Cuaresma dehoniana (IX)

Mirarán al que traspasaron

La reflexión teológica post-pentecostal de Juan

Cristo proclamó en voz alta: “Si alguno tiene sed que venga a mí y beba. Quien cree en mí, como dijo la Escritura: ríos de agua viva manarán de su seno” (Jn 7,37-38).

La explicación teológica de este símbolo del “agua viva”, no es de los exégetas o de los teólogos de quien procede, sino que es el mismo escritor inspirado, el apóstol Juan: “Y lo dice aludiendo al Espíritu que habrían recibido los que creen en él. Entonces, de hecho, el Espíritu no estaba aún, porque Jesús aún no había sido glorificado” (Jn 7,39) .
La efusión del Espíritu de Cristo por lo tanto está unida a la “glorificación” (de Cristo), que, para el cuarto Evangelista, es el ahora de la “cruz” (cf. Jn 12, 23-24 y 17,1).

La transfixión de Cristo es presentada por ello a la luz pentecostal en la que la contempló el Apóstol mismo, y el texto bíblico citado por Jesús con ocasión de la fiesta de los tabernáculos (Jn 7,38), se convierte para Juan en luminosísimo: el “agua” que prorrumpe de su costado traspasado es el signo del espíritu que che él efunde sobre su Iglesia, representada a los pies de la cruz por María y por el Apóstol predilecto .

Convocándonos a los pies de la cruz para asistir al golpeo de la roca o transfixión del costado, el cuarto Evangelista nos llama a vivir el culmen de los momentos “pentecostales” propios de sus escritos .

Juan nos invita a asistir al prorrumpir del río de “aguas vivas” entrevisto por Ezequiel y por Zacarías.

Cristo es el verdadero “Templo-fuente de aguas” mostrado en visión a Ezequiel (Ez 47,1; cf. Jn 2,21).

Cristo es el enviado de Dios, del que habla Zacarías, “traspasado” por su pueblo y se convierte en fuente que mana para la casa de David, donde lavar el pecado y la impureza (Zac 12,10; 13,1; cf. Jn 19,37).

 

Este “pentecostés” purificante y regenerante (cf. Ez 36,25-27) hizo irrupción sobre el mundo en el solemne silencio de la muerte de Cristo: “Unus militum lancea latus eius aperuit, et continuo exivit sanguis et aqua!” (Jn 19,34).

Jesús transmitió su espíritu a la Iglesia en el signo del “agua” prorrumpir de su costado traspasado.

“El Espíritu que da la vida —afirma el Vaticano II— una fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4,14; 7,38-39); para él el Padre devuelve la vida a los hombres, muertos por el pecado” (LG 4); además, “el inicio y el crecimiento (de la Iglesia) son significados por la sangre y por el agua que salieron del costado abierto de Jesús Crucificado” (LG 3).

Bajo los ojos atónitos de María y Juan se realiza un antiguo proyecto de Dios, delineado en la figura veterotestamentaria de la roca golpeada por Moisés y hecha fuente de agua viva para el pueblo en camino hacia el monte de Dios: “Petra autem erat Christus” (1 Cor 14,4).

La presentación del costado abierto de Cristo, como “fuente bautismal” de la que nace la Iglesia, no es por lo tanto, poesía de cuatro cuartos de un místico en contemplación, sino “kerygma”, predicación apostólica .

No es difícil captar el sentido de este “pentecostés” joánico: el Espíritu Santo fue el sostenimiento de Cristo en las tentaciones de su vida (Lc 4,1-2) y en su indisponibilidad al pecado, sobre el cual triunfó plenamente en el momento de su muerte. En el don del Espíritu, significado por el agua manada de su costado traspasado, Cristo nos deja el secreto de su logro; quiere habilitarnos para vivir su “éxodo”, su “pascua”, su “alianza” y “adquisición” sacerdotal al Padre (cf. Rom 7,6; 2Cor 3,6-9; Ef 1,14).

Este incipiente sacerdocio, destinado a un crecimiento eclesial hasta la medida de la plenitud de Cristo (Ef 4,13), llamado a celebrar la gran liturgia de la fidelidad de Cristo al Padre, bajo la guía del Espíritu (Rom 8,13-16; Gal 4,6; 5,16.22-23).

Muchas veces el Vaticano II alude a la acción “consagrante” del Espíritu que hace de nosotros un pueblo sacerdotal: “Para la regeneración y la unción del Espíritu Santo los bautizados son consagrados para formar un templo espiritual y un sacerdocio santo” (LG 10).

“Siendo dedicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo, los laicos “con cualquier obra o sufrimiento, si es cumplida o soportada en el espíritu, ofrecen “sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo” (LG 34).

“El Señor Jesús hace partícipe a todo su Cuerpo Místico de la unción del Espíritu con la cual fue ungido: en ello, de hecho, todos los fieles forman un sacerdocio santo y real, ofrecen a Dios hostias espirituales por medio de Jesucristo” (PO 2).

Pero si el Espíritu es el “don” del costado abierto del Salvador, nosotros podemos afirmar que de su costado nació la Iglesia, “pueblo sacerdotal”, “esposa… fiel”.

Para una exhaustiva lectura del signo de la transfixión de Cristo, no es necesario, de hecho, olvidar la imagen poética y a la vez profética con la que el Autor sagrado del Génesis nos describió el origen de la mujer (Gn 2,21-22). Esa poesía profética se convierte en realidad cuando el Redentor efundió de su costado abierto agua purificante para lavar y santificar la humanidad, para que se convirtiese en su esposa gloriosa y sin mancha (Ef. 5,25-27).

“La Iglesia… es así descrita como la inmaculada esposa del cordero inmaculado…”, esposa a la que Cristo “amó… y por ella se dio a sí mismo para santificarla… que se asoció con pacto indisoluble” (LG 6) (cf. LG 39).

Sobre este aspecto “pentecostal” del signo del costado abierto han insistido mucho los Santos Padres de la Iglesia…

Continuará…

 

 

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