Cuaresma dehoniana (XXVI)

Mirarán al que traspasaron

RECONCILIACIÓN DE AMOR CON DIOS Y ENTRE LOS HOMBRES

Para realizar la reconciliación de amor con el Padre y entre los hombres, en Cristo, es necesario quitar el obstáculo más grave a la penetración del amor: el pecado.

La Escritura nos enseña que toda consagración de personas y de cosas al culto de Dios, cada acto de oblación debe estar precedido de una purificación (cf. Ex 29,4.7.36-37; Lv 8,6.12; Hb 9,14).

El agua que mana del Cristo traspasado en la cruz adquiere para nosotros el amor de Dios, nos consagra a su culto, tras habernos purificado por nuestros pecados. No puede ser de otra manera, porque el pecado es la negación de Dios, el rechazo de su amor.

“En aquel día —afirma el profeta Zacarías— habrá una fuente que brota para la casa de David para lavar el pecado y la impureza” (13,1); y el Apóstol Pablo escribe a los Corintios: “Vosotros fuisteis lavados, santificados, justificados en el Nombre del nuestro Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1Cor 6,11).

Del Cristo traspasado sobre la cruz, según la perspectiva teológica joánica, nos viene el Espíritu que lava, reconcilia, santifica (cf. Jn 3,14; 7,33-39; 8,28; 12,23-33).

Continuará…

 

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