Consagración de la Basílica de San Juan de Letrán

El P. Gonzalo Arnáiz comparte su homilía del próximo domingo XXXII-A en la que se celebra la fiesta de la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán.

Me resulta difícil desarrollar la homilía de hoy porque la festividad de la dedicación de una iglesia, aunque sea la de San Juan de Letrán, no la encajo del todo con las mismas lecturas que hoy se nos proponen. Tiene resonancias más vetero-testamentarias que neo-testamentarias y hay que hacer un esfuerzo para encontrar el sentido que la Iglesia de  hoy quiere darle.

La  presencia de Dios en medio de su pueblo, en el el Antiguo Testamento, estaba garantizada con la  construcción e instalación de la Tienda de la Alianza que estaba habitada por la Santidad de Dios. Era el lugar sagrado por ser la casa de Dios. Pero un lugar sagrado itinerante. Iba donde iba el pueblo y peregrinaba con él. De la tienda se pasó al Templo con no pocas reticencias por parte de Yhwh. Un solo templo consagrado al Señor en Jerusalén. Templo que pasó a ser principalmente el lugar de los sacrificios de animales y de ofrendas cruentas e incruentas (incienso, donativos…) con distintas finalidades, pero siempre con el objeto de hacer a Dios propicio. El Templo pasó a ser quicio en la fe de Israel junto con la Ley y la Circuncisión como pueblo elegido. La destrucción del Templo de Jerusalén (que sucedió en varias ocasiones) hacía tambalear la fe del pueblo en el Dios de las promesas. El templo se consagraba en medio de grandes fiestas, que se repetían anualmente, y por la consagración aquel edificio y lugar pasaban a ser santos: la casa de Dios y el lugar de su presencia. Todos los demás lugares eran profanos.

Jesús tuvo respeto por la Ley, el Pueblo y el Templo. Se ve claramente en el evangelio de hoy: Habéis convertido en un mercado la Casa de mi Padre. Pero a la vez empieza un proceso de interiorización y personalización del contenido del Templo, de tal manera que el Nuevo Templo de los tiempos mesiánicos se identifica con su persona. “Destruid este Templo y yo lo reedificaré en tres días”. El templo de Salomón con toda su magnificencia –que en tiempos de Jesús debía ser espléndida-  pasa a ser algo secundario y superado. El nuevo Templo será el mismo Jesús, la Palabra de Dios que con su Encarnación acampó definitivamente entre nosotros. En la cruz, con su muerte queda superada la antigua Alianza y el viejo templo “queda destruido” y reemplazado por el Nuevo Templo que es Jesús mismo.  Jesús nos asocia a Él y hace que cada persona sea y tome parte de ese nuevo templo de Dios. Dios no habita en los montes o en los templos sino que habita o hace su morada en el corazón de cada persona.

Esto es tan claro que en los tres primeros siglos, los cristianos no construyen templos o iglesias. Se reúnen en sus casas para celebrar la eucaristía. Celebrar y hacer catequesis y cualquier otro tipo de celebración. Es con el edicto de Milán (313)  cuando se empieza la construcción de las basílicas que no templos. Basílicas concebidas como lugar de reunión de mucha gente convocada para la celebración de los sacramentos, principalmente eucaristía. Esta gente convocada era la que se llamaba “iglesia”. De ella pasó el nombre al edificio que la reunía. Pero lo que constituía ese edificio en “iglesia” era la gente convocada que celebraba dentro de ella.

Después las “iglesias” se fueron construyendo y fueron organizándose como lugares de culto y fueron adquiriendo el significado de un “sacramental” en medio del pueblo donde se construían. Y es aquí donde se empalma con la fiesta de hoy. La iglesia de Roma de San Juan de Letrán construida por el emperador Constantino (o su madre) para el servicio de la comunidad de Roma y del Romano Pontífice fue consagrada en el año 424. Su titular es el Santísimo Salvador y lleva el título honorífico de ser la Madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe.

¿Qué celebramos en esta fiesta de la dedicación de la catedral del Papa?

Hay que hojear el ritual de consagración de una iglesia y un altar para ver qué es lo que se quiere celebrar y significar en este sacramental.

El elemento primordial en la consagración de una iglesia es la celebración de la Eucaristía. La Eucaristía se revela como fuente y cumbre de la vida de la Iglesia. Quien consagra es la iglesia que celebra eucaristía. El sujeto de la celebración litúrgica es la comunidad creyente convocada para celebrar eucaristía.  Ese es el elemento constitutivo de la consagración. La iglesia o lugar consagrado pasará a significar que aquí se reúne la Iglesia y se celebra eucaristía. La presencia eucarística del Resucitado será un corolario de esta celebración. Jesús sacramentado remite a la eucaristía celebrada e invita a una nueva celebración de la eucaristía.

El altar es “consagrado” con los ritos propios de un bautismo. Se asperge agua, se unge con óleo y crisma, se reviste de blanco. El altar pasa a representar a Cristo piedra angular sobre la que se construye la iglesia; Cristo fuente de vida y de salvación; Cristo sacerdote, víctima y altar; Cristo ofrenda permanente al Padre. Todos nosotros, al ser piedras vivas por el bautismo, nos incorporamos a esta función de Cristo y somos también consagrados como Sacerdotes, Profetas y Reyes.  Miramos al altar y vemos a Cristo como nuestro fundamento; Cristo como fuente de vida; Cristo alimento y viático.

En la iglesia está también el lugar de la Sede que nos recuerda que es Cristo nuestra cabeza, el que preside y actúa en la celebración y el lugar de la Palabra de Dios que también es el “pan” que nos alimenta.

En la iglesia está también el lugar del Bautismo donde la Iglesia engendra nuevos miembros que se incorporan al nuevo templo de Dios como piedras vivas injertadas en la vida de Cristo.

La Iglesia “templo” construida en el pueblo o la ciudad, nos recuerda que el Señor está en medio de nosotros; y está permanentemente. Nos recuerda nuestro bautismo y todo nuestro proceso de iniciación. Nos recuerda que somos un pueblo convocado para la alabanza y la bendición. Que somos el pueblo de la “escucha” de la Palabra y el pueblo del “Amén”, del aquí estoy, Señor, porque tú me has llamado. Nos recuerda que somos consagrados y piedras vivas ensambladas por el Espíritu y construidas sobre la Piedra angular que es Cristo. Nos recuerda que la Eucaristía es fuente y culmen de nuestra vida y que tenemos necesidad vital de su celebración junto con todos los hermanos unidos entorno a la misma mesa, en un mismo banquete y presididos por el mismo Cristo.

Se le pueden encontrar otros muchos significados que se han ido añadiendo a lo largo de la historia, de tal forma que los templos han funcionado como lugares de catequesis fijada en sus piedras, en las vidrieras, en los colores, en la orientación de la iglesia, etc.

La festividad de hoy añade a todo esto el signo de una Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica. Somos un pueblo congregado bajo un solo Pastor que es Cristo. La iglesia de Roma tiene la misión de presidir en la caridad a todas las iglesias y el Obispo de Roma tiene la misión de ser el garante de la unidad entre todas las iglesias. Tiene la función de Pedro de apacentar las ovejas de Jesús. En el día de hoy recordamos esta universalidad de la Iglesia y esta comunión entre todas las iglesias locales o particulares con la iglesia de Roma.

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.

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