Domingo VI de Pascua: día del enfermo

CARTA A UN AMIGO ENFERMO

Caracas a 15 de noviembre de 2000.

Querido amigo, hermano y también “hijo” Luis. Paz y bien en el Señor.
Recibí por parte del Provincial la confirmación del diagnóstico más severo de tu enfermedad.
También me comentó algo de tu estado de ánimo, que no era muy “alto” que digamos.
Por esta carta quiero acercarme hasta ti para hacerte llegar mi solidaridad en este momento crucial (de cruz) en tu vida y decirte que estoy a tu lado aunque sea desde la lejanía. En la comunión de los santos y de lo Santo estamos todos cerca y ahí nuestros corazones pueden alimentar la comunión, la amistad, la fe, la esperanza. Es justamente ahora cuando necesitamos de esa comunión y hacer valer toda nuestra fe y esperanza.
En Puente hablamos algo del asunto. Entonces tenía la carta de tener que esperar el diagnóstico definitivo. Te hablaba de esperar ese diagnóstico, para después poder construir la vida desde lo que allí nos anunciaran. El diagnóstico podía ser el “peor”, pero aún ahí deberíamos trabajar para vivir esa experiencia desde nuestra opción de fe por el Dios Padre que quiere a toda costa la vida-Vida de sus hijos.
Es justamente esta verdad la que se tambalea ante la experiencia del mal y sobre todo cuando ese mal nos llega a nosotros en persona, de forma desprevenida y tan categóricamente. Un mal donde vemos la amenaza de muerte en el horizonte inmediato y donde vemos que nuestra calidad de vida va a ir desmejorando paulatinamente. Ciertamente en un primer momento cualquier persona puede hundirse y caer en depresión. Pero mantenerse en el hundimiento y la depresión es lo que ya no es tan normal.

 

El horizonte general de nuestra esperanza no puede estar amenazado de muerte nunca. Una enfermedad, sea la que sea, la muerte misma, no puede mitigar ni mucho menos hacer desaparecer nuestra esperanza que es Cristo y que en Cristo es la Vida eterna. Estamos amenazados de Vida y la enfermedad y la muerte no van a poder separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.
Siempre hemos creído en esa causa. Hemos consagrado nuestra vida a anunciar esa buena noticia a todos los hombres: que en Cristo todos estamos salvados; que Dios nos llama y nos lleva a la Vida plena en Cristo resucitado. Que la muerte ha sido vencida en su raíz.
Por todo ello nuestra vida la queremos llevar en obediencia al Padre. Nos ponemos en sus manos para que haga con nosotros lo que quiera. Que queremos siempre darle gracias, porque es con mucho lo mejor el entrar en su voluntad, porque él es nuestro Padre.
En definitiva queremos vivir nuestra vida muriendo voluntariamente entregando nuestra vida por los demás para que tengan vida y vida abundante: La vida de Dios.
La entrega de la vida es posible hacerla siempre y en cualquier circunstancia. Podemos entregarla en el activismo y la predicación, pero también la podemos entregar en la ancianidad inmovilizada o en la enfermedad grave y prematura.
Está la enfermedad, pero la vida-Vida es más que la enfermedad. La enfermedad puede ser vivida como la del inquilino que nos visita y se instala definitivamente en casa y nos estorba y fastidia, o puede ser vivida como parte de mi vida y fragilidad creatural, que me visita ahora, pero que yo puedo asumir y seguir viviendo mi vida en ofrenda desde esa nueva realidad. Perfectamente desde la nueva situación puedes seguir siendo ministro de Dios, testigo de la fe en Jesús, constructor de fraternidad y de humanidad en este mundo. Incluso cuando te encuentres en la mayor postración, puedes seguir siendo activo constructor del Reino, aunque sea dejándote servir para que otros crezcan como servidores y como amigos y compañeros.

Quiero situarme en el momento que estás viviendo. Estás angustiado por el hoy, pero sobre todo por el mañana en el que te ves postrado de forma definitiva sin poder hacer nada con tu cuerpo a la espera del paso definitivo hacia Dios.

