Corazón de Jesús

Albergue

No, no ando despistado. La fiesta del Sagrado Corazón de Jesús ha pasado ya. Pero el evangelio de hoy nos habla y abre el Corazón de Jesús. De las pocas veces que el evangelio nos sorprende con una perla semejante a la de hoy. Es Jesús mismo el que habla con Dios y le abre su corazón, o sus sentimientos en ese momento.

Empieza por un GRACIAS. Todas las oraciones del creyente judío solían empezar por un: “Yo te alabo y te bendigo, Yahvé Dios”. Nosotros solemos empezar por un: “Te pido Señor”. Es un cambio de perspectiva importante. Deberíamos entrar en sintonía con la verbalización de lo que hoy hace Jesús, como buen creyente y orante. A Jesús ese GRACIAS le sale del hondón de su corazón porque constata que la historia se va abriendo a la acción recreadora de Dios.

En esta historia, el actor primero es Dios a quien Jesús llama “Padre”. A Él le ha parecido bien que “estas cosas” las entiendan la gente sencilla. Jesús se encuentra pletórico y esperanzado. Empieza a ver el “queso en la tostada”.

¿Qué son: “estas cosas”?

Primera, que Dios elige a los sencillos, a la gente normal, a los creyentes de a pie. Quien les escribe esto es un aficionado a la teología que ha pasado por bastantes años de estudios teológicos y que quizás tenga que ponerse en el lado de los “sabios y entendidos”.

Y me hago la pregunta: ¿Con qué cara sigo con el comentario? ¿o tendremos que dulcificar el mensaje? Lo de que Dios elige a los sencillos está cantado en toda la Escritura. Hoy, miércoles 5 de Julio, cuando escribo este comentario, la lectura de la eucaristía habla de la historia de Agar, la esclava de Abraham, y su hijo Ismael. Agar está desesperada y grita y llora. “Y el Ángel del Señor le dice: ¿Qué te pasa, Agar? No temas, porque Dios ha oído la voz del chico”. Agar es la que grita, y Dios oye la voz del chico. Uno queda desconcertado. Pero es cierto que Dios siempre oye la voz del pobre y del oprimido. Dios está o anda siempre por los márgenes de la historia. Pero es un Dios siempre atento y un Dios que ESCUCHA.

Así sucederá con Israel cuando está esclavizado por Egipto y Dios oye su clamor. Y tantas otras veces en las que Dios escucha la oración del desvalido y del pobre. Jesús está palpando esta realidad en el deambular de su vida. Tan es así que en el sermón del monte recoge esto en la primera y segunda bienaventuranza: los pobres y los mansos. Pobres y mansos, son aquellos que saben de Dios es “Mayor” que ellos y que el otro es también mayor que ellos. Y así van por la vida.

Esta actitud de ser pobres y mansos es posible para todos y a ella estamos todos llamados. Parece que los sabios y poderosos tienen o tenemos la tendencia a creernos “mayores” y ponemos filtros a la acción de Dios y de los demás. Y entonces…. Nos volvemos impermeables. Deberá ser tarea de cada día el no creerse especialistas o mejores que los demás. Los estudios no deben estorbar en ningún orden de cosas o situaciones, pero no deben llevarnos a creernos superiores a los demás y menos en los caminos de fe, donde cada día podemos observar que muchos “no iniciados” nos dan lecciones en su caminar al encuentro del Señor.

La segunda es que entre el Hijo y el Padre hay una interrelación muy grande. Que Dios es Padre y que entrega al Hijo todo. Eso es manifestarse totalmente al Hijo. Y que el Hijo, a su vez, no escatima nada a la hora de devolver al Padre todo lo recibido. Es una interrelación de amor total en la intimidad de lo que llamamos Trinidad.

La tercera es que Dios se abre todo él, su intimidad, a todos aquellos a los que el Hijo se lo quiera revelar. Sinceramente creo que el Hijo no pone límites, sino que quiere revelarse a todos. Los límites, los pondremos nosotros. Pero la historia de la Salvación es esa. Dios se abre y quiere acogernos a todos en el Hijo haciéndonos hijos suyos. ¡Gracias Padre!

Y ahora, el evangelio de hoy cambia de protagonista en la segunda parte del relato. Es el Hijo el que habla. Y nos invita a “Ir a Él”. Él es el camino. No hay otro para poder llegar al Padre. Jesús sabe que este “ir” o seguirle a Él, no es cosa de coser y cantar. Habla de yugo y de carga. El camino es necesario hacerlo; y hay veces que en este caminar nos podemos cansar y agobiar. Ahí está escrito. Jesús lo constata en los suyos y podemos decir que también lo constata en nosotros. Hay veces que esto se hace más fuerte. Recibo ahora un wasap de alguien que me dice: “Ya sé que lo que voy a decir no es de ser cristiana pero para vivir así como vivimos es mejor no vivir. Perdón”. Ahí está reflejado el cansancio y el agobio de la vida, tan intenso a veces. Jesús nos invita ir a Él, donde encontraremos el descanso.

¿Por qué Jesús es descanso?

Él va delante. Él ha llevado su carga y su cruz que fueron bastante pesadas. Pero lo hizo con un corazón manso y humilde. Un corazón abierto al Padre y a los hermanos. Un corazón que se fiaba del Padre totalmente y que amaba a todos como hermanos “mayores” que él. Y por eso, además de abrir camino, es compañero de camino. Está siempre a nuestro lado y es solidario de nuestras fatigas y nuestras penas, de nuestras dudas y zozobras. Tiene la mano tendida para  ser “cireneo” en nuestro caminar. Al final será también nuestro descanso, porque con Él entraremos en la casa del Padre. Descanso y oasis en este bregar de cada día y descanso definitivo en “la otra orilla”.

Esto hace que el yugo sea llevadero y la carga ligera. Con Jesús podremos mover montañas; solos terminaremos aplastados por la carga.

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