Conmemoración de todos los fieles difuntos

Homilía íntegra que el Padre Gonzalo Arnáiz, scj., realizará sobre la conmemoración de todos los fieles difuntos y la Solemnidad de todos los Santos que se celebra el próximo domingo 2 de noviembre.

Hoy es domingo, día del Señor. Coincide este año con la conmemoración de todos los fieles difuntos que prevalece sobre lo habitual del domingo XXXI ordinario. Es una conmemoración  que está bajo el paraguas de la fiesta de ayer: Solemnidad de todos los Santos. Ayer contemplábamos a todos aquellos que, después de una vida vivida en fidelidad al Señor, ya están en el cielo. Hoy contemplamos a los que nos han precedido en el signo de la fe pero que todavía están en un momento de purificación en la antesala del cielo, a la que solemos llamar Purgatorio. Si ayer hacíamos particular comunión con los Santos del Cielo, la Iglesia quiere que hoy hagamos particular comunión con aquellos que una vez muertos esperan entrar definitivamente en la casa del Padre.

Es particularmente difícil hacer hoy un intento de homilía porque hay muchas opciones a la hora de elegir textos para las celebraciones de la Eucaristía y además cada sacerdote puede en el día de hoy celebrar 3 misas con lecturas diversas en cada una de ellas. Yo elijo una opción y es la que propongo desde mi óptica particular.

la primera lectura  la tomo del libro de las Lamentaciones 3, 17-26. Hemos de tener siempre presente que en el Antiguo Testamento la esperanza en la resurrección futura está ausente en la mayoría de sus libros. La salvación se espera que se verifique en la historia y en mi historia y la de mi pueblo. Cuando surge la enfermedad o la dificultad, la fe se pone a prueba y pasa por noches oscuras. El texto de hoy recoge muy bien estos sentimientos de duda y desesperanza: “Me han arrancado la paz y ni me acuerdo de la dicha; me digo: Se me acabaron las fuerzas y mi esperanza en el Señor. Fíjate en mi aflicción y en mi amargura, en la hiel que me envenena; no hago más que pensar en ello y estoy abatido”. ¡Que bien recogido el cuadro del dolor!  No obstante el autor del libro no se queda ahí: “Pero hay algo que traigo a la memoria y me da esperanza: que la misericordia del Señor es eterna y su fidelidad es grande”. Ahí está indicada la salida al desaliento. El hombre de fe, se fía del Señor. Dice “Amén” al Señor en contra de toda esperanza. Poco a poco se abrirá camino la necesidad de afirmar la Resurrección para dar cabida a una esperanza definitiva.

La segunda lectura (Romanos 8, 31-39) es el canto de Pablo al Amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. ¿Quién nos separará del amor de Dios? NADIE  nos puede separar del Amor de Dios manifestado en Cristo. Él es la resurrección y la vida. Si morimos con Él, viviremos con Él y para siempre. La muerte ha perdido su “aguijón” y ya no puede “matar”. Morir con Cristo es un acto de entrega y donación; es ponerse en las manos del Padre y esas manos son buenas manos. Siempre son manos creadoras, manos que bendicen, manos que agarran, manos que abrazan y manos que salvan. Dios es Dios de vivos y no de muertos. Pablo esto lo bebe de lo que para él significa la vida-muerte-resurrección de Cristo.  El modelo del hombre que muere viviendo la muerte es Cristo.

Es en el evangelio de Juan 14, 1-6 donde se refleja la actitud de Jesús ante el hecho de la muerte que se  le viene encima. Es una mirada serena fundada en el Dios creador, amigo de la Vida, providente, que está siempre con nosotros, más fuerte que la muerte. Jesús nos dice: No perdáis la calma. Es magnífico. Está a punto de ser condenado a muerte… y nos invita a la calma. Porque cree en Dios, se fía de Dios y nos invita a creer también nosotros en Dios y en El. Nos habla de la casa de su Padre”. Jesús… e indefectiblemente el Padre. Un tándem permanente. El Padre es el que da aliento, seguridad, sentido a su vida, y por tanto también a la muerte, que no tiene autonomía propia, al margen del Padre. En los planes del Padre, la muerte tiene un sentido. Jesús la contempla ciertamente como el paso a la casa del Padre, y que Él va a dar de inmediato. La muerte será la pascua a la casa del Padre. La muerte, ante Dios, ha perdido su aguijón.

Jesús va al Padre y allí nos va a preparar nuestra “morada”. La casa del Padre es grande; hay sitio para todos los hombres, hijos de Dios, que en verdad “lo somos”. Es grande, hermosa y “festiva”. Sobre todo es lugar de encuentro, de fraternización y tiempo de agradecimientos. Pero lo que más me llama la atención es que Jesús sigue diciendo que volverá a por nosotros y nos llevará con él: “Os llevaré conmigo”. Un “conmigo” igual al que dice al buen ladrón en la cruz: “hoy, estarás conmigo en el paraíso”. Estar con Jesús es el cielo. Es bien importante rescatar esta idea de “cielo”; pero hoy quiero todavía recalcar el tema de las moradas. Parece que las moradas son habitaciones o algo parecido, pero en la narración va dándose un pasaje de las moradas a la “morada”. Somos nosotros los que nos vamos haciendo “morada” de Dios; es él el que está viniendo, pasando a esta historia nuestra, a nuestros días de hoy, y viene para hacer morada en cada uno de nosotros y transformarnos en “cielos” o en “cielitos lindos”. Dios habita en nosotros YA. La Vida transforma nuestra vida en Vida, YA. Es ahora el momento  de la salvación y de la gracia. Podemos degustar aires de cielo. Claro está que la eucaristía es sacramento de todo esto, pero además, nosotros deberíamos ser sacramento en nuestra vida de esta realidad. Vivir en esperanza y sin miedos al estilo de Cristo, que no es otro que el estilo de vida de una entrega continua y de un servicio continuo.

Porque la Eucaristía es el sacramento de la Pascua de Cristo, de nuestra pascua y de la pascua de toda la creación, hoy en la eucaristía queremos significar fuertemente nuestro momento de comunión con todos los que nos han precedido en el camino de la fe. Entre ellos, algunos que, aun siendo benditos del Padre, han llegado al final del trayecto de esta vida no del todo formateados en Cristo. Substantivamente sí pero todavía algo deshilachados en el entretejido de su vida. Y necesitan un acabado para llegar al paso definitivo. Cuentan con el abrazo y el empuje del Espíritu Santo al que nosotros unimos nuestra oración solidaria para pedir por ellos y con ellos pedir al Padre de las misericordias que finalice en ellos su Obra.

Entre tanto a todos vosotros una feliz semana con la celebración en tándem de la fiesta de Todos los Santos y la Conmemoración de los fieles difuntos. Os deseo que seáis santos como Dios es Santo.

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.

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