Don y Tarea

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Al finalizar el año litúrgico nos encontramos con la última lección catequética del evangelista San Mateo, antes del “juicio final”. Y dedica su lección a las “obras” del seguidor de Jesús.

Hace 500 años la iglesia sufrió una gravísima escisión originada por el tema de la justificación por la “sola fe” y/o por las obras. Lutero respiró cuando descubrió que su salvación le venía por el don gratuito de la fe y no por sus obras. Hasta entonces creía que la salvación le venía como premio a sus buenas obras. Ese era el sentir de la mayoría del pueblo cristiano y sobre ello se cargaban las tintas. Lutero sirvió como revulsivo para que se aclarase que la Salvación, la Gracia, era Don de Dios, y por lo tanto gratuito, y que este Don precedía toda otra realidad. Antes era el Don de la fe. Después vendrían las obras de la fe. No se puede entender en la vida real, una fe sin obras. Y las obras confirman o desdicen la opción de fe. La verifican. Pero lo primero es el “Don” por parte de Dios.

El evangelio de hoy, la parábola de los talentos, ha dado juego para insistir en la importancia de las obras y la consecuencia del no obrar. Ha sido leído muy pelagianamente.

Yo quisiera resaltar en primer lugar que antes de la tarea se encuentra el “DON”. El dueño, antes de irse de viaje, llama a todos sus empleados para darles el título de encargados de todos sus bienes. Ninguno es propietario sino que son administradores. Quien se arrogue el título de propietario, desbarra.

Dios, al crear al hombre, le dijo: “dominad la tierra y someterla”. El hombre es criatura. Todo él es don de Dios. Y la tierra es también don de Dios. El “propietario” es el mismo Dios. El hombre es el lugarteniente de Dios en la tierra. Como se crea el dueño de la tierra, desbarra.

Todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido. Es de Dios. Él es la fuente y el origen. Es más, Él sigue sosteniendo esta nuestra realidad existencial.

Dios crea al hombre, llamándolo a la existencia. Esta llamada o vocación es la que nos constituye en lo que somos aquí y ahora. Somos desde Dios y no por nosotros mismos. Somos regalo o don de Dios. Ahora bien, esta llamada espera una respuesta. Y esa respuesta nos constituye en seres responsables. Somos colaboradores de Dios, pero colaboradores libres y responsables. Tengo que añadir que esta respuesta nuestra, esta acción libre y responsable por nuestra parte está envuelta en la continua acción creadora y salvífica de Dios; está envuelta y suscitada por su Gracia, por su Amor hacia nosotros. Pero es también necesaria nuestra colaboración.  Y aquí es donde vienen las “obras de la fe”.

Los administradores de la parábola reciben cada uno según sus posibilidades. Un dato a tener en cuenta. La “carga” o la “misión” o el “don” se ajustan al momento vital de la persona convocada o llamada. Nadie puede quejarse de sobrecarga porque no es así nunca.

Y cada administrador recibe sus talentos a su modo.

El primero y segundo reconocen que los talentos no son suyos, sino de su amo. Reconocen el don o el regalo de la administración. Y se ponen a la tarea con asiduidad y acierto. Los dones recibidos fructifican. Y además yo creo que lo hacen con satisfacción y alegría.

El tercero recibe el don como carga. Tiene reparos y sobre todo miedo al amo, al que supone cicatero y cruel. Prefiere no arriesgar para no ser castigado.

Cada uno de nosotros, los discípulos de Jesús, hemos recibido determinados talentos en nuestra vida. ¿Cómo los hemos gestionado o gestionamos?

Muchos seguimos mirando a Dios, de reojo y con temor. El Dios que castiga a los malos, lo tenemos bastante interiorizado, y muchas veces funcionamos por temor más que por amor.

Otros seguimos pensando que depende de las obras que haga para recibir o no el premio, que espero para después de la muerte. El cielo lo conquistaré por el esfuerzo de mis buenas obras. La perspectiva de que el cielo, Dios, la Gracia, están antes y que son ofrecidas gratuitamente no lo he llegado a descubrir y mi vida transcurre por un valle de lágrimas a la espera de la salvación.

Otros han descubierto que lo que nos primerea es el Amor de Dios. Ese amor precede toda nuestra realidad. Y por lo tanto estamos, somos, vivimos en ese Amor. El cielo se nos regala y en Jesucristo se nos ha entregado ya. El cielo es ser o estar con Cristo y Él ha venido a estar con nosotros.

Antes de esta parábola, Jesús ha narrado muchas para contarnos lo que es el Reino de los cielos, y San Mateo en las bienaventuranzas o el sermón del monte ya se nos llama bienaventurados aquí y ahora.

En esta parábola nos invita a la tarea de la evangelización y del testimonio en nuestra vida de creyentes. El que tiene amor y vida será capaz de dar amor y vida con creces y ese “dar” redunda en crecimiento personal. El que entrega la vida la gana.

Quien no tiene amor y es un rácano, holgazán o negligente, perderá aquello que aparentemente tiene. Si la vida no se entrega en el amor, la vida se pierde irremediablemente. El que así obra se autoexcluye de la comunión y se verá rodeado de tinieblas y de sombras de muerte. Eso será el llanto y el rechinar de dientes o la rabia y el coraje mayúsculo.

San Mateo nos invita a tomarnos responsablemente la vida y la vocación cristiana. Es bueno vivir el Don acogiéndolo también como tarea. En la eucaristía, los frutos de la tierra y del trabajo del hombre, se los presentamos a Dios para que vuelvan a ser pan de vida y bebida de salvación.

Y en el prefacio proclamamos que es justo y necesario dar gracias a Dios por todos los dones recibidos, sobre todo por su Hijo Jesucristo en el que nos llegan todos los Dones.

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