Cuaresma Dehoniana (I)

Mirarán aquel a quien traspasaron- Cuaresma dehoniana – 1

“Et de plenitude eius nos omnes accepimus!”(Jn 1,61)

LA PLENITUD DE CRISTO
Alfredo Carminati – Giuseppe Manzoni: STD 3

El título es indudablemente difícil y nos deja en un primer momento derrotados… pero, después, hojeando un buen comentario a las Cartas de Pablo, y reflexionando, se capta un significado muy rico, sorprendente como la vida. “El ministerio del Espíritu” (2Cor 3,8) es el servicio de vida que caracteriza el NT, en oposición a la “letra” del AT que “mata”. Sin embargo “el Espíritu vivifica”, afirma Pablo (2Cor 3,8): es luz para la mente, fuerza para la voluntad, transforma el corazón y la vida.

Este don maravilloso del Espíritu, lo obtuvo, para nosotros, Cristo. Él se hace “Espíritu vivificante” (1Cor 15,45) comunicando a cada uno de nosotros el Espíritu Santo, para que nos transforme interiormente, nos santifique.Este es el reino de la verdadera libertad, porque “donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2Cor 3,17); el reino de la gracia, en el cual el Espíritu obra en nosotros la caridad que la plenitud de la ley, el mandamiento nuevo, y, con la plenitud de la caridad, tendemos a la plenitud de Cristo. De esta plenitud el Corazón de Jesús es signo y sacramento.

 

Una tradición apostólica

Pío XII, hablando a aquellos que son “movidos por la opinión preconcebida” ante el culto al Corazón de Jesús, reclama las palabras de Cristo a la Samaritana: “Si scires donum Dei!”, “¡Si conocieses el don de Dios!”(Jn 4,12).

Más aún, Pío XII se siente como Pablo (cf. 1Cor 4,1), “custodio” y “dispensador” de un sacro tesoro de fe y de piedad, confiado a la Iglesia por su divino Redentor .

El culto al Corazón de Cristo, para Pío XII, es una expresión de fe y de piedad, que, en su núcleo vital, se remonta a los primeros momentos de la Iglesia, a los testigos de la transfixión de Cristo en la cruz: a María Madre de Jesús, al Discípulo que Jesús amaba (Jn 19,26).

Este es, a mi parecer, el motivo más simple y más válido, pero a veces menos evidenciado: la atención al Corazón de Cristo nos la ha pedido Dios mismo, por precisa iniciativa suya, mediante la transfixión de Cristo en la cruz, testimoniada históricamente por un Apóstol.

Todos los demás motivos, son más o menos válidos; algunos son frágiles, otros no son ni válidos ni frágiles, pero particularmente chocantes (los motivos pietísticos, sentimentales).

ACTUAL ALERGIA AL CULTO DEL CORAZÓN DE CRISTO

Hay hoy un verdadero y propio “rechazo” del “corazón”, también en el ámbito cristológico y de espiritualidad. Un motivo de esta “crisis”, K. Rahner lo descubría en la “disminución del espíritu contemplativo y místico en la Iglesia” . Pero una razón quizás válida y sobre todo simple del “rechazo” del “corazón” está en el hecho de presentar el culto al Corazón de Jesús como un descubrimiento de la piedad personal, justificada por los teólogos, para honrar el amor divino, revelado en el amor humano de Cristo, usando el natural simbolismo del corazón físico, en cuanto centro de repercusión de los afectos humanos.

Este tipo de piedad y de reflexión teológica recibió un particular impulso, entre otros, de la “Haurietis aquas” : “El culto al Corazón Sacratísimo de Jesús, por lo que se refiere a su naturaleza misma (o sea el corazón físico, y su natural simbolismo de amor) es el culto al amor con la que Dios nos amó en Jesús” . Sin embargo en esta misma Encíclica encontramos también una “crítica” a este tipo de reflexión teológica, cuando Pío XII afirma que la eficacia del corazón físico para “revelar” los afectos y los sentimientos de las almas es de muy lejos inferior a la del “rostro” .

Y después, ¿cómo se puede hablar de culto al “amor” de una persona? ¿No estamos quizás preocupados por salvar a toda costa “nuestra elección” del corazón físico como símbolo natural del amor de Dios? Mejor sería detenernos a contemplar el signo elegido por Dios para hablarnos de su proyecto de amor y de salvación: la transfixión de su Cristo. Si después para justificar el uso de la palabra “corazón” buscamos el verdadero y vario significado escriturístico, lleguen a resultados muy desilusionadores .

