Cristo Rey del Universo

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La Regalidad de Jesús

Pilato pregunta explicitamente a Jesús si Él es rey. Jesús responde con otra pregunta que afecta a Pilato que se ve obligado a asumir cierta responsabilidad o no quedarse contemplando la acción desde fuera. El procurador no acepta el juego y prefiere quedarse al margen. Entonces Jesús responde a la primera pregunta diciendo que él es rey. Matiza añadiendo que su reino no es de este mundo.

La expresión “rey de los judíos” es ambigua. Pilato, cuando la oye, piensa en un rey político; por lo tanto está ante un subersivo que poco menos pretende ser rey de Judea. A esa interpretación, Jesús dice NO.

Para los judíos podía significar un rey mesías, consagrado de Dios, descendiente de David y heredero de sus promesas. Jesús nunca ha usado el título de mesías aunque no rechazó el título de “Hijo de David”. Si no hay ulteriores explicaciones, esta interpretación podría ser correcta o por lo menos no ser falsa.

Jesús acepta el título de “Rey”, pero al menos en tres ocasiones añade que “su Reino no es de este mundo”. No tiene origen en estas estructuras terrenas. No es el rey mesiánico en clave davídica. El poder humano tiene un fuerte peligro de prepotencia y opresión, y Jesús no ha venido a imponer o a subyugar a nadie. Jesús no tiene ejércitos que lo defiendan ni que le proclamen rey de ninguna parte.

El “reino de Jesús es diverso a lo que entiende Pilato y a lo que esperan los judíos.

Pilato, como buen romano, quiere las cosas claras y le pide a Jesús un sí o un no. Jesús, como buen judío, responde con un “Tú lo dices, soy Rey”. Pero añade una explicación, para que el juicio sea exacto y correcto. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo. Para ser testigo de la VERDAD. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Pilato lanza la pregunta escéptica, qué es la verdad, para decirle, déjame de monsergas. Obrará según entiende él lo de ser rey. Condenará a Jesús. Pero esa es otra historia, o por lo menos el evangelio de hoy ya no nos la cuenta. Se queda en esta unión que Jesús hace entre Reino y Verdad.

¿Qué es la verdad? Es una pregunta inquietante. Voy a tratar de responderla.

En griego alezeia (verdad) significa eliminación de aquello que esconde algo y lo deja de manifiesto. Es algo así como descorrer el telón y dejar de manifiesto la obra que estaba escondida detrás de él. Podría significar “revelación” de algo oculto. Jesús mismo es testigo y es la Verdad misma. Jesús en su misma vida nos manifiesta el ser de Dios, escondido desde toda la eternidad y ahora manifestado totalmente en el hacer y obrar del Hijo.

Jesús nos revela la verdad del Dios Trinidad que obra y es en cuanto Padre, Hijo y Espíritu Santo. Jesús ha venido al mundo para darnos a conocer esta realidad: Que Dios es vida de amor y quiere darse o entregarse a la humanidad, amada de Dios, a la que quiere comunicar su misma vid y dignidad. Quiere que la humanidad entera vuelva a la casa del Padre. Y Dios ha empeñado toda su “autoridad” y potencia para que esto sea así. Esa fuerza se ha desplegado en Jesucristo, y por eso en Él está presente ya el Reino de Dios. Y Jesús es la cabeza de este Reino. Jesús es el Rey en este reino de Verdad, de vida, de amor y de gracia.

Jesús no es “rey” al estilo de este mundo donde se suele pensar primero en sí mismo y después los otros. Jesús piensa primero en los otros a los que se entrega como hermano y siervo. Viene a servir y no a ser servido. Viene a perder la vida y no a ganarla. Viene a hacer que el Reino de Dios acontezca de forma definitiva, aunque no todavía plenamente.

Por casualidad, Caifás, en el juicio previo, había dicho que “es mejor que muera uno solo en favor del pueblo que no que perezca todo el pueblo”. Esa es la realeza de Jesús. Morir en favor de todos.

Es por ello que Juan cuenta la izada de la cruz con el cuerpo de Jesús como el momento de la entronización de este Rey tan original. Jesús reina desde la cruz. Es en la cruz donde brilla el testigo de la Verdad y es en la cruz donde se manifiesta claramente y plenamente la realidad de Dios. Un Dios que es Padre y nos entrega al Hijo para que tengamos Vida. Un Hijo que se entrega al Padre para ser obediente hasta la muerte en ofrenda de amor por todos sus hermanos. Un Espíritu entregado al Padre por el Hijo y derramado después sobre toda carne.

Es por esto que decimos que Jesús reina desde la cruz. Este tipo de regalidad no viene de este mundo. Es una realidad del otro mundo, del mundo nuevo que Cristo viene a crear.

En la solemnidad de hoy, Jesús no se anuncia a sí mismo, ni a la Iglesia, sino el Reino de Dios. Este reino consiste en el hacerse de Dios dentro de la historia para rescatar todo lo que estaba perdido, para curar toda enfermedad existencial y también las físicas, para devolver a la vida todo lo que irremediablemente está mordido por la muerte. Y en nuestra cultura hay muchas cosas que sufren de esta mordida. Casi podemos decir que nuestra historia está más signada por la muerte que por la vida; muchas veces vence la muerte.

El Reino de Dios es una liberación de cuanto nos divide dentro de nosotros mismos, de nuestros hermanos y de Dios. Nos libera de estos lazos de muerte para poder volver a ser aquello que somos en los planes de Dios: seres abiertos a la relación con los demás como hermanos, al mundo como casa fraterna y a Dios como Padre de todos. Estamos llamados a vivir plenamente nuestro ser “hijos” en el Hijo de cara a Dios Padre y a vivir la fraternidad entre nosotros en plenitud. Este el el DON que Dios nos hace y esta es la tarea a la que estamos convocados.

HACER REINO DE DIOS ES CONSTRUIR DESDE NUESTRA FRATERNIDAD.

Feliz fiesta de Cristo Rey.

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