Dios es Comunidad de personas

Cuadro de la “Iglesia de Santiago de Puente la Reina”
Cuadro de la “Iglesia de Santiago de Puente la Reina”

Comentario al Evangelio del Domingo de la Santísima Trinidad.

Finalizadas las fiestas de Pascua, nos encontramos con la solemnidad de la Santísima Trinidad. Una fiesta para recordarnos que el Dios cristiano es “Trinidad”. Un Dios muy “singular” (aunque sea plural) con referencia a los otros “Dioses” monoteístas o únicos que profesan por ejemplo los judíos y los musulmanes. Está claro que las tres religiones (y el resto de religiones monoteístas) confesamos un mismo Dios, pero en nuestro credo particular no afirmamos lo mismo, o de Dios decimos cosas diversas.

Decir “Trinidad” y aparecen delante los fantasmas del miedo a penetrar o a tan siquiera otear el horizonte de lo que contiene esa palabra a la que de inmediato adjudicamos el nombre de “misterio” por lo que es mejor no tocarlo y dejarlo como está: es decir en una aureola de santidad, de respeto que es luminosa, pero impenetrable y, al final, casi intrascendente para la vida, porque funcionamos como si Dios fuera Uno y lo de Trino fuera un accidente colateral.

Y lo cierto sería decir que la revelación del Dios-Trinidad es algo de suma transcendencia para poder entender la historia, la antropología, la salvación y por lo tanto podemos decir que en ello nos va la vida y que no hincar (o no querer aproximarse) el diente en el misterio de la Trinidad es perderse con mucho lo mejor de la revelación cristiana. Es evidente que Jesús, sin Trinidad, sería un personaje ilustre metido en el archivo de la historia sin ninguna consecuencia práctica para nuestra vida.

¿Qué nos ha pasado con la Trinidad para que no sea moneda común en nuestra vida de fe?

No es fácil decirlo, pero puede habernos pasado que para salvar la unicidad de Dios hemos olvidado algo o bastante la diversidad en Dios. Recuerdo mis estudios teológicos en Roma sobre la Trinidad y los recuerdo con angustia o decepción. El tratado “de Trinidad” me parecía a mí un tratado de matemáticas teológicas que trataban de explicar lo uno en lo múltiple haciendo jeroglíficos lingüísticos que cuadraban en la lógica pura (como puede cuadrar un sudoku) pero que te dejaban frío el alma y el corazón. Se hablaba mucho de propiedades, de relaciones, de procesiones, de personas y de un solo Dios. Esto de la matemática podréis constatarlo vosotros mismos que si os pido dibujar la Trinidad nos viene enseguida el triangulo equilátero con el ojo en medio. Eso sí que es tratar de meter en un cajón triangular la inmensidad del Don de Dios.

¿Qué hacer para que la Trinidad entre en mi (nuestra) vida como algo constitutivo y principal?

Creo que hay que abandonar los miedos y sentirse libre para acercarse y tocar este misterio tan fascinante. Puede que nos queme, pero también puede que nos haga a nosotros fuego y podamos entrar a formar parte de sus entrañas sin diluirnos ni morir como personas.

La mejor forma de acercarse a contemplar este misterio es mirando a Aquel que se ha acercado a nosotros y nos ha desvelado la realidad de Dios. Y mirar a Jesús es sobre todo mirarlo en su gesta Pascual. Toda reflexión Trinitaria debe empezar por la Pascua o corremos el riesgo de patinar. El misterio de Dios se nos abre de par en par en la Pascua de Jesús donde se nos revela el Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Ya veis, para acercarnos a Dios nos movemos en parámetros de historia, de movimiento y de vida. Son parámetros contrarios a cierta filosofía esencialista que había impregnado la teología tradicional y que la habían metido en ciertas aporías o callejones sin salida. Afirmar la inmovilidad de Dios, su impasibilidad, su absoluta trascendencia, su simplicidad, su unicidad, etc., hacían muy difícil entender un Dios que se arrepiente, que sale al encuentro, que se abaja, que espera, rico en misericordia, y finalmente un Dios Padre de un Hijo que es enviado al mundo y que dona el Espíritu sobre toda carne para hacernos partícipes de su misma naturaleza (que es una palabra gruesa utilizada por Pedro).