Te dije en Puente y te digo ahora, que lo importante es vivir el hoy.
Nada hay de definitivad en tu diagnóstico. Hasta el diagnóstico puede estar equivocado. Pero sea lo que sea lo que hay que hacer es no bajar la guardia. Es necesario luchar por todos los medios contra la enfermedad. Pelear diariamente con ella. Para ello nada peor que estar desanimado y hundido. Para ello nada mejor que vivir el día intensamente desde todas tus posibilidades, gozándote de lo que tienes aún y dando gracias por ello. Dirigirle al Señor esa acción de Gracias desde la eucaristía haciendo de tu vida una real y verdadera eucaristía, ahora más que nunca. Saber que eres ofrenda y que todos tus sufrimientos no hacen otra cosa que completar lo que falta a la pasión de Cristo. Que realmente ahora eres sacerdote y víctima; que poco a poco vas siendo clavado a la cruz pero una cruz que no te vence sino que va siendo cruz gloriosa y floreada. Una cruz que anuncia victoria y vida eterna para ti y para los demás.

El P. Provincial te ha pedido que sigas haciendo tu vida ordinaria en la medida de tus posibilidades.
Yo te invito a hacer lo mismo, incluso por encima de esas posibilidades. Lucha positivamente contra el avance de la enfermedad. Cuando llegue que llegue, pero no dejarla avanzar.

En la enfermedad sábete que no estás solo. Hay muchos contigo. Somos muchos los que contigo también sufriremos y estaremos a tu lado. Pero lo más importante es que Dios mismo, el Padre está contigo también sufriendo. Lo mismo que lo está tu madre y tus hermanos, lo mismo pero mucho más esta el Padre afectado por tu enfermedad. El está contigo en esa travesía apoyando y luchando contra la enfermedad y la muerte.
El Padre es también médico. Ponte en sus manos con infinita confianza. Pídele y grítale que te cure, que veas, que hables, que camines. Pídele que aumente tu fe. Grita y serás escuchado. Contigo lo haremos también otros. Fíate y nos fiaremos contigo. Estate seguro que “todo acontece para el bien de los que aman a Dios”. La última palabra es la de Dios y esa palabra es creadora de Vida y donadora de su misma vida por el Espíritu. Esa vida acontecerá en ti y hasta puede que llegue la curación corporal (que solo sería el indicativo de que es verdad la Vida de Dios).

Luis, amigo Luis, ten ánimo y sube la moral. Es momento de crecimiento, de crisis, de probación, de acrisolamiento. No lo desperdicies. Mantén en alto la fe y la confianza. No te dejes vencer por la tentación del mal y del maligno. No caigas en sus brazos. Es el momento grande de la prueba y de la verdad. Deja que sea Verdad las pequeñas verdades por las que has vivido. Deja que sea Verdad aquello por lo que has entregado gran parte de tu vida.
Ejerce la fe y ponte en las manos del Padre. Di con fuerza que te encomiendas a El y que en El descansas y entregas tu espíritu. Acurrúcate en el regazo del Padre y siéntete en él como el niño chiquito que descansa seguro y en paz.
Una pregunta: ¿Has celebrado ya la unción de enfermos?
Recuerda que es un sacramento hermoso que hemos de “utilizar” en el momento preciso. Creo que tú estás ahora en ese momento oportuno para que tu situación vital sea redimensionada desde la fe, y para que sacramentalmente acontezca aquello de lo que más arriba hemos hablado.
Ejercer la fe en el sacramento es también pedir sanación en lo profundo de tu ser y también en la periferia. Lo más importante es que salga restablecido ese “profundo” del ser y si se da la añadidura de la sanación pues tanto mejor. El sacramento apunta a la profundidad y esa profundidad puede sanar también el mal corporal.

Tengo tu fotografía expuesta, para acordarme de ti y elevar por ti oraciones al Padre.
Un abrazo. Tu amigo Gonzalo.

Nota: Luis es sacerdote scj que murió con 47 años de ELA (esclerosis lateral amiotrófica) en las navidades del 2001. Ahora vive para siempre.
 

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