Domingo de la alegría

homilia

En este domingo se nos invita a la alegría y el gozo pero no por decreto ley sino por un buen motivo: la Navidad está cerca.

Llevamos muchos años celebrando la Navidad y las cosas parece que siguen igual que siempre. Mejor dicho, cambiamos algo. Somos más mayores. ¿Por qué he de tener que alegrarme este año? ¿Qué novedad me trae la Navidad?

Ciertamente nuestro mundo en el que nos movemos y existimos está bastante afectado por el mal. Aquí, en Málaga, por las costas turísticas de nuestra hermosa geografía aparecen todos los días cayucos o pateras con migrantes que huyen de los “infiernos” de sus países y quieren entrar en el “paraíso” por ellos soñado de España y Europa. Además, existe un buen contingente de parados de larga duración que no tienen dinero para cubrir sus necesidades vitales y lo que es peor, viven su precariedad sumidos en la desesperanza y la depresión. En nuestro entorno encontramos revueltas e insatisfechos con su condición. Y si miramos más allá de nuestras fronteras vemos un mundo donde la paz parece alejarse más que avenirse a acampar entre nosotros.

De todo esto hemos de ser conscientes y no olvidarlo a la hora de hablar de la alegría del cristiano. El Papa Francisco, no desconoce esta realidad, sino que tantas veces la tilda de “vergüenza”; pero con todo ello nos escribe una encíclica que titula “La alegría del evangelio” y en ella nos invita a la alegría a pesar de los pesares. Por algo será. Y lo es justamente por lo que celebramos en la Navidad, que siempre es algo nuevo o novedoso.

El profeta Sofonías (13, 14-18) nos invita a pleno pulmón a gritar de júbilo, a alegrarnos y gozarnos de todo corazón. La razón principal es que el Señor ha cancelado nuestra condena. ¿Qué condena? Justamente de ese pecado del mundo que describimos como nuestro entorno. Hemos des-creado el mundo y lo llevamos por derroteros que parecen buscar el hundimiento de nuestra hermosa casa común que es la tierra. El pecado del mundo es la maraña de realidad bruta y negativa que entre todos hemos entretejido a lo largo de los siglos. Esa maraña del mal crece con nuestro pecado personal del que somos responsables.

El Señor ofrece la cancelación de ese pecado y su perdón. Perdón que llega con el don de su Espíritu.  Un perdón que es amnistía positiva porque restaura nuestra interioridad y la dispone para obrar el bien. Por eso, podríamos decir que “hasta aquí hemos llegado”: pero que vamos a intentar arreglar algo de estos desaguisados. En lo personal y en lo comunitario. Podemos gozarnos del perdón de Dios que nos precede y va por delante y a pesar de todo entrar en el gozo de ese Dios que siempre está con nosotros. Un Dios que nos ama, se goza y complace en nosotros sus hijos y que es el primero en alegrarse cuando de hijos pródigos nos volvemos a la casa del padre y tratamos de vivir como hijos esperanzados y seguros de ir de su mano.

La carta de Pablo a los Filipenses (4, 4-7) es la que da el título a este domingo de Adviento: el domingo “gaudete”. Alegraos en el Señor. Os lo repito, alegraos. Y la alegría es porque el Señor está cerca. San Pablo habla de la cercanía de la segunda venida del Señor. Para él, está ahí, a la vuelta de la esquina; y la espera con alegría, seguro de que el Señor es el que custodia nuestros corazones y vuestra vida. Nada hay que temer. Es cierto que esta cercanía del Señor, a pesar de que la segunda venida “tarda” en llegar, nos asegura que el Señor está cerca de su pueblo, cerca del que lucha con amor, cerca de aquellos que se hacen prójimos de los caídos en las cunetas de nuestra sociedad civilizada. El Señor se acerca a nosotros continuamente y le podemos acoger cada día.  San Pablo no elude en hablarnos de la oración y de la acción de gracias. San Pablo no elude que en la oración nos acercamos a Dios y que en la eucaristía (acción de gracias) es el lugar privilegiado para este encuentro. No lo olvidemos. Tanto en Adviento como en todo tiempo, la eucaristía es momento privilegiado para el encuentro y la acogida del Señor. Encuentro y acogida que nos transforma, motiva y empuja para realizar los otros encuentros en el cada día de nuestras vidas. La eucaristía es culmen y fuente de la vida cristiana. La vida cotidiana, los encuentros con el Señor que nos depara el cada día, nos llevan a la eucaristía y la eucaristía nos lleva a la vida cotidiana para realizar lo celebrado en ella.

El Evangelio de Lucas (3, 10-18) nos habla a Juan Bautista predicando en el Jordán. Ya nos lo presentó en la lectura del domingo pasado y ahora lo vemos en plena acción. Ha hablado de la necesidad de la conversión; y los que lo escuchan le preguntan el cómo tienen que proceder para convertirse. Interesante ver que la conversión pasa por “el bolsillo” o los intereses pecuniarios de los que le preguntan. Convertirse es repartir con el que no tiene, no hacer extorsión, no aprovecharse de nadie, ser justos en las transacciones comerciales… Convertirse no es solo decir o darse golpes de pecho; es actuar de una forma determinada que transforma la realidad social. Convierte en fraterno lo que hasta ahora había sido antifraterno. Su mensaje empieza a abrir paso al que Jesús desgranaría en sus bienaventuranzas. Hemos de tener presente estas sobrias indicaciones de Juan para revisar nuestra puesta a punto de cara a la Navidad.

Pero quizás tengamos que destacar de Juan Bautista su honestidad como persona. Es sincero hasta el final y no se aprovechará él de la ocasión que le brindan para hacerse pasar por el Mesías. Afirma taxativamente que él no es el Mesías. No es digno de desatarle la correa de sus sandalias. No tiene ninguna potestad sobre él. El Mesías es mucho más que Él. A él le toca preparar el camino al que viene detrás de él y llegado el momento lo indicará como Aquél al que hay que seguir.

Juan es el último de los profetas. Para la Iglesia, el más grande entre los profetas. Le toca cerrar una época de la historia de la salvación y abrir otra preparando el camino del que tenía que venir: Jesucristo. Y Juan hace bien esa preparación. Prepara el camino dedicando a esa labor toda su vida. Una vida sobria y austera en el desierto y a orillas del Jordán. Hombre de oración sobre el que viene la Palabra de Dios, la acoge y da el testimonio que Dios le pide, llevando una vida coherente con su evangelio o buena noticia.

Hoy se nos pone como figura del Adviento. Es un buen modelo para que nosotros sepamos como él preparar el camino al Señor. Escuchar sus palabras nos viene bien.

A partir de ahora, en las diversas parroquias se anuncian celebraciones comunitarias del sacramento de la Penitencia o la celebración individual de este sacramento para confirmar nuestra actitud de conversión y de querer preparar y recibir la Navidad renovados y decididos a vivir más plenamente nuestra opción de vida cristiana. No seamos remolones. No lo dejemos para “mañana” donde volveremos a decir “mañana”. Ciertamente que cuesta algo, porque siempre revisar cuesta. Pero es necesario y bueno. Además es muy conveniente que entremos en la humildad de reconocer que somos pecadores a veces de pensamiento, otras de palabra o de obra y sobre todo de omisión. Dejarnos acoger por Dios que nos ama con locura es una fiesta. Además tenemos la ocasión de ofrecer el perdón a todos aquellos que de alguna forma nos han ofendido y eso también es una fiesta.

Ánimo y celebremos el Sacramento de la Reconciliación.

Preparemos el camino al Señor.

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