Dios es amigo de la vida

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DOMINGO 31º – C

Confieso que me fascina la primera lectura del Libro de la Sabiduría 11, 22-12.2. Rezuma alegría, optimismo, esperanza, futuro, haciéndonos una fotografía de un Dios tremendamente entrañable. En el libro de la Sabiduría empieza a verdear y florecer lo que trabajosamente se ha venido fraguando a lo largo del Antiguo Testamento. Dios tiene un rostro afable y se le atisba un corazón que rebosa amor hacia lo creado en general y hacia el hombre en particular.

Taxativamente se afirma que Dios crea porque ama. No existe en la creación ninguna intención retorcida o interesada. Dios crea por puro amor. Y ama todo lo creado. Declaración asombrosa de que todas las cosas creadas son buenas. Todas. Nada maligno se le escapa al creador. No crea a nadie para que zancadillee a los demás con intenciones aviesas. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

La creación es un llamado de Dios a la existencia. Es una vocación. Dios nos llama a la vida. Dios te llama a la vida. El ser “llamados” es darnos la responsabilidad de “responder” al llamado positivamente o negativamente. Será respuesta positiva si nos ponemos en la onda de Dios y nos hacemos amigos de la vida; nos hacemos amigos de todo lo creado.

Permitid que traiga a colación la carta encíclica del Papa Francisco “Laudato si`”. Toda ella hace referencia a la creación y al cuidado que de ella tenemos que hacer. Cito los dos primeros números, pero sería bueno que la releyéramos para que no caiga en el olvido.

1. «Laudato si’, mi’ Signore» – «Alabado seas, mi Señor», cantaba san Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba»

2. Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto» (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura.”

Nada en este mundo nos resulta indiferente y si somos amigos de la vida hemos de cuidarla en todas las dimensiones: personas y el resto del mundo creado.

El Libro de la Sabiduría termina diciendo que el Señor corrige también con amor y poco a poco a aquellos que  funcionan como propietarios y dominadores y no como hermanos solidarios. Y los corrige para que se conviertan y crean en Ti, Señor, el amigo de la Vida.

En el Evangelio (Lucas 19, 1-10) podemos encontrar un ejemplo hermoso y práctico de “miradas”, “vocaciones” y “conversiones”.

Zaqueo, hombre de baja estatura y de baja calaña. Había vendido su dignidad de “hijo de Abraham” por un plato de lentejas. Era pecador público por recaudador de impuestos en favor de Roma y además era un ladrón de tomo y lomo. Tenía pocos amigos (nadie le dejaba ponerse delante) y colaboraba en mantener una sociedad injusta y antifraterna.

Era curioso y esta vez la curiosidad le iba a traer consecuencias inesperadas. Quería conocer a Jesús o ver qué hacía o decía. Lo quiere hacer como uno más y desde el anonimato y para ello se sube a la higuera. Buen punto de observación desde una relativa distancia y cierta seguridad para no ser arrollado. Cuando la comitiva de Jesús pasa por debajo y ya casi todo está para terminar, llega lo inesperado para Zaqueo. Cazador cazado. Jesús, alza los ojos, le mira y le llama por su nombre. Y además un imperativo: baja, que hoy tengo que hospedarme en tu casa. Algo inusitado. Jesús llama y habla con un pecador y además taxativamente quiere hospedarse en su casa. Dios-Padre, quiere que el “Hijo”, Jesús, se hospede en la casa del hijo descarriado. Jesús, obedeciendo el plan del Padre, busca lo que está perdido.

Zaqueo, baja, corre, saluda y conduce la comitiva a su casa. Entra en diálogo de amistad con Jesús. ¡Que hablarían! Ciertamente Jesús le hablaría del Reino de Dios y su justicia. Le presentaría las cualidades de ese Reino de amor, de vida, de fraternidad y de gracia. Lo cierto es que Zaqueo descubre en Jesús la Mesías y al Señor. Y se convierte y cambia radicalmente. El dinero ya no es su “norte”. No va a robar más y va a devolver todo lo robado con creces. Y esto lo hace con inmensa alegría porque ha descubierto la “perla preciosa” que es Jesús. Es capaz de vender lo que tiene para comprarla. Y Jesús también muestra su alegría al afirmar que HOY la salvación ha llegado a aquella casa. Restituye a Zaqueo su dignidad de hijo de Abraham. Jesús ha venido para salvar lo que estaba perdido.

Zaqueo en Jesucristo se apunta a la fraternidad. Ya no será más causante de injusticia social y se pondrá al nivel de los demás.

¿Cómo actualizar todo esto en nuestra vida?  El campo de actuaciones es inmenso.

Propongo que nos alegremos de que Dios es Amigo de la Vida y que todo lo creado es bueno. Nada está fuera del control de Dios. No hay fuerzas del mal detrás de lo creado. No hay encantamientos ni encantadores. No hay conjuros, ni despojamientos de nada.

El mundo es nuestra casa común. No la desordenemos. No la usufructuemos como si fuéramos sus propietarios. Cuidemos de ella porque nosotros también somos naturaleza y mundo.

No nos despistemos y veamos siempre detrás de todas las cosas la mano de Dios que las mantiene y crea constantemente. Sin Él, todo es nada. No subsistirían si Él no las amase ahora.

Dejémonos sorprender por ese Dios que sale a nuestro encuentro en Jesucristo. Él es el rostro de Dios que nos llama por nuestro nombre, nos mira, quiere hospedarse con nosotros, nos habla al corazón y nos invita a la conversión.

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