Diario de Voluntariado Dehoniano: Mozambique (II)

Mozambique

“En esta, nuestra penúltima semana de experiencia, comenzamos a construir una palhota (casas tradicionales de madera), la cuarta, para un hombre y su hijo, y pudimos ver —por primera vez— la “casa” en la que vivía anteriormente. Constituida por unas ramas de palmera y algunos trozos de madera que el hombre había conseguido por la calle, más bien era una simple cabaña para refugiarse de la lluvia.

Probablemente ocupaba el mismo espacio que los cuartos de baño de nuestras casas y el suelo era la propia tierra, repleto de todos los insectos que os podáis imaginar. Con la ayuda del hombre, que pese a su edad y a que éramos varias personas las encargadas de realizar el trabajo, echamos toda su vida al suelo para construirle una nueva en la que, al menos, no viva rodeado de insectos ni se moje cuando llueva como lo hace aquí.

Como ocurre siempre que vamos a algunos de los barrios de la ciudad a construir una nueva casa, todos los niños de la casa se acercan a contemplarnos pues para ellos somos todo asombro. Entre ellos estaban tres niñas que habíamos conocido en la celebración del primer domingo aquí y que, obviamente, se acordaban de nosotros. Para ellas, al igual que para el resto de niños, somos “mana” Marta y “mano” Jonathan, una forma cariñosa que tienen aquí de llamar a la gente que consideran amigos.

Esa misma tarde volvimos a jugar al fútbol con los jóvenes del Seminario y les llevamos unas equipaciones de fútbol que habíamos traído y guardado a la espera de ver a quién le podrían hacer más falta. Estos chicos disfrutan como niños jugando al fútbol, y los fines de semana juegan contra otros equipos de la ciudad. No tienen camisetas iguales que les diferencie como equipo ni como hermanos que son, así que creíamos que nadie mejor que ellos.

Ojalá pudierais ver sus caras y los saltos de alegría que dieron cuando se las entregamos. Tienen entre 16 y 22 años aproximadamente, pero parecían niños de cinco años con un juguete nuevo. Ese ha sido uno de los momentos en los que más hemos valorado nuestra experiencia y el poder pasar un rato con ellos cada semana. Además, estos chicos ni viven en la calle ni les falta comida o agua, pero representan enormemente el espíritu de este país: siempre agradecidos, felices y generosamente hospitalarios.

Vamos alternando las labores que hacemos en la construcción de palhotas, así como las personas a las que ayudamos en su trabajo, siempre con Donato al mando, una especie de capataz que tienen los padres y que se encarga de organizar el trabajo, comprar los materiales y valorar quién tiene mayor necesidad de vivienda. Algunos días vamos a colaborar con el equipo encargado de levantar la estructura de madera y otros a ayudar a cubrir esta con una mezcla de tierra y agua.

Por eso, el viernes fuimos a “maticar” (cubrir de barro las paredes de madera) la palhota de una mujer que rondaría los 90 años. Al verla, nos sorprendió enormemente que, pese a lo agradecida que debía estar, la expresión de su cara solo denotaba tristeza y soledad. Una de las pocas cosas que decía era que no tenía cama. A algunos eso nos partió el alma por lo que tiene que ser para una señora tan mayor tener que dormir en el suelo y ya estamos pensando en qué podemos hacer para comprarle un colchón y construirle una cama de madera. Al menos, nos quedamos más tranquilos pensando que, aunque esa mujer estuviera muy sola, ahora ya tendría un techo bajo el que vivir. Probablemente sea la parte más dura de todo esto: ver las condiciones en las que vivían las personas a las que estamos ayudando para tener un hogar y, sobre todo, pensar en aquellas otras a las que todavía no les ha llegado la oportunidad de que el padre Sandro tenga los medios necesarios para ayudarles. Personalmente nos consideramos dos personas bastante conscientes con este tipo de cosas y comprometidas, pero estamos seguros de que, aun así, esto marcará un antes y un después en nuestras vidas cuando regresemos a España.

Haciendo un alto en el camino, queremos dedicar un pequeño espacio para hablar del padre Sandro. El día que viajamos con el desde Alto Molocue hasta Quelimane, parecía un tipo mucho más serio e introvertido de lo que finalmente ha acabado siendo. Ha sido uno de los grandes descubrimientos de nuestro viaje y, gracias a él, nuestra aventura aquí está siendo mucho más cómoda y, sobre todo, divertida. Le hemos cogido mucho cariño y no paramos de reírnos con él en todo el día. Le vamos a echar de menos.

