Domingo “in albis”

Homilia

La fiesta de Pascua de Resurrección es tan importante para la comunidad cristiana que la celebra durante 8 días como si se tratase de un solo día. La fiesta de Pascua tiene una octava solemnísima que culmina en el día de hoy, domingo 2 de Pascua o domingo “in albis”. Un título que hace referencia a los neófitos que en el día de hoy deponían ya la vestidura blanca que habían recibido en la noche bautismal de la Vigilia Pascual.

El Evangelio de Juan (20, 19-31) comienza hablándonos de un día muy largo. Un primer día de la semana que no termina con el anochecer, sino que el anochecer sigue siendo salvífico y pascual, sigue siendo el día de la resurrección. Jesús se aparece a los suyos justamente en el momento en que cronológicamente ya pertenece al día siguiente. Pero no. Juan mantiene el mismo día. El primer día. Esta afirmación está cargada de intencionalidad.

En primer lugar, vemos que los discípulos se encuentran reunidos ese día. Reunidos en ese día y no en el Sábado o día del reposo y de la santidad. Empieza a marcarse el distanciamiento o separación con la práctica judía y se introduce del “domingo” como día de reunión de la comunidad cristiana para celebrar el acontecimiento de la resurrección.

Es el primer día de la semana. Juan tiene sus ojos puestos en el primer día de la creación donde empieza la historia de la vida y de la humanidad; donde se pone de manifiesto la fuerza creadora de Dios y la bondad de la creación que nace del amor de Dios. Juan da un salto y piensa que en este momento de la resurrección de Jesús se inicia una nueva creación. Se renuevan todas las cosas. Por eso también hablará del octavo día. A los ocho días justos también encontramos la comunidad reunida y ahora con todos sus miembros. Ese “octavo día” es el día que se añade al septenario de los días de la creación narrados en el Génesis. Dios lleva a plenitud su obra creadora en este día de la resurrección del Señor. ¿Cómo? Nos lo cuenta a continuación.

Jesús aparece con las puertas trancadas por miedo a los judíos. Se pone en medio de ellos. Les saluda y trae la Paz. Se serenan y pierden el miedo. Los discípulos se llenan de alegría al ver que el crucificado, muerto y sepultado, estaba allí presente con los datos irrefutables de su identidad: las 5 llagas. Este Jesús, como Dios creador hizo sobre Adán, sopla sobre ellos y les trasmite o da el Espíritu haciendo de ellos una nueva creatura. Son partícipes de la Vida del resucitado y comparten todo con él. Y ya en este mismo momento son enviados y nada menos que a perdonar los pecados o retenerlos. Que es darles la misma misión que tenía Jesús y que deben hacerlo como Jesús lo hizo. No es cuestión de absoluciones sino de dar la vida. Quitar y cargar con el pecado del mundo es tarea del mesías, del ungido de Dios, del ungido por el Espíritu. Es la tarea de los seguidores de Jesús.

En el octavo día se repite la escena. Ahora las puertas están solo cerradas y no ya trancadas. Ya no hay miedo. Han sido confirmados en el Espíritu del resucitado y también en su fuerza y decisión. Pero hay uno que duda. Tomás no estuvo donde tenía que estar y no vio al resucitado. Además duda y quiere signos. Lo normal. Lo que nos pasa a todos. Si no vemos no creemos; y aún viendo tampoco creemos. No nos fiamos fácilmente. Tomás es corregido por Jesús amablemente pero accede a que le toque su cuerpo y las señales de su identidad. Tomás toca pero ya va de creyente ante el encuentro con el resucitado. Y le proclama Señor y Dios. Es la afirmación más fuerte de la filiación divina de Jesús que sale de un corazón humano. Tomás se vuelve un testigo “fuerte” de la resurrección y de la divinidad del resucitado. Pero Jesús no se queda ahí y va más allá. Jesús abre la vía para la fe de muchos que sin haber visto creerán. La vía de la experiencia histórica de ver y tocar al resucitado será de unos pocos, por muchos que pudieran ser. La vía de la fe por el testimonio de los primeros testigos será la vía de millones de hombres y mujeres que a lo largo de la historia han creído y creen en el Señor Jesús, el Hijo de Dios vivo.

Esta fe en el resucitado se cultiva y crece en la comunidad de creyentes. Jesús resucitado está en medio de la comunidad que se reúne en su nombre. Y los frutos de esta comunidad trascienden las “puertas cerradas”. El libro de los Hechos de los Apóstoles (4, 32-35) proclama los frutos visibles que el Resucitado hace en la comunidad de creyentes. Todos pensaban  que sentían lo mismo. Lo poseían todo en común y daban testimonio dela resurrección del Señor con mucho valor. Es el resumen que Lucas hace en su libro sobre las hazañas de las primeras comunidades. Casi nada. Comunidad que se reúne y celebra su fe. Comunidad que comparte y tiene todo en común. Comunidad que testifica con valor y sin miedo en medio de las grandes dificultades del momento. Una comunidad que tiene que romper con las protecciones sociales y legales y tiene que vivir a la intemperie y desde cero. Dice San Lucas que Dios los miraba a todos con mucho agrado. Debe ser que ese es el camino que Dios quiere para sus comunidades eclesiales y para la iglesia.

Pensemos que todo lo afirmado aquí ocurre hoy en nuestra celebración eucarística. El Señor está presente en medio de nosotros y sopla su Espíritu sobre nosotros. Él nos envía a ser testigos. ¿Siento el gozo y la alegría del encuentro con el Resucitado? ¿Deseo compartir el gozo de la fe? ¿Vivo mi fe en comunidad o al menos con tensión hacia la comunidad? ¿Salgo a evangelizar?.  El Papa Francisco habla mucho de Iglesia en salida. Ahí está la tarea indicada. El Papa va delante con muchos signos y un estilo de vida propio del pastor con olor a oveja. No estaría mal que no solo le observásemos sino que nos atreviéramos a dar algún pasito de “salida” o acercamiento a un mundo que se muestra incrédulo pero que si viera a los cristianos amarse al estilo de las primeras comunidades, quizás empezara a dudar de sus dudas.

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