Domingo VI del Tiempo Ordinario, Reflexionando con Gonzalo SCJ

¿Vivimos para comer o comemos para vivir? No dudamos en responder que comemos para vivir porque lo importante es la vida; la comida es un medio para mantener la vida. La respuesta está clara. Otra cosa será si existencialmente desdecimos lo que afirmamos con la boca. Mi intención al poner este interrogante es solo introductoria para tratar de entender el siguiente: ¿Tengo para ser o soy para tener? El evangelista Lucas tratará durante todo su evangelio enseñarnos a cómo hemos de tener o poseer para SER discípulos de Jesús.

El evangelio de este domingo (Lucas 6, 17-26) recoge las primeras propuestas prácticas de Jesús. El sermón “del llano” es el primer discurso de Jesús y por lo tanto condensa las enseñanzas principales del Maestro.
En Lucas, el sermón “del monte” (las bienaventuranzas) de Mateo, se convierte en un sermón en “el llano” donde se combinan 4 bienaventuranzas y 3 malaventuranzas o maldiciones. Es un sermón en la llanura delante de gente variopinta para indicarnos que las palabras de Jesús “aterrizan” en la vida ordinaria de sus interlocutores. Para Lucas, el monte es el lugar del retiro y de la oración; el llano es el lugar donde se concretan en la vida diaria los valores del Reino.

Antes de entrar “en harina” me pregunto qué pinta en este domingo, el texto de Jeremías 17, 5-8. Encontramos en él una bendición y una maldición. La maldición suena fuerte: “Maldito quien confía en el hombre”. ¿Es que no nos podemos fiar unos de otros? Es evidente que el profeta no se refiere a eso. Está hablando de aquel que margina a Dios en su vida y que busca su fundamento último y fundante en sí mismo, o en otra persona de nuestra misma especie, o, peor todavía, poner la confianza en animales (tótem) o ídolos de madera o dioses falsos. Poner la confianza vital en cualquiera de estas realidades lleva a la perdición o a la nada. Aislarse de Dios o alejarse de Él es igual a apartarse de la fuente de Vida que es la gran bendición. Es, por tanto, en sentido puro y duro una maldición pero que no viene de la voluntad de Dios, sino que viene de mi propia iniciativa y opción.

 

La bendición viene proclamada para aquellos que ponen su confianza en el Señor. Serán como árboles plantados a la orilla del río. Poner la confianza en el Señor no es negar todas las demás realidades, incluidas las personas, sino que es afirmar aquello que es absoluto, firme y seguro por siempre y para siempre. Lo demás es relativo y adquiere valor “a la sombra” de Dios. Fiarse de Dios significa que vivir según los mandamientos de Dios es el camino seguro hacia la Salvación y la Vida.

Jesús, en el evangelio, utiliza el mismo género de Isaías de la bendición y de la maldición. Y lo que va a hacer es ponerle palabras que actualizan el mensaje profético. Las palabras de Jesús se deben entender justamente desde el hombre que tiene puesta su confianza en Dios de forma absoluta. Jesús, afirmando a Dios desde la raíz de su ser, descalifica, también de raíz, los valores emergentes como el dinero.

Las palabras de Jesús escandalizan por su radicalidad. Yo personalmente, siempre que oigo las bienaventuranzas (mateanas o lucanas) me turbo porque me siento “pecador” y me apetecería ponerle sordina a determinadas afirmaciones, diciendo que son ideales y casi imposibles de cumplir para “el común de los santos”. Pero no es así. Las palabras de Jesús son las que son y lo son para todos los que las quieran escuchar. No podemos seguir practicando la táctica del avestruz y no querer ver las consecuencias que para nuestra vida acarrearía la aceptación del mensaje evangélico.

Dichosos los pobres, malditos los ricos. Esta afirmación nos hace “rechinar dientes”, porque estamos pensando lo contrario. Y es que sabemos perfectamente que no somos pobres. No sé si seremos ricos, pero ¡cómo nos apetece! Como prueba de que lo que digo es verdad, podemos constatar que en estos momentos de crisis, lo que realmente nos preocupa es la crisis económica y no la crisis de valores. El sombrajo de la economía capitalista se ha tambaleado y crujido y todos nos hemos puesto nerviosos. Sin demasiados análisis del por qué de la crisis, nos hemos limitado a apuntalarlo con los mismos mimbres que lo han hecho saltar y no se ha movido ni un ápice en el fondo de la cuestión, que sería analizar los valores sobre los que está construido este instalache. En el fondo, nos basta con que se arregle lo económico y volvamos a tener valor adquisitivo y mantener el consumo a tope.

El evangelio de hoy, las palabras de Jesús, ponen en solfa todos estos esquemas. Ni Lucas ni Jesús afirman que la pobreza sea un bien. En los planes de Dios no entra la pobreza. No es una bendición. La pobreza es fruto del pecado del hombre. Y los pobres son la manifestación de este pecado estructural. Ante el hecho de los pobres “de facto”, Dios (y Jesús) siempre se pone de su parte, porque son los grandes desfavorecidos del pecado de sus hermanos los demás hombres. Dios (y Jesús) se hacen voz de los que no tienen voz y reclaman para ellos lo que en justicia distributiva les pertenece.

Romper el círculo vicioso de la economía que nos hemos montado y del pecado estructural anejo a ella solo será posible si aceptamos caminar por las sendas señaladas por el evangelio y los caminos recorridos por Jesús que en principio, lo que dice lo trata de vivir. No anuncia el evangelio desde palacios sino por los caminos. No es mendigo o pordiosero (aunque en el sentido último del término sí que lo es) pero vive sin tener donde reclinar la cabeza. Se pone del lado de los marginados y lucha con toda su alma contra determinadas injusticias. Jesús es pobre o ha elegido ser pobre. Desde esa plataforma, y desde ninguna otra, anunciará el Reino de Dios y sus valores, que son tan distintos a los de este mundo (bienaventurados los ricos) porque los valores de este mundo construyen antifraternidad y esclavitud. Los valores del Reino son fraternidad y libertad.

Las bienaventuranzas lucanas siguen hablando de los que ahora tienen hambre o lloran o sufren persecución. Cada una de ellas merece todo un capítulo de reflexión aunque todas ellas pueden ser referidas y resumidas en “ser pobres” o traducido a nuestro lenguaje, ser marginados. Cada una de ellas es también un “escándalo” para nuestros oídos. No puedo pormenorizar, pero lo mejor es que dejemos resonar estas palabras en nuestro corazón para ver si nos lo cambia.

La cuaresma, que iniciamos el miércoles próximo, interrumpe el proceso catequético iniciado con la lectura continua el evangelio de Lucas. Se retomará este proceso después de la fiesta de Pentecostés. Ciertamente en los domingos sucesivos resonará, cuando sea posible, el evangelio de Lucas, pero será dentro de la perspectiva cuaresmal o pascual.

Termino hoy repitiendo la aclamación del salmo responsorial: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.
Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj
 

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