Dios está con nosotros siempre

El hijo de la viuda de Naím
El hijo de la viuda de Naím

Entramos en el “tiempo ordinario” de nuestras celebraciones dominicales y esto supone un esfuerzo de adecuación al ritmo catequético que interrumpimos con el tiempo de cuaresma y de Pascua-Pentecostés. En la Pascua hemos celebrado y contemplado la centralidad del misterio de la Salvación. Volver a recorrer un camino que nos ayuda a seguir profundizando en aquello que hemos contemplado cuesta un poquito. Pero lo vamos a intentar porque merece la pena seguir memorando los acontecimientos salvíficos de la vida misma de Jesús.

1 REYES 17, 17-24 nos acerca al profeta Elías. Un profeta grande en Israel que suele utilizarse como “tipo” de Jesús. La muerte acecha en la casa donde ha sido acogido “gratis” para realizar su misión profética. ¿Cómo va a castigar Dios a la persona que le acoge a él? Esa persona no ha pecado sino todo lo contrario. Elías recurre a su Dios y este le concede la sanación de aquél  niño. Se restablece la equidad. Pero ¿no será que no vale la ecuación: pecado-castigo? ¿No será que Dios está del lado de la viuda siempre y también en el momento de la muerte de su hijo?

La segunda lectura (Gálatas 1, 11-19) Toca el tema del carácter apostólico de Pablo. Aparentemente sin conexión con la temática de la primera lectura y del evangelio. Pero sí que podemos ver cómo le cambia la vida a Pablo al encontrarse con el Señor. Descubre que Dios está de su parte siempre. Y aunque tenga que pasar por azotes, naufragios, incomprensiones, fatigas y trabajos, nunca los verá como castigo de Dios sino como pruebas para las que basta la Gracia para ir superándolas y llegar a la meta que no es otra que el abrazo con el Señor en el momento de su “ida”.

El evangelio (Lucas 7, 11-17) nos narra el encuentro de dos comitivas: una de muerte, que sale de la ciudad conduciendo el cadáver del hijo de una viuda; la otra de vida que llega a la ciudad a proclamar el “Año de Gracia” del Señor.

Jesús no deja pasar la situación. Se hace cargo de ella y se solidariza de inmediato. El corazón de Jesús se conmueve y se pone del lado de la viuda. Sabe que con el hijo entierra todo su futuro. En Jesús no hay reclamos a Dios, ni palabras condenatorias de castigo. En Jesús se hace presente la misericordia de Dios. Dios está siempre del lado del hombre, del que sufre, del que muere. Nunca condena; nunca castiga.

Jesús, consciente de la cercanía de Dios le dice a la viuda “No llores”. Un mandato o imperativo sorprendente. Con Jesús cambia la situación. Hay futuro. El futuro es la vida. La muerte pierde su aguijón, su poder.

Jesús se acerca y toca el cadáver. Se implica hasta el fondo. No teme tornarse impuro al tocar al muerto. Y le dice: “Levántate”. Qué osadía o qué confianza. A Jesús no le cabe la menor duda de que Dios es favorable siempre y que es Amigo de la vida y que es la Vida. Jesús se manifiesta como alguien más que profeta, alguien de la “esfera de Dios” y que hace “obras” de Dios.

El joven obedece y se levanta. Y Jesús se lo entrega a su madre. La comitiva de muerte se vuelve comitiva de vida, de gente que da gloria a Dios y empieza a mirar a Jesús como un nuevo profeta. Un nuevo Elías y alguien más grande que Elías, porque habla en nombre propio: alguien que al hablar de Dios, nos dirá que es fuente de vida, que es amigo de la vida y que es siempre favorable a todos y cada uno de nosotros.

Nuestro mundo  vive atenazado por una cultura de muerte. Vivimos pertrechados con un montón de cosas donde creemos encontrar la felicidad y lo que nos producen son ansiedades, frustraciones, divisiones, peleas y en definitiva una muerte existencial; una desorientación radical, un no saber dónde ir.

Jesús – Vida, hoy nos dice a ti y a mí: Levántate. Sal de tu mediocridad, de tus indecisiones, de tu egoísmo, de tu vanidad. Ponte en camino. Apúntate a la comitiva de la Vida. Sígueme y encontraras la felicidad. Dejarás detrás de ti la ciudad amurallada y entrarás en campos abiertos donde disfrutarás la libertad de los hijos de Dios. No lo olvides: Dios nos ha visitado en Jesucristo. Dios está con nosotros siempre. Él es el profeta que nos guía a la vida.

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