¿Dónde están los profetas?

Jerusalén
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Profeta es el que “habla Palabra de Dios”. Israel, Pueblo de Dios, a lo largo de su historia se ve acompañado por profetas. Los profetas podían gozar mucha fama y estima por parte del pueblo y de la institución religiosa. No siempre el profeta era verdadero profeta, sino que trataba de aprovecharse del cargo en su favor; y también por parte de la institución (religiosa – política) podía haber manejos turbios para hacer que algún profeta dijera lo que a ellos les venía bien para su causa. Por eso era importante buscar criterios de discernimiento entre el verdadero y falso profeta.

El libro del Deuteronomio 18, 15-20 nos habla del movimiento profético y de los criterios de veracidad del Profeta. Deja claro en el versículo 11 que profeta no es ni vaticinador, ni astrólogo, ni agorero, ni hechicero, ni encantador, ni espiritualista o mentalista, ni adivino, ni nigromante. El profeta es alguien que se sustenta en el Señor y desde el Señor. Es íntegro ante Él. Dios es el primero y está antes y su vida está afincada en Dios. Al estilo de Moisés, debe hablar con Dios como con un amigo, cara a cara con Él. De Dios le vendrá la fuente de su vida y ahí surgirá “la palabra de Dios” que ha de comunicar. El profeta tiene que ser “un hombre de Dios” en el sentido pleno de la palabra y si esto no se da, será falso de toda falsedad. Este es el primer y principal criterio.

El segundo criterio es que debe ser “un hombre como tú, de entre los tuyos”. El profeta debe ser un hombre que nace y sale del pueblo y está insertado en ese pueblo. Es de nuestra casta y tiene con nosotros una relación de hermano. Está a favor nuestro y lo que hable y diga será, cierto desde Dios, pero a favor nuestro porque nos ama como un hermano ama a otro hermano. Su mensaje o palabra puede ser “provocador y hasta iriente” pero si nace del amor no busca nuestra perdición sino nuestro rescate y conversión.

El tercer criterio es el testimonio de vida. Su mensaje no puede ser contrario a lo que él vive. Su vida debe ser testimonio de lo que anuncia. Si anuncia conversión, él debe vivir como el primer convertido. No puede ir a la zaga o no ir. Debe primerear , ir delante abriendo camino.

El cuarto criterio es que su palabra se cumpla. Si no se cumple, no dice Palabra de Dios y es falso.

En el evangelio de Marcos 1, 21-28 asistimos a la presentación pública de Jesús en Cafarnaúm, en la Sinagoga. Marcos no nos dice lo que dice Jesús. Podemos suponer aquello de “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido y enviado a sanar y dar la Buena noticia”. San Marcos solo nos indica la reacción de la asamblea. Una reacción de asombro. “Este no habla como los demás, este habla con autoridad”. Jesús no habla de memoria repitiendo doctrina sino que habla desde su propia experiencia existencial que siente ese Espíritu de Dios vibrar en su corazón. Y lo dice con convicción y fuerza. Tanta fuerza que el espíritu maligno (falso profeta) también presente en algunos de la asamblea, siente con fuerza su presencia que lleva por delante cualquier otro “reino” que no sea el de Dios. Y es el “maligno” el que indica la interioridad de Jesús: “El Santo de Dios”. Es título profético o reservado a algunos profetas (Aarón, Elías). Jesús es al menos profeta grande. Y su palabra es potente y capaz de realizar el avance del Reino de Dios. El maligno abandona al poseído y se va. La gente se asombra y se pregunta ¿Qué es esto? Jesús consigue suscitar asombro y desde el asombro viene la pregunta. En ese asombro y en esa pregunta está el inicio de la fe en Jesús. Si no hay asombro, admiración, aprobación de una realidad difícilmente se desencadena el proceso de fe. Si no surge el interrogante o la pregunta sobre el qué está pasando aquí, quién es este, entonces no se dará nunca el proceso de fe.

Jesús empieza a abrirse paso como profeta acreditado. Sus palabras son “fuertes” porque son reflejo de la vida interior de Jesús, de su experiencia vital de encuentro con el Señor donde está puesta su esperanza, su fe y su amor. Los hechos o gestos van acompañando su palabra y diciendo que “el dedo de Dios” está con Él. Son primeros pasos. Se abre un camino para ir descubriendo en Jesús a “alguien” más que profeta, alguien más que Salomón o la Reina del Sur. Nosotros estamos invitados a hacer el recorrido de la fe, desde este punto hasta arrancarnos el “verdaderamente es el Hijo de Dios”.

¿Hay profetas en nuestro tiempo? ¿Soy yo profeta?

En Jesús llega a su cumbre el “profetismo” y él ya no solo dice palabra de Dios sino que es la Palabra de Dios encarnada. Pero con Jesús no se agota el profetismo, sino que llega a plenitud porque el Espíritu de Jesús se derrama sobre toda carne. En nuestro bautismo se nos consagra y dice que somos “profetas”. Y no es palabra suelta sino que es realidad porque el Espíritu Santo habita en nuestros corazones.

Por eso la Iglesia es pueblo de “profetas” y todos estamos llamados a realizar el profetismo. ¿Hay profetas hoy?. Hemos de mirar los criterios afirmados arriba y animarnos a ponernos y ponerlos a prueba.

Me atrevo a decir que el Papa Francisco es profeta. Es arrancado de medio del pueblo, viene de “lejos” pero de esta tierra fragmentada y empobrecida. Tiene “olor a oveja” o se mezcla entre la gente pobre. Ha abierto las puertas para que al Papa se le pueda ver cerca y ha hecho salir a toda la institución hacia las periferias. Habla palabra de Dios y su vida está llena de gestos que le hacen agarrarse a los hombres sus hermanos y sabe gritar por ellos cuando no tienen voz. Estamos ante un gran profeta en nuestro tiempo.

Pero no podemos quedarnos ahí. Somos mil millones de personas invadidas por el Espíritu. Por eso hemos de mirar a nuestro alrededor y ver, descubrir o desenmascarar al verdadero y falso profeta. Los presbíteros (sacerdotes) en medio de la comunidad eclesial del pueblo o del barrio deben acercarse a la fotografía del verdadero profeta (Jesucristo) y obrar en consecuencia. Deben saber ponerse a favor de los pobres, de los marginados y de los alejados; deben saber ejercer misericordia y deben ejercer su misión de servicio como verdaderos hermanos. Si hay carrerismo, escalafón o apetencias de grandeza no podrán ser verdaderos profetas.

En la iglesia y en la sociedad hay otras misiones y servicios. En todos ellos hemos de intentar ejercer de profetas verdaderos. Hemos de saber vivir lo que creemos, anunciar el Evangelio y denunciar los no valores que infectan y poseen nuestro entramado social. Una denuncia nunca cicatera sino posibilista y propositiva. Proponemos los valores del Reino de Dios.

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