¡Effeta! ¡Ábrete!

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DOMINGO XXIII – B¡EFFETA! ¡ABRETE!

He dudado a la hora de poner el título. Había pensado poner ¡VERGÜENZA! Haciendo eco al grito del Papa en Lampedusa. Y es que leo la Palabra del próximo domingo y tiene tintes esperanzadores pero la realidad del día marca otros tonos más pesimistas. Por el despacho parroquial de Cáritas, pasan esta mañana varias familias. Recogen alimentos. Pero una familia de ancianos nos pide que le paguemos la luz porque con los 300 euros mensuales no llega a cubrir sus necesidades. Otra familia viene a solicitar ayuda para los libros escolares de sus hijos puesto que no tiene recursos financieros. Llego a casa y me tropiezo en el periódico con la fotografía enorme del “niño de la playa” muerto y arrojado en la orilla por un mar que se lo ha tragado a él y otros miembros de su familia y de su pueblo que buscaban el paraíso en Europa. Para más “inri” el mismo periódico anunciaba la destrucción de 330.000 empleos el último día de agosto en esta patria nuestra donde termina la temporada turística. Y a uno le dan ganas de gritar “vergüenza”, pero a la vez con la sensación de un “rasgarse las vestiduras” como aspaviento que tranquiliza conciencias pero que no lleva a conversión real alguna.

Esta realidad que es solo “punta de iceberg” del mal que adolece nuestra cacareada civilización occidental capitalista es necesario contrastarla con la Palabra de Dios de hoy para ver si de alguna forma puede ser iluminada.

Isaías 35, 4-7 nos dice a los “cobardes de corazón” que seamos fuertes. Dios viene con el desquite. Viene en persona para resarcir y salvar. Y anuncia una creación nueva. Una página bellísima para saborear y gustar. Todo apunta hacia un nuevo “moisés” o un gran profeta que instaurará la justicia y el derecho.

El evangelio de Marcos 7, 31-37 nos cuenta cómo Jesús atraviesa la decápolis o diez ciudades autónomas del norte y este del país que no eran “judías”. Jesús sale de sus fronteras y va hacia otros pueblos. Se mete en el sarao. No se queda en casa. Más tarde gritará “ábrete”, pero antes se ha abierto él. Ha salido. Ha roto fronteras. No hay fronteras para el Reino de Dios, para la Buena noticia. Dios no hace acepción de personas.

Y nosotros venga poner fronteras y seguridades. Muros en Palestina. Muros en Hungría. Muros en Melilla. Muros en Calais. Alambradas por todos los sitios. Que no nos invadan. Que no nos quiten nuestra ración de pan y circo que tenemos montado en esta “isla” que es Europa.

Jesús se abre y va, y ve, y conoce, y se estremece. Y pone las manos y grita “ábrete”. Y cura al sordo y hará caminar a los cojos y hará ver a los ciegos y el Reino de Dios irá creciendo a fuerza de aperturas.

Abre los oídos al sordo. También a nosotros se nos han abierto los oídos en el bautismo para que oigamos la Palabra de Dios y las voces de su Pueblo. Oír a Dios que a su vez oye los gritos y lamentos de su pueblo, que se abaja y se pone de su lado. También Dios “rompe”, también se abre y sale y busca y se encarna. Se hace solidario con los más pobres.

¿Oímos a Dios? ¿Oímos como Dios? ¿Oímos los gritos de los emigrantes, de los perseguidos, de los expulsados de su pueblo, de los perseguidos por su fe, de los hambrientos…?

Quizás hagamos como los cristianos de los que habla Santiago 2, 1-5 que acogen a los bien vestidos que llevan anillos y desprecian a los harapientos. Dentro de nuestras fronteras estamos dispuestos a acoger a todos aquellos que traigan parné (Jeques árabes, futbolistas, divos de la música o del espectáculo, turistas de alto nivel…etc) pero rechazamos los que vienen con las manos en los bolsillos o hasta sin bolsillos porque no los tienen.

Jesús pasó haciendo el bien y lo hizo todo bien.

¿Qué hacer nosotros? Podemos lamentarnos. No sirve para nada. Podemos poner paños calientes, sirve para poco, pero algo es algo. Podemos abrirnos y dejarnos invadir, entonces es posible que estemos construyendo Reino de Dios.

