Donó todo lo que tenía para vivir

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Santo y seña de las lecturas de este domingo son las “Viudas”. La mujer que en aquel tiempo se quedaba sin marido se convertía en pobre de solemnidad. Se quedaba sin nada. No tiene herencia de nadie y de ahora en adelante dependerá de la limosna de los familiares y amigos y de lo poco que pueda recolectar ella con sus manos en los campos de cultivo una vez recolectados.

Las viudas protagonistas de las historias narradas hoy en 1 Reyes 17, 10-16 y en Marcos 12, 38-44 serán testigos de los valores del Reino proclamado por Jesús.

En la primera lectura se huele una lucha a muerte entre Acab-Jezabel (Reyes de Israel) servidores de Baal y demás dioses de la fecundidad y Elías, profeta de YHaWeH, el Dios de Israel. Acab y Jezabel apuestan por imponer nuevas leyes en la economía del país para facilitar el comercio y una mejor producción de la tierra. Esto se lleva a término anulando leyes que protegían a los pobres y que garantizaban un reparto bastante equitativo de propiedades y tierras. Se concentran propiedades y capitales en unos pocos a costa de la precariedad de muchos. El progreso económico y social se monta sobre una injusticia de base. No todos participan de igual modo en el reparto de beneficios. De hecho la historia de Acab y Jezabel chorrea sangre inocente derramada para imponer su ley. Sangre que finalmente salpicaría a los mismos protagonistas que sufren una muerte horrenda.

Elías es el perseguido a muerte por Acab, por denunciar sus prácticas y por anunciar que solo siendo fieles a YHWH habrá paz y progreso social. Elías anuncia una “gran sequía” que traerá hambre y pobreza. Sequía contra la que no podrán los dioses de la fertilidad porque solo YHWH es Señor del cielo y de la tierra y tiene en sus manos las llaves donde se cierran los vientos y solo Él puede cerrar y abrir las compuertas de las aguas superiores.

En su huida, Elías se encuentra en Sarepta con una viuda en situación desesperada. Elías es un fugitivo del rey, un apátrida que busca refugio en un país extranjero. Se atreve a pedir acogida y comida a aquella mujer a la que encuentra en las puertas de la ciudad. Elías es un osado, casi un descarado, que pide lo imposible a una mujer más necesitada que él. Lo más normal es que aquella viuda se echara a correr gritando que iba a ser atracada o algo peor. Pónganse ustedes en su lugar y vean si iban a creer las palabras lisonjeras y prometedoras de aquel hombre. ¿No es mejor pájaro en mano que ciento volando? Elías le prometía el oro y el moro a cambio de poca cosa que después recibiría centuplicada. ¿Cómo fiarse de aquel desconocido y pordiosero? Aquí viene la enseñanza de la historia. Aquella viuda se fía del profeta y decide compartir con él lo poco que tiene para comer. Incluso hace más que compartir, porque le da todo lo que tiene para ella y su hijo. Pone en sus manos su vida. Y la palabra del profeta se cumple y aquella viuda encuentra la vida justamente cuando está dispuesta a perder la suya por el otro.

El milagro nos indica de parte de quién está Dios. ¿De parte de Ajaz-Jezabel o de parte de Elías-Viuda? Dios está de parte de una economía basada en la solidaridad, el compartir. Una economía que no discrimine y que no se apoye en “sangre humana”. Dios está de parte de la Viuda y de todos aquellos que se fían totalmente de todo lo que sale de la boca de Dios y ven que el hombre no solo vive de pan.

En el Evangelio también encontramos dos realidades sociales opuestas.

Por una parte escribas y doctores de la ley que diciendo apoyarse en Dios, buscan medrar en el escalafón; quieren tener más honores, autoridad y dinero. Hablan de la Ley y de Dios bien forrados y dispuestos a seguir engordando. A la hora de dar son capaces de desprenderse de las sobras pero no más.

Por la otra parte está una viuda, que nadie conoce, que da al Templo todo lo que tiene para vivir, que son dos reales. Una viuda que vive el desprendimiento total porque se fía de Dios. Da todo porque sabe que todo lo recibe de Dios. Y lo da sin preocuparse mucho porque sabe que Dios provee. Vive esta dimensión de la fe abrahámica hasta el límite.

Jesús alaba y bendice este comportamiento.

Nos enseña que esta actitud de la viuda es una actitud fundamental en su Reino. El valor primero es fiarse de Dios y ponerse en sus manos. Recibir de Él todo, sea lo quesea, y darle gracias. Y esto acarrea la Vida.

La actitud de los escribas y doctores no lleva a la vida ni al Reino, sino que traerá injusticia, dolor y muerte.

Otro de los valores rescatado por Jesús es que la acción del Espíritu no tiene fronteras. Que hay mucha gente, incluso en los que no han oído hablar ni de Cristo ni de Dios, que vive los valores del Reino. Que de verdad hay mucha buena gente entre nosotros que encarna esos valores. Que mucha de esa gente son auténticos “don nadie” pero que testifican con su vida que el Reino de Dios está cerca y ya se va haciendo en medio de nosotros.

Sería bueno tener ojos para ver estas personas:

Madres y padres que se desviven por sus hijos.

Viudas y viudos, jubilados en general que hacen algo más que entretenerse con el INSERSO y dedican horas a la familia, a la parroquia, a los enfermos, al cuidado de la naturaleza, a la cultura….

Enfermeros, médicos, auxiliares que cuidan con amor a pacientes sin parar mentes en un posible contagio.

Pequeños empresarios (quizás también grandes) que no cierran el negocio –técnicamente quebrado- para que llegue el sustento a sus asalariados.

Servidores de la “caridad” que acogen pacientemente a parados y extranjeros y luchan con ellos por encontrar trabajo y pan.

Y un largo eccétera que podríamos enumerar.

¿Dónde estamos nosotros?

Que Dios nos ayude a encarnar los valores del Reino.

Gonzalo Arnaiz, scj.

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