Curación de un leproso

homilia 2

El libro del Levítico (13,1-2. 44-46) nos explica el porqué de la situación del leproso narrada en el Evangelio. La ley exigía la marginación del leproso, declarado “impuro” y condenado a vivir fuera del campamento para que no contagiara la enfermedad. Es una medida profiláctica incluida en las normas morales o religiosas que regían todo el comportamiento social. Nos puede sonar a medida arcaica y superada en nuestra sociedad tan civilizada y progresista. ¿Cómo es posible que esto sea “palabra de Dios”?

Es bueno ser prudentes y, aparte de no juzgar tiempos pasados con nuestras medidas, tratar de ver si algo parecido sucede entre nosotros. Nos parece normal que en los hospitales haya zonas aisladas para enfermos de enfermedades raras y contagiosas. Nos parece una medida sana y prudente para evitar males mayores. Eso mismo hacían ellos poniendo a la gente lejos de la sociedad. No tenían otros medios. Además de eso, podemos pensar en la cantidad de círculos de seguridad o profilácticos que tenemos incrustados en nuestra mente y corazón que después revierten en lo político-social. Por razón de religión, sexo, cultura, dinero, raza, nación o procedencia ¿cuantas murallas y exclusiones hacemos? Nuestra sociedad impone muchas más diferencias y exclusivismos que la del tiempo del Levítico. Son normas que parecen no proceder de nadie, pero que tienen vida propia y están incrustadas en la mente y el corazón de “muchos” (que equivale a decir “todos”) Y es aquí donde el Evangelio puede poner el dedo en la llaga.

El Evangelio de Marcos (1, 40-45) nos cuenta la curación de un leproso. Un leproso valiente y sorprendente. Vamos a llamarle “rompedor” de esquemas y fronteras legales. Primero no obedece a la ley que le prohíbe acercarse a la gente y él busca y se acerca a Jesús. ¿Cómo se le puede prohibir al sediento que se acerque a la fuente de agua viva? El leproso había oído hablar bien de Jesús y no duda en acercarse para conseguir la curación. La vida estaba por encima de la norma.

Se acerca con humildad y con fe. Su petición es antológica: “Si quieres, puedes curarme”. Y además lo hace de rodillas. Refleja una confianza absoluta y en él no hay ninguna exigencia. Se pone a la disposición de la voluntad de Jesús en la que confía.

Este leproso es maestro de fe. Es humilde, no es exigente y es confiado. Pone el centro de su confianza en Jesús al que reconoce como alguien más que profeta y a alguien digno de “adoración”, es decir a alguien que está en la esfera de Dios.

Esta actitud conmueve a Jesús y le “desarma”; le toca y le dice: “queda limpio”. Y el leproso quedó sano.

Y ahora bien su segunda ruptura. Jesús le manda no decir nada a nadie e ir a ponerse en orden con la legalidad sacerdotal. Y el ciego desobedece a Jesús y se pone a divulgar por todas partes lo que Jesús había hecho con él y no se presenta ante los sacerdotes. Jesús le había curado; estaba sano. La ley y los sacerdotes le habían marginado y no le habían curado. No le hace falta otra cosa más que decir lo que él ha experimentado y vivido. Se hace o convierte en el primer apóstol por las tierras de Galilea. En poco tiempo había dado pasos de gigante en el descubrimiento de quién era Jesús y lo anuncia a pleno pulmón en su entorno. El leproso curado empieza a vivir en una nueva dimensión o realidad inaugurada por Jesús. Empieza a formar parte de la familia redimida por Jesús y ya no le hace falta integrarse en la “Ley” o la antigua alianza. Empiezan a surgir los brotes verdes del nuevo Pueblo de Dios.

Digamos que Jesús no es menos “rompedor”; hemos de decir que es más, porque Él inaugura y es la fuente de la Salvación y de la curación del enfermo. Jesús no duda en tocar al leproso. Jesús rompe fronteras y se iguala con el marginado. Cura y salva poniéndose a la altura o en el lugar donde está el “enfermo”. En este caso asume la impureza legal del leproso y queda él mismo afectado por la exclusión social. Ya no puede entrar abiertamente en las poblaciones y se queda en el descampado. Es como para pensar el cuadro. El leproso se integra y Jesús queda en las afueras. Jesús empieza ya a ser excluido porque estorba. Rompe demasiadas seguridades  y seguirle a él significa desprenderse de tantas cosas y de tantos prejuicios. Seguirle a él supone ir ligeros de equipaje y estar dispuestos a quedarse en las márgenes de los caminos. La exclusión mayor de Jesús será su muerte “fuera de la ciudad” en el monte de la calavera, el monte de los ajusticiados.

El Evangelio de Marcos empieza a invitarnos a mirar a los márgenes de nuestra vida para ver por dónde pasa hoy Dios. Es necesario acercarse o dejarse acercar por los muchos “leprosos” que tenemos en nuestro derredor. Es necesario tocarlos y mancharse con ellos. Es necesario ponerse en su situación y desde ahí clamar “VERGÜENZA” y hacer porque se derriben muchas de las murallas que evitan la integración y el reconocimiento de la dignidad de tantos hermanos que sufren discriminación injusta.

Hoy celebramos el día del enfermo. Es un buen día para que fijemos en ellos nuestra mirada y seamos capaces de tocarlos y quedarnos con ellos. Además de los enfermos pienso en tantos ancianos que padecen la “enfermedad” de la soledad. Cada uno de nosotros y nuestra sociedad podría hacer bastante más por ellos. Visitar a los enfermos y a los mayores es una antigua “obra de misericordia”. Intentemos ponerla en práctica; quizás no nos haga falta ni salir de nuestro portal para encontrar lugar donde ejercer la misericordia.

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