Dad a Dios lo que es de Dios

El P. Gonzalo Arnáiz, scj., comenta el evangelio del domingo XXIX-A  en el que Jesús pide que se de a Dios lo que es de Dios.

El elogio hecho a Jesús en el evangelio por los que son sus enemigos, es impresionante. Puede que le quisieran dorar la píldora para hacerle picar, pero dan de Él un testimonio difícil de refutar: “Eres sincero; enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias”. Sincero, verdadero, sin doblez, desinteresado y justo con todos. En pocas palabras no se puede decir más de la bondad de una persona. Un hombre así ya merece respeto y honra. Un hombre así puede atraer y seducir. Un hombre así puede ser escuchado y aceptado como maestro. También puede sugerir que un hombre tan cabal no lo puede ser si no está en Él “el dedo de Dios”.

Además de esto, en el evangelio de hoy (Mateo 22, 15-21), Jesús se nos manifiesta como alguien de una inteligencia nada común y sorprendente en un hombre de pueblo no iniciado en ninguna escuela filosófica del momento. Es todo un maestro a la hora de sortear dificultades lógicas aparentemente insolubles. Tiene delante de él a los “inteligentes” del pueblo . La pregunta que le lanzan a Jesús sobre si se puede pagar el tributo al César tiene “dinamita concentrada”. El dilema no tiene escapatoria posible; y un SI o un NO le acarrea desprestigio y condena bien sea por parte de la Ley de Dios (fariseos) o por parte de la ley romana (herodianos). Y Jesús sale del atolladero con un recurso insospechado. “Enseñadme una moneda del impuesto”. Se la muestran. Cazadores cazados. Resulta que ellos manejan monedas del impuesto. La pregunta que lanzan ya la tienen respondida en los corazones, porque se someten al pago de impuestos. Estará bien o mal, pero funcionan así. De palabra se declaran no colaboracionistas con el poder romano, pero en la práctica se acomodan al poder romano.

Jesús no les deja sin más ahí, con tres palmos de narices, sino que aprovecha la ocasión para desmantelar más ciertas seguridades y hacerles entrar en un proceso de cambio o conversión para que encuentren “el camino de Dios”. Ante la moneda con la cara e inscripción del Cesar, les responde con una frase que se ha hecho paradigma cultural: “Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”.

Una frase que se ha utilizado para hablar de los dos poderes (civil y religioso), de su independencia y autonomía. Una frase que hoy se entiende de una manera distinta a lo que se entendía en la sociedad antigua. Antes imperaba el poder religioso sobre el civil. Ahora al poder religioso se le encierra en “las sacristías” y pasa al  “sector“ de lo estrictamente privado.  Pero es muy posible que ni hoy ni en la antigüedad se entienda esta frase como la entendía el mismo Jesús, que es a quién hay que escuchar. Lo válido es lo que Él quería decir y después sacar las consecuencias para el momento presente.

En el A.T. encontramos resonancias de lo entendido por Jesús, porque Él bebe del agua de ese pozo. Isaías 45, 1-6,  nos sorprende en la lectura de hoy proclamando a Ciro, rey de los persas, como Mesías o Ungido de Dios. En breve, diremos que Isaías está afirmando que YHWH es el único Dios, y por lo tanto también lo es de los Persas y de todos los pueblos de la tierra. No hay otro Dios fuera de YHWH y este Dios es el Señor del Universo y todos los reyes de la tierra le están sometidos aunque ellos no lo sepan o crean servir a otros dioses. Este Dios, que lo es de Israel, no está sometido a frontera alguna, ni de raza, ni de tiempo, ni de religión, ni de espacio; y por medio de su Espíritu hace que el decurso de la historia vaya caminando hacia donde Él quiere.   Es capaz de escribir derecho con renglones torcidos. Es capaz de hacer de las necesidades de Ciro, las virtudes de devolver al pueblo de Israel a su tierra de siempre.

Jesús tiene clara siempre la supremacía de Dios sobre el cielo y la tierra. Dios es el primero y el último. A Dios hay que amarle con todo el corazón. No caben parcelas autónomas o independientes o indiferentes a Dios. No cabe el reparto zonal de esto para mí y esto para ti. Dios en todas las cosas. Todo es de Dios y nadie compite con Él en su terreno. Por lo tanto del dicho de Jesús hay que excluir que él pretenda marcar zonas o divisiones de competencia entre Dios y el Cesar. El Cesar no es comparable a Dios.

Jesús no se muestra anti-romano ni tampoco a favor de los romanos. Y no es indiferente o pasota. Jesús está a favor de los hombres (imágenes de Dios), de los más pobres y marginados. Si los poderes de este mundo, sean del Cesar, sean de las religiones, sean de quien sean, están en contra del valor “hombre”, si estos poderes fustigan a los pequeños, Jesús se opondrá a ellos. Una oposición que es siempre una invitación a la conversión, a entrar por las vías de la justicia y de la paz; nunca será una oposición violenta o que incite al odio y al asesinato. Jesús es radicalmente un no violento activo. Jesús pone en su sitio al Cesar y a cualquier otro poder. Ninguno de ellos es Dios y por lo tanto ninguno de ellos es absoluto. Todos los poderes deben estar al servicio del hombre, porque es hijo de Dios y para Dios cada hombre –desde su nacimiento hasta su ocaso, y siempre- es “valor absoluto”, es objeto de su amor y por eso suscita y sostiene su existencia. Para Jesús el primero es Dios, y por eso mismo lo es también el hombre. Con san Ireneo podemos decir que para Jesús la causa de Dios es la causa del Hombre.

Para el seguidor de Jesús no existen dicotomías. No puede darse una realidad mundana donde se actúa como si Dios no existiese (por ejemplo en la economía, en el trabajo, en el ocio) y otra realidad donde “cumplo” con Dios (por ejemplo voy a misa los domingos). El mundo de Dios está referido al Dios del mundo. Y viceversa. Está claro que las realidades creadas, tienen su propia autonomía, pero siempre están referidas a Dios. Y esto no es quitarles subsistencia sino garantizársela. Dios no es enemigo del hombre, sino que es su más fiel amigo y posibilitador. Dios es la garantía de todo lo humano. El seguidor de Jesús testifica a Dios en todo su ser, en toda su actividad. Lo testifica sirviendo a la causa del hombre. Nunca impone nada. Ofrece.  

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.

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