Quizás sea fácil decir, y a lo mejor lo dicho no es decir nada. Voy a citar ampliamente los números 41y 49 del último documento de la CEE en su última asamblea plenaria que se titula “Iglesia, servidora de los pobre” que ha pasado casi desapercibido por parte de todos y es una lástima porque es realmente bueno.

Dice así: Si Dios es amor, el lenguaje que mejor evangeliza es el del amor. Y el medio más eficaz de llevar a cabo esta tarea en el ámbito social es, en primer lugar, el testimonio de nuestra vida, sin olvidar el anuncio explícito de Jesucristo. «Hablamos de Dios cuando nuestro compromiso hunde sus raíces en la entraña de nuestro Dios y es fuente de fraternidad; cuando nos hace fijarnos los unos en los otros y cargar los unos con los otros; cuando nos ayuda a descubrir el rostro de Dios en el rostro de todo ser humano y nos lleva a promover su desarrollo integral; cuando denuncia la injusticia y es transformador de las personas y de las estructuras; cuando en una cultura del éxito y de la rentabilidad apuesta por los débiles, los frágiles, los últimos; cuando se vive como don y ayuda a superar la lógica del mercado con la lógica del don y de la gratuidad; cuando se vive en comunión, cuando contribuye a configurar una Iglesia samaritana y servidora de los pobres y lleva a compartir los bienes y servicios; cuando se hace vida gratuitamente entregada, alimentada y celebrada en la Eucaristía; cuando nos hace testigos de una experiencia de amor de la que hemos sido hechos protagonistas, y abre caminos, con obras y palabras, a la experiencia del encuentro con Dios en Jesucristo».

Además el documento quiere bajar a marcar alguna opción para ser realizada o apoyada por los cristianos.

“Hemos de trabajar con tesón para alcanzar esta ambiciosa meta de eliminar las causas estructurales de la pobreza. Los objetivos han de ser:

• Crear empleo. Las empresas han de ser apoyadas para que cumplan una de sus finalidades más valiosas: la creación y el mantenimiento del empleo. En los tiempos difíciles y duros para todos —como son los de las crisis económicas— no se puede abandonar a su suerte a los trabajadores pues sólo tienen sus brazos para mantenerse .

• Que las Administraciones públicas, en cuanto garantes de los derechos, asuman su responsabilidad de mantener el estado social de bienestar, dotándolo de recursos suficientes.

• Que la sociedad civil juegue un papel activo y comprometido en la consecución y defensa del bien común.

• Que se llegue a un Pacto Social contra la pobreza aunando los esfuerzos de los poderes públicos y de la sociedad civil.

• Que el mercado cumpla con su responsabilidad social a favor del bien común y no pretenda sólo sacar provecho de esta situación.

• Que las personas orientemos nuestras vidas hacia actitudes de vida más austeras y modelos de consumo más sostenibles.

• Que, en la medida de nuestras posibilidades, nos impliquemos también en la promoción de los más pobres y desarrollemos, en coherencia con nuestros valores, iniciativas conjuntas, trabajando en “red”, con las empresas y otras instituciones; apoyando, también con los recursos eclesiales, las finanzas éticas, microcréditos y empresas de economía social.

• Que la dificultad del actual momento económico no nos impida escuchar el clamor de los pueblos más pobres de la tierra y extender a ellos nuestra solidaridad y la cooperación internacional y avanzar en su desarrollo integral.

• Cultivar con esmero la formación de la conciencia sociopolítica de los cristianos de modo que sean consecuentes con su fe y hagan efectivo su compromiso de colaborar en la recta ordenación de los asuntos económicos y sociales.

Termino diciendo que desde Dios hay futuro. Que Él es garantía de éxito y que su Reino ya está en medio de nosotros. Él nos convoca a la tarea de construir este Reino que es a la vez Don y Tarea. Somos “las manos” de Dios para que Él lleve a término su obra. Quiere contar con nosotros. Nos hace imprescindibles. No perdamos tiempo. Convirtamos el corazón. Escuchemos la voz de Dios y ABRAMOS NUESTRAS PUERTAS al hermano, al peregrino, al emigrante, al pobre. Quizás haya que retomar aquella canción que invitaba “a desalambrar”.

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