Cielos nuevos y Tierra nueva

Homilia

La liturgia de la Palabra de este domingo se abre con el Libro de la Consolación del profeta Isaías (40, 1-11). El mandato de Dios al profeta es “Que consuele a su pueblo, que le hable al corazón, que le caliente y anime”. Y es que no era para menos. Israel vuelve del destierro donde mal que bien ya se había aclimatado y aprendido a vivir y ahora se encuentra con la tierra “prometida”, con la tierra de sus sueños echa un pedregal inhóspito. Allí no había nada. Un desierto. Y había que empezar de nuevo. Y ahí tenemos a Isaías proclamando que el Señor está en medio de nosotros; que aquí está vuestro Dios y que llega con poder. Que el Señor les cuidará como el pastor cuida de sus ovejas. Amén y manos a la obra. El pueblo se pone a reconstruir la ciudad desde sus cimientos y llegará a ser lo que fue y mucho más, porque en ella habitará el Señor que viene de lo alto. Isaías consigue llevar consuelo y esperanza a aquel pueblo tocado y hundido.

Me pregunto si nuestro mundo de hoy necesita también palabras de consuelo o ya está del todo consolado con los chismes y aparatos inventados por nuestra civilización del descarte. Basta con acercarse un poquito al corazón de las personas, rascar algo el oropel que suele cubrirlo y enseguida descubrimos zonas oscuras que necesitan ser iluminadas y necesitan consuelo y motivos para la esperanza. No sería difícil enumerar muchos casos donde se busca huir de la desolación tapándonos con objetos, chuches, cachivaches, alcohol, orgías, entretenimientos múltiples, viajes, y demás huidas hacia adelante. Y si nos asomamos un poco al mundo, basta con seguir los viajes del Papa, y podemos ver cuanta desolación hay en tantos países donde algunas personas (muchas) son menos que una vaca o que mil rupias. Además vemos un mundo roto donde reina el poder del más fuerte que suele ser don dinero. Y no olvidamos el mundo roto desde las tormentas tropicales o los terremotos que se prodigan últimamente con demasiada frecuencia.

Es necesario llevar una palabra de consuelo y de esperanza. ¿Y cuál es esa palabra y ese consuelo? El Evangelio de Marcos 1, 1-8 dice: “Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”.

Nos anuncia un nuevo principio, un nuevo comienzo. El Génesis nos narra el comienzo de la creación y de la Historia de la Salvación. Ahora encontramos un nuevo “Comienzo”. Es un nuevo inicio. Quizás los nuevos cielos y la nueva tierra anunciada por 2 Pedro 3, 8-14 tengan algo que ver con este inicio o comienzo. ¿Qué es lo que comienza, para Marcos? Comienza la BUENA NOTICIA, la gran noticia que es la mejor noticia: JESUCRISTO.

La buena noticia es una persona, es Jesucristo. Él es el evangelio. Y ¿Quién es Jesucristo? Desglosemos primero el nombre donde Marcos ensambla a Jesús y Cristo (Mesías). Jesús es o significa “Dios salva”. Lo que quiere decir que la salvación está ya en acto en esa persona y por esa persona. La acción de Dios es “salvar” y esa acción es tan permanente como la acción creadora. Dios crea y salva hoy, aquí y ahora. Dios te crea y te salva a ti, aquí y ahora.

Jesús es Mesías (Cristo). Es el Ungido de Dios. Abraham fue ungido. David fue ungido. Jesús es EL UNGIDO. Más que Abraham y más que David o que Moisés o que cualquiera de los profetas. Él es la bendición de Dios para todos y en Él todos ungidos, bendecidos, salvados, rescatados, resucitados.

Por eso el evangelista continúa diciendo: Es “el Hijo de Dios”. Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Lo siguiente del evangelio de Marcos será desarrollar esta realidad de la Buena noticia que es Jesucristo.

Marcos presenta el anuncio de Isaías amortizado en Jesucristo. Y nos retrotrae a los primeros pasos de aquel que es precursor del Mesías. Empieza a presentarnos a Juan Bautista que se encuentra en el desierto predicando un bautismo de conversión y que apunta a otra persona que viene detrás de él y que es mayor que él. Alguien que bautizará en Espíritu Santo.

El Evangelio de Marcos es brevísimo en su presentación y nos mete enseguida en la vida pública de Jesús. Pero es bueno en este tiempo de Adviento mantener el horizonte de la segunda venida del Señor, al menos en este segundo domingo. Y a ello nos ayuda y convoca la segunda lectura de Pedro que trata de responder a las desesperanzas que suscita el demasiado tiempo transcurrido después de la muerte del Señor. Ya han muerto casi todos los testigos de la resurrección y el Señor no llega. ¿Se habrán equivocado en sus profecías? ¿Sigue siendo verdad que “el Señor vendrá” o tendremos que dedicarnos a otra cosa?

Y ahora, que han pasado 2.000 años, ¿qué decimos nosotros? Tenemos más razones para dudar de la vuelta del Señor. Siendo sinceros, nos hemos acomodado a estas esperas y en la práctica miramos al futuro con otras esperas y esperanzas y casi ninguna puesta en la última venida del Señor. Nos ponemos la manta en la cabeza y vamos hacia adelante siendo cortoplacistas y tratando de apañarnos lo mejor posible. Cuando llega el aviso de la muerte de alguien, tratamos de mirar para otro sitio y desear que nos espere allá por muchos años.

Sin embargo, el autor de la carta de Pedro se toma en serio tanto la venida del Señor como el dato de la dilatación del tiempo. Y nos dice que el Señor es el garante de la promesa y que esta, sin duda, llegará. Y respecto al tiempo, entiende que el tiempo de Dios no es igual a nuestro tiempo. Y habla de la PACIENCIA de Dios. Está claro que Dios es paciente. Si ha esperado miles de millones de años después del acto creador para que apareciera el hombre sobre la tierra, quiere decir que tiene paciencia –más que el santo Job- y que realmente para él 1.000 o 10.000 o 1.000.000 de años son como un día. Esperó tanto la aparición del hombre y puso tantas esperanzas en esa obra –su obra maestra- que ahora no le importa esperar y esperar para ver cómo respondemos a su invitación a la vida y al amor. Y nos regala todo el tiempo del mundo para que realicemos el proyecto de vida que ha trazado para cada uno de nosotros: que seamos colaboradores entusiastas de su Reinado de Justicia, de Amor y de Paz. Afirma y desea la llegada de un cielo nuevo y una tierra nueva. Un cielo y una tierra que va apareciendo con fuerza desde la Pascua de su Hijo. Pero cielo y tierra nueva que esperan la tarea del hombre en su construcción.

Y ahí estamos. Por una parte si miramos no dudamos de que algo defraudado debe de estar Dios, porque no somos ni con cuenta lo que deberíamos de ser. Por otra parte, contamos con todos los avales para llegar a ser lo que deberíamos ser. Hemos recibido las arras del Espíritu. Por eso, tenemos este tiempo para que nuestra conducta sea santa y piadosa mientras esperamos y apresuramos la llegada del Día de Dios o del Día del Señor.

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