Consolad, consolad a mi pueblo

La liturgia de la Palabra este domingo se abre con el “Libro de la Consolación” del Profeta Isaías. Es impresionante el capítulo 40 de este Profeta. Cada vez que uno piensa en la perspicacia que han tenido los profetas para releer la historia y ser capaces tantas veces  hacer de “tripas, corazón”,  no puede dejar de pensar que detrás de ellos está el Espíritu. El “Isaías” de estos capítulos que van del 40 al 55 está viviendo la desolación de la desolación. Su pueblo había llegado a ser realmente “no pueblo”. Había sido erradicado del mapa y reducido a residuo cultural y religioso en medio de una pujante civilización aparentemente secundada por dioses más fuertes que Yhwh, puesto que por muchos años se habían impuesto a Israel y casi la habían aniquilado. Cuando todo invitaba a echar por la borda la fe “de nuestros padres”, viene Isaías y se atreve a anunciar el “evangelio” que hoy se proclama en esta lectura. Y además se atreve a hacerlo en poesía. Pero qué fuerza consigue poner en sus palabras y cómo consigue transmitir vida y esperanza.

“Consolad, consolad a mi Pueblo”. Es Dios quien habla y pide, a la vez que anuncia, y ejecuta consuelo para su pueblo. Un primer imperativo que no es castigo sino que es consuelo existencial, profundo, que va a llegar al “corazón”. Corazón, para Israel, es el lugar de la memoria, de la conciencia, del sentido común, de la racionalidad global unido todo ello a la ternura, al cariño, al amor. Consolar es por tanto, reestructurar toda la persona desde el hondón de su ser; es “casi” crear de nuevo.

Además, desde el principio Dios vuelve a llamar(nos) a Israel: “mi Pueblo”. A pesar de los pesares nunca ha dejado de ser el pueblo de la heredad, el pueblo elegido, el pueblo de la alianza, fundado en la Palabra dada por Dios y por tanto Palabra Fiel y Eterna. Dios no abandona a su pueblo nunca; nunca “mi Pueblo” llegará a ser “no pueblo”.

El consuelo operado por Dios; la buena noticia proclamada “al corazón” por el Profeta será anunciar el inicio de un nuevo Éxodo de todo el pueblo hacia la tierra prometida. Un éxodo guiado por la mano fuerte y poderosa que también hizo el camino con Moisés; pero ahora será, si cabe, más fuerte y grande. La promesa ya lo precede y ya no hay amenazas, ni plagas, ni muertes, ni serpientes, sino que tenemos a un pastor que guía a su pueblo con ternura y cuida de todos, particularmente de los débiles, como una madre cuida de sus hijos.

En Adviento, el profeta nos invita a la ESPERANZA GOZOSA Y AGRADECIDA. Acoger esta palabra del Profeta que nos habla al corazón, nos seduce, enardece y entusiasma. Nos levanta el ánimo en medio de tanta tormenta y tanta desolación que parece cundir en nuestro entorno y toca nuestra seguridad en la fe. Al final pongo un texto del Papa que hace referencia a esto.

Hay también imperativos como “abrid”, “preparad”, “allanad”, “elevad”, que van diciendo que “no todo el monte es orégano” o que tenemos que quedarnos quietecitos y esperar sentados. Se nos invita fuertemente a la tarea de preparar el camino y si cabe, que sí cabe, acelerar la llegada a la tierra prometida o si queremos el adelantamiento del Don o de la Promesa. El profeta nos invita a una ESPERANZA OBEDIENTE.

¡Claro que lo fundamental ya está hecho!. La recompensa nos precede. La “buena noticia”, el “evangelio”, la “promesa”,… ya todo se ha cumplido en “Jesucristo, el Hijo de Dios”. Es lo que proclama el inicio del Evangelio de Marcos 1, 1-8. Jesucristo es el EVANGELIO. Jesucristo es la Buena Noticia. Él mismo, en persona.  “Ya” se ha cumplido lo “más” de la promesa; lo que antes podíamos llamar el hondón de la persona, de las comunidades, de los pueblos y de la historia. Pero “todavía no” ha llegado la plenitud de esta realidad que fue iniciada en la creación y marcada definitivamente con el Don de Dios en la Encarnación. Juan Bautista es el último de los profetas que anuncia la llegada del Mesías y nos sigue sirviendo de modelo a nosotros que esperamos la segunda venida del Señor.  Somos conscientes de que estamos en el “todavía no” de lo que falta para la plenitud del cumplimiento de la promesa. Por eso, este Don de Dios se nos hace también “tarea” en esta historia nuestra donde debemos seguir preparando caminos, allanando montañas y valles; hemos de seguir siendo voz que clama en el desierto y poniendo voz a los que no la tienen o se la han quitado y haciendo que crezca justicia y derecho por doquier.

¿“Cómo” hacer hoy esto de anunciar justicia y derecho y eso de “hablar al corazón” de la gente para llevar consuelo y esperanza?. Para dar una respuesta a esto, me ha parecido bien dejar sonar la palabra del Papa en lo que nos dice en su Evangelii Gaudium (La ALEGRIA DEL EVANGELIO), Nº 86, donde da pistas para que seamos testigos de Esperanza, anunciadores de Esperanza y que nadie nos robe esta Esperanza.

Es cierto que en algunos lugares se produjo una «desertificación» espiritual, fruto del proyecto de sociedades que quieren construirse sin Dios o que destruyen sus raíces cristianas. Allí «el mundo cristiano se está haciendo estéril, y se agota como una tierra sobreexplotada, que se convierte en arena». En otros países, la resistencia violenta al cristianismo obliga a los cristianos a vivir su fe casi a escondidas en el país que aman. Ésta es otra forma muy dolorosa de desierto. También la propia familia o el propio lugar de trabajo puede ser ese ambiente árido donde hay que conservar la fe y tratar de irradiarla. Pero «precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza». En todo caso, allí estamos llamados a ser personas-cántaros para dar de beber a los demás. A veces el cántaro se convierte en una pesada cruz, pero fue precisamente en la cruz donde, traspasado, el Señor se nos entregó como fuente de agua viva. ¡No nos dejemos robar la esperanza!”

Hablemos de corazón a corazón a los que nos rodean, pero que sea desde un corazón radicalmente esperanzado porque creemos en Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo a quien esperamos que venga pronto. Maranatha. VEN SEÑOR JESUS.

Gonzalo Arnáiz Alvarez, scj

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