Cielo y tierra pasarán

homilía

El Evangelio de San Marcos ha sido nuestro pedagogo durante este año litúrgico. Hoy se proclaman las últimas enseñanzas de Jesús, antes de su muerte, referidas justamente a “lo último” (las postrimerías, los novísimos, el juicio final).

Marcos 13, 24-32, es un texto “difícil” o de fácil desviación interpretativa. Es un texto donde se usa un lenguaje con una determinada clave interpretativa que si no se usa esa clave nos hará decir lo que el autor no pretende decir. La cosa se hace más grave por el hecho de que leemos apenas unos versículos de todo un capítulo bien entramado y que perdido el contexto se hace de difícil entendimiento el texto. Por eso la primera invitación es a leerse todo el capítulo 13, o al menos lo que antecede al texto del evangelio de hoy.

Conviene hacer alguna aclaración sobre el lenguaje usado por Marcos (Inspirado en Daniel 12, 1-3) aquí. Usa un lenguaje que llamamos apocalíptico. ¡Vaya palabra! La solemos utilizar para describir algún tipo de catástrofe o de un punto final desastroso. Y algo de eso tiene, pero tiene mucho más que eso. Y en positivo.

La experiencia vital histórica de quien escribe el Evangelio, pasa o ha pasado por una profunda crisis de sentido: el sentido de la vida, el sentido de la historia. Todo parece desmoronarse y perder su sustentación. Literalmente el mundo se viene abajo y un gran desasosiego y desesperanza se abate sobre la gente. Marcos y sus seguidores han vivido la caída y destrucción de Jerusalén y la persecución de Nerón, en Roma, que martirizó a muchos cristianos y entre ellos a San Pedro y a San Pablo. En Jerusalén, los ejércitos romanos no se anduvieron con chiquitas y por los años setenta asolaron la ciudad no dejando piedra sobre piedra. Jerusalén fue saqueada, incendiada y destruida toda su muralla y fortaleza. Sus habitantes fueron pasados a cuchillo o desterrados como esclavos a otras provincias romanas. Jerusalén, la ciudad de Dios, destruida y aniquilada. No hay mayor calamidad para un judío que se precie. ¿Dónde está Dios? ¿Por qué se calla ante la destrucción de su pueblo elegido? ¿Hay todavía esperanza?

¡La hay! Dirá el profeta, y en este caso el Evangelista. Usando el lenguaje apocalíptico vendrá a decirnos que el cosmos sigue en las manos de Dios. Que es Dios quien “mueve ficha” y ha decidido intervenir no para destruir sino para re-crear. El universo parece por un momento retornar al caos previo a la creación, pero no es eso. Es Dios, el creador, que visto el desastre por donde el hombre ha llevado su obra creadora, decidió “empezar de nuevo”. Ha decidido recrear todas las cosas. Esta historia en ruinas no es la palabra definitiva. La historia está en las manos de Dios que la ha orientado definitivamente hacia la vida. Y contra esa decisión no puede ningún poder del cielo o de la tierra; ni los astros ni espíritus celestes pueden imponer su fuerza sobre la tierra y sus habitantes. Solo Dios finalizará esta historia y tiempo salvando al hombre. El Hijo del hombre vendrá con poder y gloria para finalizar en belleza esta historia que tantas veces se empantana, retrocede o destruye los valores del Reino, los valores de la creación, los valores del hombre.

El Evangelio afirma categóricamente un final para nuestra historia. Esta situación no es definitiva. La definitividad la dará Dios un día “último y primero” de la historia y del más allá de la historia. Y esto se proclama en el evangelio como “buena noticia” y no como calamidad. La historia finaliza en Dios como los ríos en la mar. La historia no termina en “la nada” y en “el vacío” sino que termina en el cielo. El inicio de la historia fue la creación, el final de la historia será la recreación en Cristo. ¡Hago nuevas todas las cosas!

Atención, final de la historia no significa final de este mundo o de esta realidad cósmica. En ese tema ni entramos ni salimos. Es algo que la ciencia debe tratar. Desde la fe, yo personalmente creo que toda esta realidad cósmica tendrá también su pascua o paso hacia la nueva creación. Siempre he dicho que Dios dice y no “desdice”. Por lo tanto no habrá des-creación desde Dios.