También merecen igual reconocimiento el padre Tadeu, que lleva aquí sólo unas semanas, y los padres Toller y Aldo. De estos últimos estamos esperando su regreso de Maputo, donde han ido a pasar unos días, para que nos cuenten algunas de sus experiencias. Ya nos han adelantado que, por ejemplo, el padre Toller fue secuestrado por guerrilleros dos veces durante la época de la independencia como colonia portuguesa. El padre Aldo, por su parte, es cirujano y sale de casa después de la misa matinal y no regresa hasta la cena; así cada día.

Las hermanas Agustinas, una Congregación de monjas adorables que viven cerca de nuestra comunidad y con las que los padres de aquí guardan una estrecha relación, nos comentaron hace unos días después de una misa en su comunidad que conocían a una costurera que podría hacernos prendas típicas del país. Así pues, este fin de semana, vinieron a recogernos y nos llevaron a conocer a esta señora. Llevamos unas cuentas “capulanas” (telas típicas africanas) y nos cogieron medidas para tallarnos algunos vestidos, camisas, etc.

Con estas mismas hermanas compartimos el martes una cena por la celebración de San Agustín, su fundador. A esta asistió como invitado de honor el obispo de la ciudad y miembros de muchas otras comunidades con las que están hermanadas. Y no es para menos. Son un grupo de cinco o seis monjas y otras tantas novicias —que se están preparando para la vida cristiana— encantadoras. No pueden ser ni más divertidas ni más hospitalarias; de hecho, una de ellas nos encanta a todos, siempre está riendo y provoca que todos los de su alrededor también lo hagan. Prepararon un auténtico convite para los invitados y ellas únicamente se dedicaron, en su propia celebración, de servirnos en las mesas y regalarnos bailes y cánticos típicos. Ya cuando nosotros terminamos y muchos se fueron, ellas cenaron lo que quedaba. Aquí hay una cultura de hacer que el invitado se sienta como en su propia casa que jamás habíamos visto.

Estos días también hemos seguido yendo al orfanato a pasar tiempo con las chicas. Muy especial fue el sábado, cuando llevamos camisetas blancas y pinturas textiles para que todas ellas pintasen su propia camiseta como quisiesen. Cómo no, entre todas nos pintaron una camiseta con sus nombres y los nuestros (siempre acompañados de “mano” y mana”) para dejarla como recuerdo en la comunidad donde vivimos.

Uno de esos días, entre juego y juego o entre juego y baile —donde, por cierto, nos dejan agotados intentándonos enseñar sus bailes típicos—, puesto que sentimos más confianza con ellas, les preguntamos algunas cosas sobre ellas, sus familias o sobre la comunidad donde viven. Ya hemos contado que nos sorprende mucho que son prácticamente como hermanas todas ellas y que es admirable como las que son más mayores cuidan de las más pequeñas de forma escalada como una familia. No obstante, más nos sorprendió escuchar la historia de alguna de ellas. María, por ejemplo, tiene 16 años y vive en Aldeia Da Paz desde los dos años cuando su madre murió y no se sabía nada de su padre. Como la de María hay otras historias similares: algunas niñas viven ahí porque sus madres están en prisión, otras porque sus padres han tenido tantos hijos que no pueden mantenerlos a todos y, otras, lo cual personalmente admiramos muchísimo, simplemente viven ahí porque quieren estudiar y es la única forma que tienen de conseguirlo. De hecho, Kleidy, una chica de 18 años, recorre cada día 30 kilómetros para ir a escuela. Son dos horas de camino y tiene que salir de casa a las cinco de la mañana. Vuelve a las cinco de la tarde. Y no pierde las ganas. Estudia una formación profesional de Gestión Medioambiental y espera poder ir a la universidad cuando termine. Esperemos que no esté tan lejos. Como ella, todas las que tienen más o menos 14 o 15 años, nos dicen qué quieren estudiar: una quiere ser abogada, otra piloto de avión, enfermera, etc.

Entre nosotros hablamos y muchos tenemos como “nuestras favoritas”, aquellas a las que hemos cogido más cariño o que nos parecen más nobles. A veces pensamos en, si pudiésemos, a quién nos llevaríamos. Y, a muchos, nos hace especial ilusión llegar a España, por ejemplo, y preguntar qué tenemos que hacer para que una de ellas pueda ir a España.

Se nos haría taaaan complicado elegir a una…”

Marta y Jonathan

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