Dios es amigo de la vida

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Durante los domingos del tiempo ordinario del ciclo “B” vamos haciendo la lectura continuada del Evangelio de San Marcos. El domingo pasado, el evangelio terminaba con una pregunta que se hacían los discípulos al ver que Jesús calmaba la tempestad del mar: “¿Quién es éste?”. La pregunta introduce las siguientes catequesis que sobre Jesús va a dar el evangelista. Y hoy, el evangelio empieza a presentar algunas respuestas.

No me resisto a hacer un paréntesis para comentar brevemente la pregunta en sí misma. Al lector del evangelio de Marcos la pregunta “¿quién es este?” le hace resonar en su mente la pregunta que se hicieron los israelitas en el desierto cuando fueron alimentados con aquella especie de escarcha que se quedó con el nombre de “maná”; y es que maná significa justamente eso: “¿qué es esto?. El maná era pan bajado del cielo; la misma pregunta hecha sobre Jesús, va indicando o sugiriendo un trasfondo de “alguien venido del cielo”, de alguien que puede ser el enviado de Dios y que en principio no hay que descartar que sea el “mesías” o el “ungido de Dios”. Hay que hacer el recorrido de acercamiento a Jesús con un corazón abierto y una mente dispuesta a dejarse sorprender por las maravillas de Dios.

Volviendo al evangelio de hoy, hemos de decir que es el inicio de la senda para ir conociendo y profundizando en el ser de Jesús. Estamos ante el inicio de un caminar en la fe o de descubrir lo importante que es tener fe en Dios y en su enviado Jesucristo.

El evangelio nos sorprende con las biografías paralelas de dos mujeres que en un momento dado se cruzan en el camino de Jesús. Las biografías de estas mujeres son dispares pero con un mismo pronóstico final. Una de ellas es adulta y lleva 12 años viva “muerta”. Mujer con flujos de sangre es igual a estar totalmente marginada de la sociedad por estar manchada, ser impura, no tener descendencia y por lo tanto un cero a la izquierda en aquella sociedad. La otra “mujer” justamente a los 12 años (los mismos que la otra llevaba enferma) que ya empieza a ser casadera, enferma y muere.

Estamos tocando el tema fronterizo de la enfermedad y de la muerte. Un tema con muchas respuestas posibles pero ¿son todas igualmente válidas? La Palabra de Dios hoy da una respuesta desde la fe que entreabre las puertas del valor y significado que tiene la persona de Jesús.

La respuesta a este “enigma” de la muerte se enmarca en primer lugar con la lectura del Libro de la Sabiduría 1, 13-15. Un libro escrito pocos años antes del nacimiento de Jesús, cuyas palabras deberían cincelarse sobre nuestras conciencias (o corazones) para que superáramos ciertos miedos y ciertos prejuicios (sobre todo de castigo) sobre Dios y la muerte. “Dios no hizo la muerte, ni goza destruyendo la vida. Todo lo creó para que subsistiera”. Párense un poco y relean la frase. Admiren y saboreen lo que ahí se proclama porque es “evangelio”, es buena noticia. DIOS ES AMIGO DE LA VIDA. Todo subsiste por Él. DIOS NO DESCREA. Por lo tanto todas las cosas son buenas (ya lo decía el libro del Génesis) y todas las cosas llevan garantía de permanencia y de futuro porque les da su consistencia la fidelidad de Dios y su Palabra.

La postura de Jesús en el evangelio de hoy no hace más que retomar este mensaje y llevarlo a plenitud. Jesús cree en el Dios de la vida y por eso sabe esperar y ver más allá de lo puramente empírico o fenoménico. Va a la raíz y en esa raíz ve siempre la mano de Dios que guía nuestros pasos.

A la mujer que tiene flujos de sangre, con su mirada, su pregunta y su envío la pone a valer; le devuelve toda su dignidad y valor de persona. Jesús indica que el principio agente o desencadenante de la curación y de la salvación ha sido o es la FE de aquella señora. “Tu fe te ha salvado. Vete en paz y con salud”. También son palabras para releer, meditar y gozarse en ellas. Son “evangelio”, buena noticia. Paz, Salud o Salvación total o integral de la persona nos van señalando hacia aquél que va a ser Paz y Salvación. Dentro de nosotros está el recurso y la posibilidad de entrar por el camino que lleva a la vida. Tener fe en Jesús que es Él mismo la Paz y la Salud.

La narración de la resucitación de la niña va topándose con posturas difidentes y escépticas del personal que crea el entorno de la escena. Primero son los criados que cuando le avisan del fatal desenlace pretenden disuadirle al jefe de la sinagoga para que no moleste al maestro. Después son la gente del lugar domiciliar de la niña que se ríen cuando Jesús dice que la niña está dormida. Interesante lo de la dormición para indicar lo que nosotros llamamos muerte. Jesús tiene claro que la muerte no es la última palabra, puesto que esta última palabra la tiene el Dios de la Vida, el Abba, su Abba. Y porque cree en ello se atreve a decir el imperativo “Levántate”. Y la niña se “levantó”. Y Jesús mandó que la dieran de comer.

También en este caso Jesús pasa la primacía de la acción a la fe del jefe de la sinagoga. “No temas. Basta que tengas fe” le había dicho Jesús. ¿Tener fe en quién? Los milagros reseñados por el evangelista Marcos van siendo punteros o señales de pista que orientan o señalan a Jesús. Él es la Resurrección y la Vida. Eso se verá más adelante, pero ya ahora en el inicio de su evangelio va invitando a penetrar en la persona de Jesús para que descubramos en Él al “Evangelio del Hijo de Dios”.

Hemos de tener la valentía, hoy, de preguntarnos si “creemos en Jesús y su palabra”, si “creemos de verdad en la resurrección y en la vida eterna”. Creer en la resurrección y en la vida eterna hace que el tema de la muerte y de la enfermedad adquieran una nueva luz que relativiza la crudeza del enigma y no solo eso, sino que le da hasta un valor o un sentido a la misma situación de enfermedad y de muerte.

La segunda lectura siempre camina por su cuenta y no es fácil integrarla en el discurso homogéneo de la reflexión. Es “apretar” mucho pero Jesús se preocupa también por el alimento material como sustento de la vida e invita (manda) “darla de comer”. Otras veces será en plural: “dadles de comer”. La segunda lectura (2 Cor 8, 7 – 15) se trata de eso. Pablo conoce la precariedad de las comunidades de Jerusalén y la relativa abundancia de las de Corinto y les invita a compartir los bienes generosamente. Busca motivaciones teológicas para convencerles de la necesidad de compartir los bienes y tiene la habilidad de citar lo que sucedía en el campamento israelí cuando recogían el “maná”: “Al que recogía mucho no le sobraba, y al que recogía poco no le faltaba”. Al buen entendedor… Es bien importante que trabajemos por el sustento (no vivir del cuento) pero a la vez ser generosos y compartir porque los bienes son “nuestros” y no “míos”.

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