Desde el Casale con los ojos cerrados

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Miro al norte y ahí está la Galia. Miro al sur y veo la Mauritania. Lo hago con los ojos cerrados, espantado de ver el mal, pero con la intención de regresar a la Roma capital de un imperio, de una civilización, de un mundo… que pasó. Los abro y miro en dirección este, y justo ahí entre árboles que siguen creciendo poco a poco se entrevé la torre del casale de San Pío V. Allí fue la visión del santo papa dominico, la visión de la derrota militar de Lepanto que permitió la consolidación del imperio cristiano moderno, que llegó hasta 1914, que se des-pedazó entre el 14 y el 18, que se des-almó en la peor de sus posibilidades entre el 40 y el 45, que se des-animó entre el 45 y el 2001. Violencia, hambre, religión, razones y sinrazones, verdades como puños y puños de verdad. Y miedo. Miedo a morir, a que me maten y, por eso, lo que sale es morir matando a quienes me acusan de haber vivido matando. Y algo de verdad hay. Pero tanto yo, como muchos de los que conozco y quiero viven, trabajan y pelean no contra nadie sino por tener lo que tienen, vivir como viven y morir con la satisfacción y decencia de una vida que mereció la pena. Pero quien me quiere matar dice que no veo, que mi serena vida solo es posible por el reguero de hambre, violencia y robo que yo y los que son como yo, organizados en nuestros estados y economías al norte, llevamos a cabo, serenamente, cada día. Y por eso Dios está de su parte, y si bien es cierto que, porque es Grande y Misericordioso, no admite la falta de magnanimidad (el alma grande) y misericordia (el corazón vuelto al mísero) será clemente con sus violencias, porque son respuesta ‘proporcionada’.Quienes de los míos son de familia musulmana lo tienen claro. Hemos abierto las puertas de casa a una inmigración en la que se ha colado la ira, la venganza y la lucha por otro imperio, otra (in)civilización(?). Y no hay solución intermedia. Por lo pronto, todos fuera. Y, cierto, eso choca con los rudimentos de mi sensibilidad cristiana, europea y humana. Pero… ¿cómo se hace en este ‘mientras tanto’? Una vez que enterremos los cuerpos, los lloremos y los dejemos a su suerte de vida truncada indignamente… ¿qué pasará?, ¿qué voces se alzarán?, ¿qué respuesta daremos? El problema son los ‘entre-tiempos’. Viene el poema de Brecht con toda su serena bofetada en la cara del alma. Vi pasar y sentí miedo con los de la ETA, pero aunque yo era español pero no guardia civil, militar o policía, o de este partido o del otro… hice entre poco y muy poco hasta que un cara, un rostro, para mí lo cambió todo (lentamente, pero todo cambió): la foto en blanco y negro de Miguel Ángel Blanco. Vi pasar y sentí miedo cuando el 11-S, y me dolió porque pude poner caras muy concretas al señor menesteroso que vendía botellas de agua delante del WTC, o a los mexicanos de origen aragonés que vendían ensaladas a los brockers de Wall Street y programaban para el siguiente verano, porque todo les iba bien, venir a conocer la tierra de sus padres; me acordé, me dolió, pero como había un océano de por medio se pasó. Pero lo que no se me ha pasado es el frío que siento desde lo más profundo (como esta noche del 13 al 14 de noviembre) desde que vi el 11-M, en Madrid, por la tele. ¿Cuántos trenes he usado y visto pasar? ¡Los que he podido! Pero esta vez, ¡eran tantos!, tantos nombres, tan reconocibles por ser tan comunes. En EE.UU. no permitieron imágenes. Nosotros sí. Y algunos de quejaron, pero es que tenemos que mirar, ver y… decidir: si dejar pasar la procesión de ‘diferentes’ que empezó a contabilizar Brecht o plantarnos en medio del camino y actuar. A los cristianos de Siria, Camerún, yo qué sé…, de allí donde estén el ISIS, el Estado islámico, Boko Haram o lo que sea, les hemos visto pasar, pero como son africanos, cristianos y qué sé yo qué más o qué menos… no-he-ni-hemos-hecho-nada… n-a-d-a.

Y llego, finalmente, a hacerme la pregunta: ¿qué hay que hacer? Y surgen tantas respuestas, porque pareciera que tengo tantas almas (cristiana, europea, occidental, democrático-social-liberal-internacionalista-humanitarista…) que no sé qué hay que hacer. Y es que eso eso: estamos divididos por dentro. Cogemos un poco de cada cosa… y al final entre tanto pincho no sé qué he comido: no tengo hambre, pero no sé decirte qué he comido. Y semejante dieta todos los días, no hay cuerpo que lo resista. Por eso, entonces, algo hay que hacer. Y no sé el qué. En mi cobardía intelectual (seguro que es eso) solo me permito escribir esto y pedirte: dime qué hay que hacer.

Solo he querido, paradójicamente, indicar, entre los muchos, un grave problema: nuestro ver. Desde el Casale, para ver, paradójicamente, ¡he cerrado los ojos! Y algo he visto: lo que he querido. Mucho me he perdido. Por su parte, mis enemigos, los de los gatillos de París, miran por sus miras telescópicas de armas de grueso calibre. Y lo que ven al otro lado son seres, no nos quepa, pero sin alma, o bien, con alma sucia. Y me vuelve el escalofrío, ¿qué hago ante uno así? Y me viene una frase de un director de cine ruso, Sokurov, que decía en una entrevista al Correire della Sera: “Los retratos son el alma de Occidente (por eso no hay diálogo con el Islam)”.

Abro los ojos y me pregunto, te pregunto: ¿qué hacemos?

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