Contemplativos en la acción

HOMILIA

Jesús con sus discípulos se acerca a Betania donde es acogido en la casa de Marta, que tiene una hermana llamada María. En esta ocasión no se habla de su hermano Lázaro.

Entre Marta y Jesús se da un diálogo que sorprende. En el fondo del corazón damos la razón a Marta por su protesta ante la actitud que toma María y decimos: “qué fresca, dejar a su hermana con todo el trabajo y ella dedicarse al dulce hacer nada, sentada y escuchando a Jesús”.

Mucho peor es tratar sacar de aquí comparaciones entre la vida contemplativa y la vida activa y concluir que la vida contemplativa es la excelencia de la vida cristiana. Jesús es ajeno a todos esos planteamientos.

Pero todo esto debe ser debido a que no entramos en el meollo de la cuestión. O no dejamos decir al evangelista lo que quiere decir. Si la parábola del Samaritano era “rompedora”, esta narración no deja de tener el mismo molde. Es también rompedora de esquemas.

El Evangelio va precedido por la narración de Génesis 18, 1-10 que nos cuenta la actitud de acogida y hospitalidad de Abrahán ante el paso de tres peregrinos o caminantes que pasan al lado de su tienda en Mambré. Sale a su encuentro y les suplica que no pasen sin detenerse un rato en su casa, a la sombra para reponer fuerzas bañándose y comiendo algo sabroso. Podían ser unos forajidos o asesinos, pero Abrahán no piensa en ello. Y va a resultar que en la acogida a aquellos peregrinos (transeúntes, forasteros, emigrantes, refugiados) se encuentra con el Dios de la promesa: tendrá un hijo, será fecundo, dará origen a un pueblo.

En el Evangelio (Lucas 10, 38-42) creo que hay que valorar en primer lugar la actitud de acogida y hospitalidad por parte de Marta y sus hermanos para con Jesús y los suyos. No dejaban de ser un grupo de transeúntes y forasteros. Abrir su casa y ofrecer acogida al grupo es una muestra del alto valor que tiene la hospitalidad en aquellos lares. Por otra parte ver cómo Jesús no se comporta como un tipo raro, sino que es capaz de tender lazos de amistad, aceptar la acogida por parte de esa y otras familias y mantener una relación normal de encuentro amical, festivo, catequético, oracional. Todo se comparte. La vida está compuesta de múltiples facetas y en el encuentro amical sale a flote todo lo que es vitalmente válido para las personas.

Y es en este ambiente donde se da el diálogo con Marta ante la actitud de María. Y aquí hay que valorar la actitud de María.

María se comporta autónomamente y no irresponsablemente. Se queda con el resto de discípulos a escuchar a Jesús. Se sienta a sus pies. Es la actitud del buen discípulo que quiere oír y ver bien al maestro. No quiere perder ripio. María está reclamando para ella, y ejerciendo, su derecho a ser discípula. El discipulado no es solo para los varones, sino que también es para las mujeres. Y ahí está ella marcando puesto y sitio. Y Jesús no le reprocha nada, ni la manda a la cocina, donde parece ser que era el lugar habitual y justo para las mujeres. Jesús la acepta como discípula en igualdad a sus discípulos. Un dato importante casi siempre pasado por alto.

Marta se enfada y le recrimina a Jesús que no le eche una mano en su favor. Y Jesús reprende a Marta. Es su amiga pero la reprende, o quizás por eso mismo, por ser su amiga, la reprende. Le dice Marta, Marta. Nombrar dos veces significa que es cosa seria lo que va a decir. Marta está ocupada en muchas cosas que son importantes en la acogida. Jesús no le reprocha eso. Es por otra cosa. Marta está convencida que ese es su rol y lo desempeña a carta cabal. Es el rol de la mujer, de las mujeres y lo hace “sin medida”. Y recrimina a su hermana porque no hace lo que ella cree que debe hacer toda mujer “bien nacida”.

Y Jesús quiere hacerla ver que  ciertamente “Dios anda por en medio de los pucheros” pero que se puede ir más allá y que tiene derecho a ir más allá de los pucheros. Que su rol no puede agotarse ahí, sino que el discipulado también pasa por el encuentro, la escucha, el aprendizaje, la acogida de la Palabra y por el “perder tiempo” con el amigo o los amigos. Y que eso es más importante que lo otro, sin menospreciar lo otro. Pero sí que es poner un poco de “sordina” a los afanes que nos imponemos a la hora de ejercer de anfitriones dándole mucha importancia a las formas descuidando lo que es importante, que es la vida, la comunión, la fraternidad, la comunidad, que es aquello que se pretende servir desde determinadas formas.

El discípulo tiene que tener claro que la mejor parte es “Jesucristo”; su vida, sus gestos y su palabra. Él es la Vida, el camino y la verdad. Ahí es donde nace y crece el amor; ahí es donde nace y crece la comunidad creyente. Desde ese hogar vendrán las acogidas, las preparaciones, los banquetes, y el dedicarse a tantas otras cosas. Pero no se puede olvidar el principio y fundamento. San Pablo en Colosenses 1, 24-28 lo tiene y lo dice claramente: Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria.

En la vida cristiana no podemos oponer la contemplación y la acción. Hay que llegar a la síntesis vital y habrá que decir o decirnos contemplativos en la acción o activos desde la contemplación. Una cosa y la otra interconectadas de tal forma que no son dos cosas sino tan solo una.

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