Pasar por lo tanto a aplicar la noción bíblica de “corazón” al Corazón de Cristo, para apoyar un culto en su interioridad espiritual, sabe de artificio y de virtuosismo teológico.

El natural simbolismo del corazón y su exacta noción bíblica podrán sugerirnos una terminología que remite a la transfixión de Cristo (por ej. “el Corazón abierto del Salvador”); pero no pueden constituir el fundamento teológico-bíblico del culto al Corazón de Jesús.

El “signo” elegido por Dios

Por todas estas razones nuestra reflexión teológica no parte ni de un “símbolo”, el del corazón, elegido por nosotros, ni de una “noción bíblica”, demasiado variada y diferente en sus significados; sino de un “SIGNO” proféticamente anunciado (cf. Is 11,10; 11,12; 49,22; 62,10; cf. Jn 12,32), históricamente presentado por Dios a todos los hombres: la salido de la sangre y del agua del costado traspasado de Cristo Crucificado (Jn 19,34).

Con este “signo” Dios nos manifiesta su amor, nos indica la fuente de la salvación. “Aprender a conocer el corazón de Dios, en las palabras de Dios” .

Dejándonos dócilmente guiar por la palabra de Dios, escuchando la Escritura, llegaremos a la persuasión de que, quizás, no es el caso de dramatizar la llamada crisis del culto al Corazón de Cristo, para después acantonarlo más fácilmente.

Concluiremos sin embargo es necesaria más atención a los “signos” de Dios, más inteligencia y oración para penetrar en el misterio del Cristo traspasado, en la perspectiva teológica de Juan, como suprema intervención del amor de Dios en la historia de la salvación, dándonos el Espíritu y el admirable sacramento de toda la Iglesia, surgido del costado de Cristo dormido sobre la cruz (SC 5).

Y, en vez de pensar en un próximo atardecer del culto al Corazón de Jesús, haremos nuestra la persuasión de K. Rahner que, “también para el sacerdote de mañana, entender qué se entiende por Corazón de Jesús, una gracia indecible” .

Libres en el Espíritu

Pensamos también que el Espíritu, con la dádiva de sus carismas, nos enseña a tener un gran respeto por todos, para los gustos, las exigencias, los modos de pensar y de ver de nuestros hermanos, incluso si están lejos de nuestros gustos y de nuestras ideas. Y esto vale sobretodo en las relaciones personales con Dios. No seremos nosotros quienes quitemos de la mano a la viuda las dos moneditas con las que manifiesta su amor a Dios, ni tampoco las despreciaremos, tanto más que conocemos el juicio de Cristo en esta circunstancia (cf. Lc 21,1-4; Mc 12,41-44), ante todo pesado para los ricos y debería hacer reflexionar también los ricos de la cultura, cuando les agrada más especular y discutir sobre el misterio de Cristo que vivirlo en la oración, con corazón simple y bueno.

Si a muchos el símbolo del Corazón de Cristo habla, nutre sus vidas espirituales, les descubre el amor de Dios y de los hombres, ¿por qué debemos contrariar a estos hermanos nuestros? Si este Corazón les habla con un lenguaje de amor y de dolor, de oblación y de reparación, hasta la ofrenda total de sí mismo, como Cristo se ofreció, ¿qué derecho tenemos a controlar y contradecir los dones del Espíritu?

Para estos hermanos nuestros, humilde pueblo de Dios, el símbolo del corazón no es un valor del pasado, un recuerdo solo histórico; un valor presente, vital que sostiene su existencia. “Spiritus ubi vult spirat…” (Jn 3,8). Es el Espíritu de libertad. En la fraterna búsqueda del único amor de Dios, respetamos las varias inclinaciones, los caminos diversos a los que llevan.

Si a alguno de nosotros el símbolo del corazón no le va y preferimos volver la mirada a la transfixión de Cristo en la cruz (cf. Jn 19,33-37) nadie nos critica en nuestra contemplación; es más los hermanos que prefieren el símbolo del corazón vuelven con nosotros “la mirada a Aquel a quien traspasaron”, y nos encontramos, unidos, en el mismo misterio del amor de Cristo.

Continuará…
 

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