Cuaresma dehoniana (XXVII)

Mirarán al que traspasaron

Quitar el obstáculo al amor

La liberación y purificación del pecado es el primer y necesario efecto de la redención: quitar el obstáculo al amor. Jesucristo, de hecho, “Aquel que nos ama y nos ha liberado de nuestros pecados en su sangre” (Ap 1,5) (cf. Hb 2,17; Rom 3,24-25), para que nosotros pudiésemos devolver Su amor y reconciliarnos en el amor del Padre entre nosotros: “En esto está el amor: nosotros no amamos a Dios, pero Él nos amó y nos envió a su Hijo a expiar para nuestros pecados… Si Dios nos amó así, nosotros debemos amarnos mutuamente” (1Jn 4,10-11).

Cristo nos libera y nos purifica del pecado, dándonos el Espíritu vivificante, simbolizado por el agua que fluye de Su costado traspasado: “La ley del Espíritu vivificante en Cristo Jesús —afirma Pablo— te liberó de la ley del pecado y de la muerte” (Rom 8,2).

La invitación a este amor salvífico de Dios, realizado por el Espíritu y expresado en el signo del agua, resuena ya en Isaías profeta: “Oh, vosotros todos sedientos, venid a las aguas y quien no tenga dinero venga lo mismo… escuchad y vivirá vuestra alma, y concluiré con vosotros una alianza eterna” (Is 55,1.3). Qué triste es la constatación expresada por Dios por boca de Jeremías profeta: “Ellos abandonaron una fuente de agua viva, para excavar cisternas agrietadas e incapaces de contener agua. Y he aquí que su tierra es reducida a desierto… ¡Te castiga tu misma maldad, Israel, y te castigan tus infidelidades! Reconoce por tanto, y mira qué malvado y amargo es haber abandonado a Jahwe, tu Dios” (2,13-19 passim).

Continuará…

 

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