¿Para cuándo será esto? La respuesta de Jesús no deja resquicios. Solo el Padre lo sabe. Ni tan siquiera Jesús. Así es que nada de cábalas sobre el fin del mundo. Pero sí resulta estimulante el saber que el “no saber” implica una permanente inmediatez del acontecimiento. Puede ser mañana. Y esta realidad Jesús la vivía intensamente. Casi vivía el hoy desde el mañana. Vivía y se desvivía por la llegada del Reino, añorándolo y pidiéndolo cada día. La esperanza del mañana le hacía vivir el presente con una particularidad propia. Este presente no es lo definitivo. Estas cosas no son las definitivas. Se puede vivir con ellas, pero no poniendo nuestra esperanza o confianza en ellas. Solo Dios es el valor definitivo. Lo demás, incluido padre o madre, hijos o esposa, hacienda o lo demás son “relativos” y por tanto no pueden ser los “fundamentos” de mi vida. Solo desde Dios adquirirán valor las personas y las cosas pero evitando siempre que pasen a ser “diosecillos”.

Os digo una cosa. Esta inmediatez del mañana, esta esperanza fogosa y alegre del mañana absoluto en nuestra comunidad de fe está muy amortizado y casi imperceptible. Vivimos mucho más el “muy a largo me lo fiáis” y por lo tanto nos dedicamos a la inmediatez de las cosas perdiendo la perspectiva de su relatividad. Es un fallo gordo de nuestra fe y de nuestra esperanza. Debería estar mucho más presente esta tensión por el futuro absoluto que es Dios.

¿Hay algo que hacer? ¿Podemos adelantar el futuro?  Yo diría que ¡claro! , que ¡no faltaba más!  Si nuestra esperanza es el futuro, lo más normal es vivir según ese futuro y eso significa adelantarlo. Si espero un futuro de comunión (cielo) intentaré vivirlo ahora y esta realidad entra ya o estrena esa dimensión del cielo. Pero hay algo más. Desde que Cristo ha resucitado (desde la Pascua de Cristo) lo “último” ya ha empezado a ser realidad. Cristo es la “omega” de la historia. En él ya ha empezado el tiempo nuevo, el cielo nuevo y la tierra nueva. En  Él y en todos los que participan de Él. Está claro para todos aquellos que ya han muerto y participan de la resurrección de Jesús. Pero también lo es ciertamente para aquellos que han sido injertados en Cristo en y por el Bautismo. Desde entonces ya somos una criatura nueva y participamos de esta novedad última que es Cristo. Ya vivimos, en esperanza, en el tiempo futuro.

Pero aún hay más. La Eucaristía que celebramos en el Domingo (también las demás, pero sobre todo ésta) es entrar sacramentalmente (realmente) en este tiempo futuro, en este tiempo definitivo. El domingo es sacramental del día octavo, o el día nuevo de la nueva creación. Litúrgicamente saboreamos este aire de definitividad y de novedad. La Eucaristía es participar sacramentalmente (memorial) de la Pascua del Señor y por lo tanto pasar con él de este mundo al Padre. Y eso hacerlo juntos como hermanos alabando y bendiciendo al Señor, proclamándolo a Él como nuestro futuro y nuestra esperanza. Además en la Eucaristía comemos el cuerpo y bebemos de la sangre del Señor. Es el banquete que anticipa la realidad futura, comiendo el pan del “mañana” que se nos da ya en el hoy de nuestra historia.

Porque esto es así, ya en este mundo podemos encontrar valores del Reino. No todo es pecado, destrucción y muerte. ¡Ni mucho menos! Hay mucho más de positivo, de vida, de fecundidad, de Espíritu. La nueva realidad despunta por doquier y es necesario tener ojos para ver y apoyar esa realidad.

No obstante no podemos olvidar la dimensión de “tarea” que tienen todas estas realidades y que no todo es “coser y cantar”. Hay y habrá persecución, probación y trabajo. Pero, habrá que levantar la cabeza y esperar nuestra liberación. Así empezaba el año con el Evangelio de San Marcos y así lo quiero terminar yo, haciendo referencia a esa invitación, que no dejará de sonar a lo largo del tiempo de Adviento que próximamente inauguraremos.

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