo. Pero luego dirigí mi atención a todas las obras que habían hecho mis manos y a todo el esfuerzo que me había empeñado en realizar, y vi que todo es vanidad y correr tras el viento: ¡no se obtiene ningún provecho bajo el sol!

Este hombre intentó vivir a tope, le resultó bastante bien y, sin embargo, concluye que la risa es locura y la alegría necedad. Al final, viento, nada, bajar a la fosa. La realidad es menos que virtual y se hace oscura y desesperada. Desde esta clave no llegamos a ningún sitio. Desde esta clave se construye un mundo violento y desesperado. ¿No es este el mundo que tenemos y experimentamos cada día? ¿No será porque nos afanamos por estas cosas y cada uno va a lo suyo?

Y llega otro Maestro y Sabio en Israel que es Jesús de Nazaret y nos toca la tecla de la codicia (Lucas 12, 13-21). Le llaman para poner orden en un altercado de herencias. Y les manda a freír espárragos. ¿Cómo es posible que entre hermanos discutan sobre herencias? Si “todo es nuestro” ¿cómo nos empeñamos en hacer distingos y “míos”? Jesús, como siempre, invita a mirar más arriba con el fin de igualar por debajo. Querer fundamentar la vida en los bienes de aquí abajo es fundamentar sobre viento y vanidad. Nada de lo de aquí abajo es más valioso que la misma persona y por lo tanto la persona no puede afirmarse desde esa realidad que es menor. Vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido. No hay que afanarse por esas cosas como si en ello nos fuera la vida. Es de necios poner nuestra confianza en los graneros llenos o en las cuentas bancarias con un uno seguido de muchos ceros.

La vida solo puede estar bien fundada si se hace o se pone el fundamento en Dios, que es el Señor de la Vida, el dador de la vida y que en cualquier momento puede llamarnos o exigirnos la vida. Dios nos puede reclamar el alma.

Está claro que nuestra vida es caduca. Está también claro (aunque no queremos pensar en ello) que esa caducidad puede llegar en cualquier momento. Nadie garantiza nuestro mañana. Solo Dios puede garantizarlo y por eso, Él espera que pongamos el fundamento de nuestra vida y de nuestra alma en Aquél que la puede fundamentar y no en otros sucedáneos que son menos que realidad virtual. Son fatuos.

La lectura de San Pablo (Colosenses 3, 1-11) este domingo viene como anillo al dedo. “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo”. Para Pablo ya hemos muerto al “hombre viejo”, o lo que es lo mismo “dar muerte al odio, la fornicación, la impureza, la codicia y la avaricia que es una idolatría”. Estos ídolos son los que siguen imperando en nuestra sociedad y hasta se quiere que sean los fundamentos de una nueva cultura o una nueva humanidad. Y NO. No sigáis engañándoos unos a otros, dice Pablo. No seáis necios: esto no lleva a ninguna parte, o lleva a la des-creación total. El hombre, la cultura, la civilización solo se salvará si aceptamos ser creaturas de Dios e imágenes de Él en Cristo y entonces “ya no habrá distinción entre judíos y gentiles; circuncisos e incircuncisos; bárbaros y escitas, esclavos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos”.

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