Cuaresma dehoniana (XXVIII)

Mirarán al que traspasaron

Reconciliación de amor con el Padre

La alianza es el punto de llegada del diálogo de amor humano-divino, iniciado por Dios, y Dios se comprometió a llevar a término este diálogo de amor, invitando a todos los hombres, no obstante las infidelidades de sus pecados, a la fuente purificadora (cf. Zac 13,1) que Él quiso que estuviese perennemente abierta en el costado traspasado de Cristo. A Él deberían volver la mirada los hombres de todos los siglos (Zac 12,10; Jn 19,37), para alcanzarnos la Pascua de la vida: el Espíritu vivificante, “esperanza que no desilusiona” (Rom 5, 5) que, reconciliándonos en el amor, nos hace hijos de Dios (Rom 8,14; Gal 4,6).

De la fuente del Espíritu, el costado traspasado, debemos todos continuamente obtener, mediante la fe y los signos sacramentales establecidos por Cristo (cf. Jn 6,35b; 1Cor 12,13).

Cristo traspasado es el sacramento del amor del Padre, la revelación de su voluntad indefectible de reconciliación, la invitación a volver, como el hijo pródigo, a su abrazo de perdón y de amor.

La iniciativa es siempre del Padre: es Él quien sale al encuentro al Hijo que vuelve, es Él quien lo devuelve a su puesto en la familia (cf. Lc 15,20).

Esta iniciativa de Dios en la reconciliación de amor la predijo Ezequiel profeta: “Derramaré sobre vosotros un agua pura y seréis purificados de todas vuestras impurezas. Os daré un corazón nuevo, pondré en vosotros un Espíritu nuevo, arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré en vosotros mi Espíritu y haré que tengáis en vuestro corazón mis preceptos y que los pongáis en práctica… y seréis para mí mi pueblo y yo seré para vosotros vuestro Dios” (Ez 36,25-28).

Este pasaje nos remite al segundo y principal efecto de la redención tras la destrucción del obstáculo del pecado, la reconciliación de amor; nuestro retorno “sacerdotal” al Padre.

De “pueblo sacerdotal” desconsagrado por el pecado, Dios nos hace volver a Él, dándonos un corazón “nuevo”, un espíritu “nuevo”, siempre mediante el signo del agua y de la sangre.

Como ya expresamente dijo Ezequiel (36,25-28): es el espíritu de Dios el artífice de nuestro regreso sacerdotal al Padre, y el Apóstol Pablo confirma: “Vosotros, habiendo escuchado la palabra de la verdad, el evangelio de vuestra salvación, y en Él… habiendo creído, habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido, el cual es la promesa de nuestra herencia para la salvación de los que han sido adquiridos, para alabanza de su gloria” (Ef 1,13-14).

Del costado traspasado del Cristo “pascual” debemos sacar el agua que nos lava del pecado y nos purifica (cf. Zac13,1; 1Cor 6,11); el agua que nos transforma en criaturas nuevas (Is 55,1.3; Ez 36,25-28; Ef1,13-14) y nos adquiere “sacerdotalmente” al amor del Padre (1Pd 2,5.9-10), en Cristo y como Cristo, que, “bajo la influencia del Espíritu eterno, se ofreció a sí mismo, inmaculado a Dios” (Hb 9,14).

Transmitiéndonos su Espíritu en el signo de su último respiro y en el signo del agua que prorrumpe de su costado traspasado, Cristo nos llamó a unirnos a su disponibilidad de servicio (espíritu de oblación) que obró nuestra reconciliación de amor con el Padre.

Continuará…

 

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