Al empezar el curso de “Gracia”, a mis alumnos les decía que lo primero que tenía que hacer era dar un curso aceleradísimo de “Trinidad”. Era necesario entender que el Padre no era el Hijo ni viceversa; y que ni el Padre ni el Hijo eran el Espíritu Santo ni viceversa. Hay Padre porque hay Hijo (sino no sería padre) y hay Hijo porque hay Padre (sino no sería hijo)

El Padre lo es porque es la fuente, el origen, el principio sin principio, el generante no engendrado. El es el Amante que desde el amor engendra al Hijo, igual a Él porque le da todo lo que es de Él. Le da todo menos aquello que no puede dar por contradictorio y que es lo que marca la diferencia: Ser el Padre, el generante. El Padre es el amor Amante que se da en totalidad saliendo de sí mismo.

El Hijo es el engendrado, el regalado, el donado, el manado (manantial), el originado desde el Padre. El Hijo es el amor Amado, que se sabe todo Don del Padre y al que le entrega también todo su amor.

El Espíritu no es ni fuente (origen) ni engendrado (originado). El Espíritu es el nexo, la comunión de amor entre el Padre y el Hijo. Es el éxtasis de amor del Padre hacia el Hijo y del Hijo hacia el Padre. (Procede del Padre y del Hijo). Éxtasis que se desborda y rompe fronteras, a la vez que mantiene unido en un “nosotros en comunión” al Padre y al Hijo y hace que esa realidad no se rompa. El Espíritu es el Amor de Dios en acción tanto hacia dentro (ad intra) de la Trinidad como hacia afuera. Es el que puede reconducir todas las cosas a Dios (Padre) haciendo que Dios (Padre) lo sea todo en todos.

Dios es un volcán de Amor siempre en acción y en ebullición. Amor Trinitario que se despliega en la acción creadora y salvadora dejando su impronta trinitaria en todo lo creado. La creación es siempre “Crística” en el Espíritu para que por el Espíritu toda la creación, con mayor razón el hombre, vaya penetrándose o creciendo en “filiación” para que al final de la historia todos seamos hijos en el Hijo, gracias al Espíritu que se nos ha dado en el Bautismo y digamos por siempre ABBA.

El evangelio de éste Domingo nos presenta el final de Mateo (28, 16-20). Elegido porque en él se encuentra la primera confesión ternaria de la Trinidad del Nuevo Testamento. Por ser el final, es el resumen de todo su evangelio. Solo quiero hacer un breve apunte a algunas palabras.

“Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”. Emmanuel era el nombre de Jesús al inicio del Evangelio. Ahora Jesús, al final lo hace suyo avalado por toda la historia de su vida que demuestra que realmente ha estado de nuestra parte siempre y que ahora porque es el Hijo de Dios, también es para nosotros garantía de la presencia de Dios (P, H, E) siempre a nuestro lado. No hay que temer o tener miedo. Dios con nosotros siempre. El nombre de Dios es Emmanuel, que es Pascual: Está con nosotros caminando a nuestro lado siempre. ¡Una gran noticia! ¡Una buena noticia! Aleluya.

“Id y Bautizad en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Bautizar significa: sumergir, hundir, zambullir, vincular. La misión de bautizar es introducir, sumergir, penetrar, hundir, vincular a la persona con la vida Trinitaria. Es todo un proceso de acercamiento y de guía a los hermanos para que vayan descubriendo la anchura, la altura y la profundidad de este misterio de Amor. Estar bautizados es estar sumergidos o injertados en la Vida Trinitaria. Sabernos invitados a ser hijos en el Hijo y realmente serlo (puesto que somos hijos de Dios, dice San Juan) en y por el Espíritu que se nos ha dado. Junto a Cristo miramos al Padre y le llamamos ABBA dándole infinitas gracias por su Amor para con nosotros.

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