Cuaresma dehoniana (XXV)

Mirarán al que traspasaron

El espíritu de oblación

Esta disponibilidad al servicio de Dios y de los hermanos es el Espíritu de oblación que nuestro Fundador nos dejó como típico de nuestra vocación .

La contemplación del signo de la transfixión hará de nosotros no solo usuarios, sino también testigos de la plenitud de Cristo. El “testimonio” del Evangelista se convertirá en el nuestro, con el fin de que todos crean (cf. Jn 19,35) y recurran al don de amor del Espírtu, “diakonía Pneúmatos” disponible para ellos sobre el camino de la vida. La dimensión horizontal de nuestra espiritualidad se configura, es decir, ante todo como “testimonio” de cuanto hemos visto con los ojos mismos de Juan, porque también otros se familiarizan con la sensibilidad teológica de este Evangelista y se sacien con alegría en las fuentes de la salvación (Is 12,3).

Este momento “profético” de nuestro apostolado viene integrado desde el momento “ministerial” que nos ve comprometidos en repetir el signo de la transfixión en la fuente bautismal y en la mesa eucarística, para actualizar el servicio del Espíritu, “diakonía Pneúmatos” en favor de cada “viatore” sediento y cansado.

Nuestra actitud en la Misa, en la adoración eucarística y en todos los actos de piedad de la vida cotidiana, debe ser la de ofrecer nuestra vida y nuestra muerte con Cristo al Padre, para la salvación de los hombres.

Esta actitud de oración se revela de una particular eficacia si se realiza como práctica de vida y de apostolado, luchando, por Cristo y con Cristo, contra cualquier forma de mal, de deshonestidad, de injusticia que se perpetra en el mundo contra Dios y contra los hombres.

Es más, el sacrificio que requiere este don de servicio de la vida, es la prueba más segura de la sinceridad de nuestra oración.

Continuará…

 

 

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