EDUCAR ES… COSA DE MARCIANOS

Quizá no parezca muy serio hablar de marcianos cuando nos referimos a una cuestión tan importante como es la educación. Sin embargo el recurso a la imagen, en el fondo, el recurso a una metáfora puede ayudarnos a captar, con un nuevo lenguaje, la preciosa y a la vez arriesgada aventura que nos une en esta tarea educativa. Porque, ciertamente, educar es… cosa de marcianos.

La verdad es que, en muchas ocasiones nuestros alumnos, nos parecen “venidos de otro planeta”. No entendemos su forma de vestirse o de hablar, mucho menos su forma de pensar o de relacionarse. En cierto sentido estamos a “años luz” de ellos. Y sin embargo delante de nosotros se nos presenta todo un universo por descubrir. Y digo bien, por descubrir, no por conquistar.

El valor de cada persona nos recuerda que no podemos ir al encuentro de cada muchacho como a la búsqueda de un nuevo planeta por conquistar, no podemos (ni queremos) hacer “niños-fotocopia”. Por eso la educación requiere humildad, no sólo por parte de quien debe aprender, sino también por parte de aquel que quiere enseñar.
Es aquí donde tenemos todo un reto, la aventura de este viaje a un universo tantas veces desconocido. Pero en algo debemos estar firmemente convencidos: que este proyecto es cosa de todos. Bien sabemos que los grandes ideales no se llevan a cabo “por libre” sino con tanta gente detrás que los hacen posibles.
Con todo, como nuestros simpáticos protagonistas, todos nuestros esfuerzos, este empeño común que nos une, no siempre parecen dar resultado. Hablamos un lenguaje que a menudo no se entiende. Hablamos de crecimiento, de esfuerzo por hacer las cosas bien, de respeto al otro, de empeño en los estudios, hablamos en el fondo de desarrollarse como personas y, sin embargo nuestras palabras se interpretan muchas veces como un conjunto de reglas “para fastidiar”, como un intento de controlar lo que digo o lo que hago, como esa famosa “falta de libertad” que todos hemos proclamado con algunos años menos.
Por eso no es extraño caer en el desánimo, no sorprende escuchar a unos padres que siguen pensando que “no saben ya qué hacer con este muchacho” o a un profesor que, empeñado en dar lo mejor de sí para estimular a sus alumnos a que aprendan, no recibe más que pasotismo, cuando no una contestación maleducada.
Educar es cosa de marcianos, cosa de locos, porque aún cuando parece que perdemos el tiempo, seguimos creyendo que esta tarea merece la pena. ¿Qué valor tendría una aventura por la que, a pesar de las caídas, no merece la pena levantarse y volver a intentarlo de nuevo?


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